ENTRE LA SANGRE Y LA ESPERANZA

(Reflexiones surgidas a raíz de un viaje a Israel)
Por Manuel S.Pérez Millos

Hace unos pocos días hice realidad un viejo anhelo: conocer Israel. Desde luego, deseaba enterarme de primera mano, sobre el terreno y por mi propia experiencia, sobre la realidad de un país que, hasta el presente, se me pintó con colores muy poco edificantes. En mi caso, he de reconocerlo, por ser de natural poco crédulo, tantas y tan continuas acusaciones contra esa nación, me hacían propender a desconfiar de mis habituales informantes, sobre todo, porque las noticias que me llegaban al respecto, adolecían de flagrantes contradicciones. Se me juntaban, además, el hambre con las ganas de comer, esto es, que siendo visceralmente célibe cuanto a opinión –es decir, que no me caso con nadie-, rehuyo hacer mías, sin más, las consignas al uso, los puntos de vista impuestos y, en general, cualquier especie de manipulación interesada, tanto más, si estos manejos se engarzan en afectos espurios o en posicionamientos y juicios manifiestamente parciales. Pienso, como Quevedo, que no siempre se ha de sentir lo que se dice, sino que se debe decir lo que se siente. Por todo ello, al inicio del viaje y en los días precedentes, estaba expectante.

Tal vez, si en lugar de ir a Israel me desplazase a otro sitio, lo normal sería omitir lo que son detalles sobre el mero traslado desde el punto de partida hasta el de llegada. Por regla general, cualquiera que sea el medio de transporte empleado, el tránsito es tan semejante como anodino. Pero hete aquí que, en este viaje que refiero, las sorpresas comenzaron en el mismo aeropuerto de Madrid-Barajas. En efecto, era la primera vez que sufría un interrogatorio por parte de personal de seguridad de una línea aérea. El muy cortés pero firme examen a que me sometió el agente de seguridad de compañía El-Al, me hizo recordar abruptamente que iba a volar hacia un país cuya existencia está violenta, reiterada y públicamente amenazada, hasta tal punto, que los perpetradores de tales amenazas ya tienen borrado de sus mapas al pequeño estado judío. Pero en fin, que se superó sin ninguna incidencia este trámite poco usual y, tras pasar los controles policiales ordinarios, embarcamos en la aeronave que cubre el servicio regular de Madrid a Tel-Aviv.

Tras un vuelo de unas cuatro horas, aterrizamos en el aeropuerto Ben Gurion. Como durante el trayecto –a pesar de viajar con algunos conocidos- me cupo en suerte ir solo, entretuve parte del tiempo en diseñar una especie de Diario de Viaje que me proponía llevar a término. Tras analizar varias posibilidades, opté, siempre tan poco original, por hacerlo al estilo más tradicional, esto es: anotar meramente fechas, itinerarios y sencillas descripciones étnico-topográficas.

Tal intención resultó vana, ya que me pareció un desperdicio de tiempo describir algo tan prosaico. Este cambio de intención al que me estoy refiriendo, fue provocado por el hecho de descubrir que más que recuerdos de excursiones, me interesaba consignar sensaciones. La primera de ellas, fue constatar que Israel es, a pesar de lo que se informe habitualmente al respecto, un país moderno y normal, equiparable a cualquier otro de nuestro entorno cultural. Que haga gala de modernidad no es cosa extraña, ya que fue constituido a finales de 1948, lo que equivale a decir que el actual Israel y yo tenemos casi la misma edad. Sí me impactó más verificar que es una nación, hablando en términos meramente sociales, perfectamente homologable con España, Francia, Gran Bretaña, o cualquier otro estado democrático y civilizado. Así, pues, el primer infundio que se desmoronó ante el golpe contundente de la evidencia, es que “los judíos son, sino cerradamente obtusos, cuando menos bastante raros”. Esta condición de normalidad a la que aludo, es tanto más notoria si se tiene en cuenta que se trata de un territorio que sufre persistentemente el azote del terrorismo. Pese a ello, ni me sentí constreñido por cohortes de agentes secretos, ni sometido a especial vigilancia policial, ni atemorizado por la presencia anormal de efectivos militares (de hecho, en la terminal de vuelos internacionales, solamente vi a un soldado de servicio, armado, en la calle, delante de la puerta de salida). Teniendo en cuenta que se trata de un Estado al que combaten ferozmente sus vecinos, me pareció cosa en verdad extraordinaria que pudiera sentirme tan cómodo allí como en mi propio país.

Lo segundo que me llamó poderosa y muy favorablemente la atención, fue el orden y la laboriosidad. Fue la misma sensación que tuve –lo recuerdo muy bien- hace muchos, muchos años, en una entidad bancaria en Ámsterdam. Era realmente grato ver como la gente trabajaba sin estridencias, con eficacia. Posteriormente, algún israelí me dijo que el funcionamiento del aeropuerto es muy mejorable. Tal vez es que no haya visto como andan estas cosas en otras partes. A modo de anécdota, referiré que el único incidente fue que a un matrimonio que viajaba en el mismo vuelo, se les extravió una maleta que, según supe luego, les fue entregada al día siguiente en el hotel donde nos alojamos en Jerusalén.

Ya que menciono el hotel, no quiero omitir que parte del servicio estaba a cargo de palestinos, lo que me abrió nuevas ambiciones informativas, que me propuse satisfacer más adelante, en cuanto tuviera una oportunidad propicia.

La tercera cosa que me sorprendió fue la percepción de estar en una democracia real y amplia. Me percaté de que en Israel no hay ningún tipo de cortapisa que limite la libertad de opinión. Entre la ciudadanía del país hay quienes apoyan y quienes critican las decisiones gubernamentales, y unos y otros lo hacen con el entusiasmo que da el saber que nadie te va a enjuiciar u ocasionarte cualquier otro tipo de molestia por ello. De hecho, alguna de las más altas autoridades del Estado están siendo encausadas por la Justicia que, por cierto, funciona con total independencia de los poderes políticos o legislativos de la nación, hasta tal punto que se permite enmendar la plana con decisiones de inexcusable cumplimiento, al propio ejecutivo. Por su parte, la prensa actúa con entera capacidad analítica, informativa y de opinión; solamente hay un pacto tácito concertado entre los propios medios de comunicación, que les obliga a someterse voluntariamente a una especie de censura militar por razón de salvaguardar la seguridad nacional. Esto también tuve oportunidad de constatarlo sobre el terreno, con lo cual, la acusación de que Israel sea una especie de gestor de los intereses USA en la región, es otra leyenda que se viene abajo. Que el Estado de Israel es una plena democracia lo prueban todas las circunstancias, desde la más próxima, tal que no hay limitación de derechos ciudadanos impuesta por el Estado, ya sea por razón de sexo, religión o cualquier otra particularidad, o la más solemne, por ejemplo, que en la Kneset o parlamento unicameral israelí, haya diputados árabes que, juntamente con el resto de la oposición, controlan al Gobierno de la nación y defienden soberanamente los legítimos intereses de sus votantes. Otra prueba empírica de la completa democracia israelí, es que hay un laicismo de facto que permite vivir a cada cual según le plazca, lo mismo en materia de atuendo, que en cuanto a confesionalidad religiosa o relativo a cualquier otra índole personal. En Israel se puede ser libremente ultraortodoxo judío, ateo o practicante de la religión que se elija, con la única limitación que impone el respeto a los demás. En cuanto a lo que se está tratando, el propio Estado se compromete a garantizar el ejercicio de tales derechos individuales. Pienso que, curiosamente, desde la izquierda política, se anatematiza a Israel y se defienden impúdicamente otros regímenes vecinos dominados por la dictadura de posiciones confesionales que, incluso, llegan a perseguir con saña a los practicantes de otros cultos, acosan a las mujeres por el hecho de serlo e intervienen en esferas tan privadas como la orientación sexual de cada persona. Tales comparaciones, solamente me permiten lamentarme ante tan agraviante ceguera diciendo, como el Hidalgo de La Mancha, ¡cosas veredes!

Otra, a mi juicio, feliz característica de Israel, es su amor por la cultura. Uno se extasía visitando sus museos, que aúnan la sencillez de la presentación con la profundidad de la información. Desgraciadamente, no tuve oportunidad de asistir a ningún concierto, ni de acceder a sus bibliotecas. Si pude ver in situ la calidad de alguna de sus universidades, sobre las que puedo afirmar que no desdicen de ninguna de las occidentales. A la vista de tal caldo de cultivo, no extraña la continua eclosión de Premios Nobel o de galardonados de semejante rango que aportan los judíos.

Me impresionó muy gratamente el respeto que los israelíes sienten por su Historia. Me faltaría tiempo para tratar acerca de las perseverantes indagaciones arqueológicas, la conservación de zonas como Masada, los Museos Yaz Vashem, de La Diáspora o Hertzl, el Museo-Exposición del Arma de Caballería, el histórico kibbutz de Rejovot, Qumram y su complemento del Museo del Libro, y tantos otros lugares que publican plástica y elocuentemente, los diversos avatares gratos o penosos del pueblo hebreo. Habiendo visto estas cosas, estoy persuadido de que un pueblo tan conocedor y estudioso de su pasado, necesariamente tiene asegurado su futuro.

De la observación de cómo funciona, por lo menos aparentemente, la sociedad israelí, saqué la conclusión de que su éxito radica en que tienen un objetivo común: la supervivencia; saben cómo alcanzarlo: mediante la eficacia y una sabia distribución de funciones; y, por último, poseen los medios para lograrlo: a través de una esforzada y responsable dedicación a la tarea que corresponde a cada uno. Es decir: Israel, según me parece, forma un equipo con todos sus componentes perfectamente capaces, enteramente al corriente de las funciones que les son propias y totalmente entregados al bien común. Así, desde el soldado hasta el industrial; del jubilado al asalariado; del científico al artesano, todos se saben piezas necesarias y aportan lo que poseen: conocimientos, experiencia, fuerza, juventud, tiempo o esfuerzo. Ese y no otro es, a mi modesto entender, el secreto de los notables éxitos que, en todos los campos, alcanza el Estado de Israel.

Hasta el día de hoy, se me pintó a Israel como un estado imperialista, victimario implacable de inocentes y desalmado abusador de su fuerza militar. Esta iconografía pavorosa comprobé personalmente que es falsa. Ciertamente, sus fuerzas armadas, el Tsahal, son de un poder y una eficacia formidables; pero es gracias a ello que el pequeño estado, territorialmente hablando, subsiste en la actualidad. Es una patraña (y algún día se conocerán los motivos reales que la sustentan) que practique ningún tipo de dominación hegemónica. He aquí una prueba: ¿qué nación con ínfulas imperialistas y carente de recursos energéticos propios, devuelve a su vecino el único territorio con bolsas de petróleo? Pues eso hizo Israel con Egipto al entregarle la península del Sinaí. Se acusa a la nación hebrea de masacrar a civiles y de torpedear cuantas acciones humanitarias pueda. Si esto es así, ¿qué explicación cabe dar a los miles (digo bien miles, y no pocos) de misiles que cayeron y siguen cayendo sobre población civil? ¿A qué se destinan las enormes cantidades de explosivos que se introducen en territorio palestino, clandestinamente y de manera continua? ¿Serán acaso para hacer invisibles obras públicas? ¿Son imaginarios los episodios de la Villa Olímpica de Munich (5 de septiembre de 1972), o el secuestro de Entebbe (27 de junio de 1976), o tantos otros ejemplos de acciones terroristas contra los judíos? Las amenazas de Ahmadineyad, ¿son baladronadas de inofensivo matón tabernario o son declaraciones de intenciones de un jefe de estado poseedor de un impresionante poderío militar y, acaso, en breve tiempo potencia nuclear? ¿Son, tal vez, fruto de un mal sueño las noticias acerca de los incesantes llamados desde las mezquitas a acabar con Israel? Los cinturones de explosivos que portan los suicidas, ¿serán, acaso, para montar inocentes jaranas en mercados o autobuses?

Pero no se debe perder de vista que aunque la supervivencia de Israel es competencia de su milicia, su general progreso y bienestar provienen, especialmente, de un espíritu emprendedor, de una estrategia económica y comercial encomiable y de una ejemplar política de apoyo a la inversión, tanto a través de la concesión de determinados apoyos por parte de la Administración, como del desarrollo de iniciativas privadas. Tuve ocasión de visitar la Bolsa de Diamantes, bodegas de vinos y diversas industrias, así como también obtener información en cuanto a la gestión de “viveros” de empresas. Todos estos esfuerzos, toda esta laboriosidad, hacen que Israel dependa cada vez más de sí mismo y, al tiempo, que vaya consolidando sus exportaciones, especialmente en tecnologías punteras, tales que la informática, la electrónica o la industria farmacéutica, entre otras varias.

Sobre este aspecto que trato, pude constatar que el milagro económico y tecnológico israelí no es fruto del fantasmal lobby judío, como se intentó hacerme creer machaconamente. El dinero de Israel procede de su esfuerzo y de sus capacidades aplicadas a lo productivo. De hecho, el dinero está, naturalmente enterrado bajo las arenas en forma de hidrocarburos, en poder de los países árabes de la zona.

Ya que menciono la actitud de Israel con sus vecinos, no puedo omitir dos detalles sorprendentes: el uno, que los territorios que se compromete a entregar a la ANP, son dados con unas magníficas dotaciones en cuanto a infraestructuras, hospitales y otras instalaciones de utilidad. Que nadie trate de inducirme a creer lo contrario, ya que yo mismo he circulado por una excelente autopista que está construyendo en territorio de Cisjordania, previo a su transferencia a la Autoridad Nacional Palestina. A lo dicho, cabe añadir las diversas edificaciones que son gozosamente arrasadas por sus receptores, según se ha visto a través de imágenes difundidas por elementos tan poco sospechosos de simpatizar con los judíos, como son las cadenas de televisión españolas. Esto constituye, dicho con amarga ironía, una nueva evidencia del “malsano imperialismo sionista”. El segundo detalle asombroso fue la visita al Hospital Hadasa, con magníficas vidrieras pintadas por Chagall, por cierto. En este centro sanitario constaté, con la modestísima autoridad que me da mi oficio, el excelente trato que reciben los pacientes…¿israelíes? No, señor. Mayormente palestinos que acuden a Israel a curarse. Otra evidencia del “crudelísimo” trato que reciben los oprimidos por parte del opresor (según versión de los medios de comunicación españoles). ¡Ah! y del terrible muro, como de la riqueza y de la santidad: la mitad de la mitad. Solamente hay muro en contados sitios; el resto es una valla de alambre. Por otra parte, todo este dispositivo se desmantelaría en el momento en que los agentes del terror decidieran dejar de pasar a Israel con el puñetero propósito de destripar judíos. Así de claro.

Durante mi periplo, visité Belén, en territorio palestino. Omito describir las diferencias entre Cisjordania e Israel, porque no hacen al caso de este breve recordatorio. Si quiero, sin embargo, que me quede constancia de lo siguiente: Israel divide los territorios que administra en varios órdenes. Uno de ellos, es lo que llaman territorios B, esto es, que Israel renuncia a ellos y que serán entregados a la jurisdicción Palestina tan pronto como los compromisos tocantes a la seguridad nacional israelí, estén debidamente garantizados. A estas zonas no pasan los israelíes, por expresa prohibición de su Gobierno. En el caso de, por ejemplo, guías de turismo, se pretende, además, no perjudicar el medio de sustento de los autóctonos. En Belén, digo, estuve en la iglesia de Natividad, contigua al Convento franciscano. No pude por menos que recordar que quienes montaron una tremenda lucha como respuesta a una cierta visita a un lugar público al pie de Al-Aqsa, o dispensaron órdenes de asesinato contra los caricaturistas de Mahoma, no tuvieron inconveniente, sin embargo, en orinar y defecar en el lugar sagrado –bien que de otros- donde estaban acogidos. Tampoco hicieron ascos a asaltar la despensa del convento, pese a que –a las imágenes de prensa me remito- eran surtidos cotidianamente con raciones de comida por los crueles israelíes. Seguramente, estos desajustes de conducta se resolverán con la Alianza de Civilizaciones, que logrará ser culminada con éxito no más tarde, pero tampoco antes, de un par de semanas después de que la Luna fije su residencia permanente en el Lago de Sanabria.

Tuve ocasión de relacionarme con algunos palestinos que trabajan en Israel. De sus manifestaciones, extraje las siguientes impresiones: primera, que no se sienten en absoluto discriminados en cuanto a derechos ciudadanos o cualesquiera otras ventajas sociales. Segunda, que ni renuncian a su condición de palestinos, ni se sienten compelidos a ello por nadie. Tercera, que trabajan en Israel porque las condiciones laborales son muy superiores a las que disfrutarían en su tierra. Alguno de mis nuevos amigos palestinos viven en Israel, otros residen en Cisjordania e, inclusive, los hay propietarios de prósperos negocios en Israel. Los árabes no carecen de ninguno de los derechos laborales de que gozan los israelíes, y los que tienen ciudadanía en el estado hebreo, poseen los mismos privilegios que los judíos, si bien no están sujetos a las mismas obligaciones, como por ejemplo, a la prestación del servicio militar. ¿Por discriminación? En absoluto, puesto que los árabes drusos y los beduinos, toda vez que han reclamado su participación en las fuerzas armadas, cumplen con esta imposición en las mismas condiciones que un judío. Sobre lo que estoy tratando, es gratificante ver en algunas poblaciones que pude visitar, la armonía que reina entre árabes y judios.

Israel me mostró, visto desapasionadamente, que, pese a los infundios que sobre él se vierten, es un país amante de la paz y que practica un escrupuloso respeto por la vida. Nada que ver, desde luego, con las informaciones deformadas, falaces y torticeras con las que nos hacen desayunar, almorzar y cenar los informativos nacionales, así como las proclamas de muchos –o al menos de algunos- colectivos y partidos políticos. Por lo sensible de las pruebas, me abstengo de consignarlas por escrito, pero dispongo de evidencias que corroboran mi afirmación, de las cuales espero no olvidarme en el futuro pese a lo poco fiable de mi memoria. He visto lo que he visto, he comprobado lo que he comprobado y, por consiguiente, ya no me dejo engañar.

La situación en Israel actualmente tiene mucho de desconcertante. Es inconcebible que un país que se aviene a negociar con sus adversarios, que devuelve territorios, que trata con exquisita humanidad a los habitantes de territorios hostiles, que practica una democracia ejemplar, donde la mujer es respetada, donde ni animales ni persona alguna son acosados o maltratados, con un sistema social y político avanzado, cuya pujanza se basa en el trabajo y la cultura, que se ve hostigado cruel y permanentemente, que garantiza el libre ejercicio de los derechos de cualquier persona, que encarcela terroristas solamente tras ser juzgados con todas las garantías procesales, que pese a adornarse de tales virtudes sea, sin embargo, permanentemente vilipendiado. Curiosamente, en vez de tomar ejemplo de sociedades así, nos esforzamos en justificar actitudes que reprobamos teóricamente, o callamos vergonzosamente ante ellas.

Es tanto más sorprendente por cuanto estos modos se perciben especialmente en ambientes progresistas, o así autocalificados. En Israel triunfó el socialismo como no lo hizo ni en la Rusia soviética ni en cualquier otro país comunista. En el ámbito de los kibbutzs se viven los paradigmas socialistas plenamente. Desde los establecimientos de atención y ocio para la tercera edad, hasta los refugios antibombardeo donde tienen, por razones lamentablemente obvias, preferencia los niños. Reitero lo dicho: no me engañan más los corifeos fascistas y pseudoizquierdistas, porque estuve viviendo en un kibbutz y, por consiguiente, pude obtener información de primera mano sobre el particular, y ver con mis propios ojos lo que refiero.

En resumen: si tuviera que identificar a Israel con algún material de uso más o menos común, lo asimilaría al cristal blindado de un escaparate: transparente y resistente a los golpes y a la presión.

Israel me demostró que ama la paz, aunque no le dejan disfrutarla. Es un país, un gran país, que vive entre la sangre que le derraman y la esperanza de un futuro inevitablemente brillante.

Fuente: http://galiza-israel.blogspot.com/2007/11/entre-o-sangue-e-esperanza.html

Anuncios

‘Lo que nunca me contaron sobre Israel y ni siquiera podía imaginar”

El viaje de un periodista español al país que ama la vida

Recientemente, veintidós gallegos de todas las edades y profesiones, todos ellos miembros de la Asociación Gallega de Amistad con Israel, viajaron al país hebreo para conocer in situ qué había de mito y qué de realidad en todo lo que nos cuentan y en todo lo que nos dejan de contar los medios de comunicación occidental.

En el grupo había seis periodistas, dos médicos, tres empresarios, cinco estudiantes y dos enfermeras, de todas las ideologías políticas posibles; casi todos cristianos y algún ateo.

La Asociación de la que forman parte se fundó el 1 de diciembre de 2006 y ya es una de las más activas de Galicia, donde han conseguido que su Parlamento Autonómico aprobara una moción en memoria del Holocausto, han llevado a conferenciantes israelíes como Yehoshúa, Perednik o Alona Fisher y han organizado un encuentro de autoridades de Israel en España con empresarios gallegos para preparar lo que será una cumbre bilateral de negocios.

Por si fuera poco, su presidente, Pedro Gómez Valadés, a quien su partido (los independentistas del Bloque Nacionalista Gallego) abrió un expediente de expulsión por ser amigo de Israel (sin embargo ponen a Irán como ejemplo de país a imitar), fue recibido por Dalia Itzik.

A la vuelta de tu viaje por Israel, la gente, en España, te pregunta si no te ha ocurrido nada, si no te has expuesto a peligros, si no has vivido riesgos innecesarios. Te preguntan si por la calle se nota la violencia, la guerra, los efectos del terrorismo. Si hay psicosis, si no se huele el miedo, si nos han estado escoltando todo el tiempo, si hemos podido visitar lo que quisimos o nos obligaron a hacer determinados itinerarios, si hemos podido salir por las noches, si hemos visto tanques en las calles.

Una experiencia única
Y cuando les respondes que no has tenido nunca sensación de peligro, ni de inseguridad, ni de riesgo, ni un poquito de miedo siquiera, los decepcionas. Y no digamos cuando les dices que aquello (Jerusalén sobre todo, pero también Galilea y los Lugares Santos de la vida de Jesús) estaba lleno de viejitos cristianos españoles encantados de la vida y ajenos a todos los prejuicios que, sobre Israel, Occidente crea y difunde.

Tal vez, también, porque en el subconsciente de muchos de esos integrantes de la tercera edad no existe un equivalente entre Israel y Tierra Santa. Para ellos Israel es un lugar en guerra y Tierra Santa es otro lugar donde nunca pasa nada ni puede pasar

Para nosotros, los que quisimos ir a Israel y no a Tierra Santa, nos encontramos con un país ejemplar y maravilloso en muchos sentidos. En un estado del tamaño de nuestra Galicia sin la provincia de Lugo, vivimos la experiencia única e insuperable de dejar nuestro pedido en el Muro de las Lamentaciones, de flotar en las aguas del Mar Muerto, pisar todos y cada uno de los lugares por los que transitó Cristo desde que nació hasta que fue crucificado y emocionarse en el Museo que recuerda el Holocausto de seis millones de judíos a manos de los nazis.

Arboles y telenovelas en la cuna del mundo
La expedición gallega, que incluso plantó un árbol, y así lo certifica un documento oficial del Keren Kayemet Leisrael, se fotografíó con las soldadas que pasean como civiles por las tranquilas calles de Jerusalén, departió con más de un israelí que conoce el castellano gracias a las telenovelas sudamericanas que allí triunfan, se remojó en el lugar del Jordán donde Juan Bautista bautizó a Jesús, ascendió a las alturas épicas de Masada donde los últimos judíos resistieron hasta el suicidio frente al sitio de los romanos, y atravesó el Mar de Galilea para subir a los Altos del Golán.

Con las banderas de Galicia e Israel en ristre, los viajeros sellamos nuestra amistad con ese pueblo trabajador y amante de la vida, comprobamos el milagro israelí de haber convertido el desierto en un vergel, y nos sentimos en todo momento seguros y emocionados de estar en la cuna del mundo. Lo que no es poco en un país amenazado diariamente por el terrorismo islamista que le niega su derecho a existir.

El mito de la miseria más triste del mundo
A la vuelta del viaje, muchos de mis amigos se quedaban con la boca abierta cuando les decía que en Belén o en Ramala o en cualquier sitio de Cisjordania la gente no vive en tiendas de campaña, sin agua, ni luz, con niños descalzos y letrinas comunales para hacer sus necesidades. El cliché de los medios de comunicación europeos en general y españoles en particular nos ha dibujado un escenario como el descrito, donde la población palestina siempre está al borde del colapso, de la muerte por hambruna y por falta de medicinas El cliché es el que se corresponde con el país más pobre del mundo; más que Rwanda, Guinea, Tanzania, Costa de Marfil, o incluso Haití o Bolivia.

Cuando les cuento que he visto ciudades sin tiendas de campaña y con edificios, con carreteras, escuelas, restaurantes, hospitales y que la gente tiene celulares y coches, y que los comercios están más surtidos que en La Habana, pues les cuesta creerme. Vale, que Gaza es otra cosa, pero tampoco es Mozambique, ni mucho menos.

Del miedo, al ejemplo
Los derechos humanos no existen en los territorios que controlan Hamás o Al Fatah, pero a los europeos nos pareció que a pesar de celebrarse sin libertades, ni derechos fundamentales, ni candidaturas de todas las tendencias; y a pesar de que no se considerarían válidas en ningún país occidental, las elecciones palestinas fueron democráticas. No importa que nunca homologaríamos algo así si tuviera lugar en Israel.

Es decir, si mañana, por ejemplo, la mayoría cualificada de los israelíes decidieran apoyar a un partido ultra nacionalista en cuyo programa figurara expulsar a todos los árabes de los territorios ocupados, entonces Europa pondría el grito en el cielo porque no lo consideraría democrático. (Ya no decimos ético, siquiera).

Está claro que los europeos usan dos varas de medir, según se trate de Israel o de sus enemigos.
Así que a los israelíes, de derechas y de izquierdas, les llevan todos los demonios que nosotros, los europeos, los expedidores de los auténticos certificados democráticos king size o extra luxury’, miremos con lupa todas sus acciones, pasemos por alto todos los abusos anti democráticos de los dirigentes palestinos y nos comportemos como si nos importara una higa que las mujeres palestinas vivan sojuzgadas mientras las cómicas españolas se iban a fotografiar con Arafat.

La paz es posible
Pero no solo los israelíes. Hay palestinos con nacionalidad israelí, como el comerciante Anuar S. o el taxista Ahmed J. nos dicen con la boca pequeña (y por separado) que ellos lo que quieren es que acabe la violencia, y que si participan en movilizaciones o actos de la intifada es porque si no serán represaliados por los islamistas. “Queremos trabajar y mejorar, y que nuestros hijos tengan futuro”’, dice Anuar, que bien podría ser habitante de Nazaret, donde árabes y judíos coexisten desde 1948. O de la laureada Nevé Shalom (Oasis de Paz), una villa cooperativista situada entre Jerusalén y Tel Aviv que visitamos para comprobar la ejemplar convivencia entre 50 familias, la mitad judíos y la otra palestinos, y de la que se han hecho lenguas desde Hillary Clinton al líder palestino Faisal al-Husseini, pasando por el Premio Nobel Elie Wiesel o el escritor marroquí Taher Ben Jalún.

El amor a la vida
Tan ejemplar como Nevé Shalom, pero en otro ámbito, fue que durante las décadas de los ’70, ’80 y ’90 ingresaran cada día en Israel 150.000 palestinos para trabajar. Naturalmente, Europa siempre exigió que Israel empleara mano de obra palestina, pero nunca pidió lo mismo de Jordania y Egipto, igualmente limítrofes con los palestinos, de quienes son hermanos de sangre y de religión. Eso sí, si les daban trabajo se criticaba a los judíos por tener colapsados en las colas fronterizas a los pobres palestinos, pero si no se lo daban, entonces Israel era un país sin entrañas.

Lejos de ser un país malvado, pudimos visitar el Hospital Hadassa, donde los médicos tratan por igual a víctimas y a verdugos. A personas heridas en un atentado y al terrorista que las atacó. Fue así como supimos que para un israelí, o al menos para un judío, lo importante es, siempre, la vida. Porque salvar una vida es salvar al mundo.

Y nos impresionó, vaya si no, lo que está haciendo la red de voluntarios más grande de Israel en cuestión de servicios de asistencia y cuidados en el hogar, a través de Yad Sará. Impresionante. Una institución que no recibe ayuda del Estado y que le ahorra 300 millones de dólares en costes de internamiento hospitalario y cuidados intensivos.

Así que, visto lo visto y vivido lo vivido, uno se vuelve con la sensación de que acaba de conocer de primera mano todo lo que nunca le contaron sobre Israel y ni siquiera se podía imaginar.

*El autor es licenciado en Ciencias de la Información (Periodismo) por la Universidad de Navarra (1978) y está haciendo un doctorado en Ciencias de la Información en las Universidades Complutense (Madrid) y de Vigo.
Fue redactor y director en medios de prensa, escribió numerosos artículos y varios libros. Últimamente se publicaron sus obras “La Correspondencia Gallega”, “El desastre del ’98”’ y “Abreviatura”’.
Es uno de los fundadores y primer secretario general de la Asociación Gallega de Amistad con Israel.

Por Miguel Boó, Galicia

Vino Kosher en Galicia

2010/04/07

La Red de Juderías apuesta por introducir la comercialización de los vinos kosher en O Ribeiro

El 22 de abril se celebrará en Ribadavia un seminario de vinos kosher, elaborados según la tradición hebrea. Una iniciativa que cuenta con el respaldo de la Casa Sefarad Israel, la Red de Juderías de España y la Cámara de Comercio España Israel, dentro del programa de actos elaborado dentro de la presidencia de Ribadavia en la Red.

Una propuesta que pretende, según el edil de Cultura, Anxo Collarte, «introducir ó sector vitivinícola e turístico do Ribeiro e de Galicia na elaboración e comercialización de viños kosher, así coma no turismo enolóxico para un público de poder adquisitivo e cultural alto». Al seminario asistirán el rabino principal de la Comunidad de Madrid, Moshe Bendahan, el vicepresidente de la Cámara Hispano Israelí, Walter Wasercier, y el vicepresidente gallego del mismo organismo, Samuel Epstein y la directora de márketing de la bodega Capçanes, Sandrá Aulló.

Tendrá parte teórica, la visita a una bodega y la realización de una pequeña cata de vinos kosher. La inscripción es gratuita aunque las plazas son limitadas, más información en la Oficina de Turismo de Ribadavia, en el teléfono 988 47 12 75.

Un gallego contra el Holocausto

‘La clave Embassy’
Un gallego contra el Holocausto

* Lalo Martínez era médico de la Embajada británica y colaborador del MI6
* Fue el iniciador de las rutas de evacuación para los perseguidos por el nazismo
* Su hija ha reconstruido su historia gracias a documentos desclasificados

Fran Casillas | Madrid
15/03/2010
En 1986, mientras preparaba la mudanza del hogar familiar en Chamberí, Patricia Martínez de Vicente encontró un enigmático diario cuya portada sólo mostraba una fecha: 1942. En el interior pudo leer unas notas escritas en inglés por su difunto padre, y cuyo críptico contenido despertó sus sospechas, azuzadas por las vagas explicaciones maternas. Dos décadas después, Martínez de Vicente resuelve el misterio con ‘La clave Embassy’, el relato de una historia tan asombrosa como conmovedora.

Lalo Martínez era un gallego (en el sentido étnico de la palabra) sin filiación política en una época donde la imparcialidad se antojaba sospechosa. Educado a la inglesa, médico de la embajada británica en Madrid desde el final de la Guerra Civil, Lalo era… un señorito. Sin embargo, su frívolo estilo de vida apenas escondía su vocación de héroe.

Tal y como expresa su hija y autora del libro en entrevista con elmundo.es, “Lalo fue el iniciador de las rutas de evacuación clandestinas constituidas por el Servicio Secreto británico, el MI6. Antes de que estuviesen debidamente organizadas, él abrió esas vías de escape para los perseguidos por el nazismo”.

La aventura arranca en Embassy, salón de té ‘pera’ en el Madrid de posguerra y que aún pervive en la intersección de Castellana con Ayala. Margarita Taylor, fundadora del salón, era la anfitriona de las sofisticadas reuniones sociales que camuflaban las conversaciones entre agentes de la Inteligencia británica.

Embassy funcionaba como tapadera. Burlando la vigilancia de la Gestapo y las autoridades franquistas (neutrales sobre el papel, germanófilas en realidad), Taylor alojaba a los refugiados que Lalo y sus compañeros evacuaban más tarde hacia el extranjero. El médico vigués también acogía a esos fugitivos del Tercer Reich en su piso de Madrid, e incluso en su residencia gallega en La Portela, desde donde facilitaba su escapada a Portugal.

Lalo ideó una ruta de escape desde el campo de concentración de Miranda de Ebro

Galicia era además la penúltima fase de una ruta de escape ideada por Lalo y que nacía en el campo de concentración de Miranda de Ebro. El régimen franquista retenía allí no solo a prisioneros de la Guerra Civil, sino a cientos de refugiados judíos, en su mayoría checos y polacos. Lalo aprovechó su cargo de médico de la Embajada británica para expedir informes falsos, convenciendo a los carceleros de liberar a los rehenes para evitar contagios.

El asedio de la Gestapo obligó a Lalo a emigrar a Londres en 1942, recién casado con Moncha. Con la ayuda de su esposa, Lalo continuó su labor humanitaria hasta el final de la guerra, cuando el matrimonio regresó a España.

Él jamás volvió a hablar de sus hazañas, y ella solía regatear las preguntas con evasivas. Patricia ha reconstruido su relato a partir de esos testimonios fragmentados, de sus propios recuerdos y de los documentos secretos que la Inteligencia británica desclasificó en 2005, poco después de la muerte de Moncha.

Años de intriga e investigación han desembocado en una novela fascinante, donde la emoción y el peligro barnizan cada párrafo. Patricia Martínez de Vicente ha tardado 20 años en desvelar el secreto de sus padres, pero por fin ha encontrado respuestas. “¿Que por qué lo hicieron?” Guarda unos segundos de silencio, no tanto para reflexionar como para llenar de orgullosa luz su mirada. Y por fin, con una sonrisa cómplice, sentencia: “Por amor a la vida”.

‘La clave Embassy’, de Patricia Martínez de Vicente. La Esfera de los Libros, 2010. 24 euros. 416 páginas.

Fuente: http://www.elmundo.es/elmundo/2010/03/15/cultura/1268642069.html

La comunidad que nunca regresó

Hebreos en Galicia La comunidad que nunca regresó

Los judíos que viven en Galicia no superan el centenar, se encuentran divididos y apenas crecen. La mayoría, laicos, viven su cultura con la máxima discreción.

Por Jorge Casanova
7/3/2010

En Galicia es más fácil hoy encontrar un lama que un rabino o una mezquita que una sinagoga. Quinientos y pico años después de que los Reyes Católicos barrieran de sus vastos dominios cualquier religión que no fuera la suya, ninguna cultura ha sido tan reticente a regresar como la judía. Al menos en Galicia. Todos los judíos que hoy residen en el país cabrían en un autobús. Y hasta no sería un viaje muy armonioso.

Hace tres años, se produjo un brote en A Coruña con la creación de la primera comunidad religiosa judía, inscrita y registrada en el Ministerio del Interior como la javurá Ner Tamid. Pero la experiencia acabó con severas discrepancias internas que impidieron que aquello progresara. Así que actualmente, la comunidad intenta reflotar con apenas seis familias y el resto pertenecen a la Asociación Xudía de Galicia o viven su fe -en buena parte son judíos laicos- sin pertenecer a ningún colectivo.

Los descendientes

Históricamente, la presencia judía en Galicia fue extensa y hoy está bien documentada. Villas como Ribadavia han hecho de ese pasado un símbolo. Sin embargo, la presencia de judíos en Galicia ronda hoy entre las sesenta y las cien familias, según la fuente que se consulte.

Es una comunidad que apenas crece y cuyos repuntes suelen estar vinculados a la llegada de algunos inmigrantes sudamericanos. Es un hecho que no han vuelto. Y los descendientes de aquellos sefardíes que consiguieron eludir a la Inquisición disolvieron silenciosamente sus linajes durante siglos. Hay quien, como Asaf, un ingeniero de 51 años, recuerda a su madre prender las velas los sábados de su infancia, en Ponteareas; o tapar los espejos de la casa durante un luto. Pequeñas tradiciones que pervivieron durante siglos. Aunque el caso de Asaf, que recuperó la cultura y la religión de sus antepasados, es extraordinario.

¿Por qué hay tan pocos judíos en Galicia? Nadie tiene una respuesta muy clara más allá de la obvia («porque fueron expulsados en 1492»), aunque una de las claves reside en el hecho de que la religión hebrea prohíbe el proselitismo. Ingresar en una comunidad no es nada fácil. Hay que ser perseverante en la solicitud del ingreso, estudiar durante al menos dos años los principales preceptos de esa religión y luego ser aceptado por un tribunal rabínico. Y así se llega a ser judío converso. En teoría, esa condición no supone ninguna diferencia con cualquier otro judío, pero alguna sí que hay.

«Dos judíos, tres sinagogas»

La javurá Ner Tamid, que dirige Ramón López de Oliveira, se declara conservadora, aunque algunos de los que fueron sus miembros la consideran demasiado reformista. En la Asociación Xudía de Galicia, que según sus miembros aglutina a la mayor parte de los hebreos que viven en el país, sí se declaran reformistas, pero López de Oliveira los califica de «ciberjudíos» y asegura que no se trata de una verdadera comunidad.

«Hai un refrán que di: dous xudeus, tres sinagogas», apunta Pedro Gómez Valadés, presidente de la Asociación Galega de Amizade con Israel, un colectivo que promociona la cultura judía en Galicia: «O refrán é tamén unha das claves para comprender a supervivencia deste pobo, que pensa e debate moito».

Valadés es un personaje singular, militante de la izquierda y defensor de la causa judía, dos circunstancias que no se llevan bien actualmente en España: «Israel ten mala prensa porque é un Estado xudeu», dice Valadés. ¿Hay antisemitismo en Galicia?: «Yo no me pongo la kipá por la calle», reconoce Asaf. «Sé que tendría problemas».

Muchos consideran que el conflicto entre Israel y el mundo árabe ha distorsionado la imagen de los judíos confundiendo muchas veces las posturas del Estado de Israel con las de todo el pueblo judío, que no siempre son coincidentes. Señalan cómo las posiciones de la izquierda han olvidado su histórica relación con el pueblo judío hacia una moderna oposición a la política de Israel.

Sin embargo, es raro encontrar un hebreo en Galicia que afirme que por su condición de judío se ha visto sometido a actitudes racistas. López de Oliveira, presidente de la comunidad Ner Tamid y propietario del único restaurante de comida casher que hay en Galicia, apunta que no siente la presión de ese supuesto antisemitismo. Eso sí, tiene una norma en su negocio: «Está prohibido hablar de política».

Fuente: http://www.lavozdegalicia.es/sociedad/2010/03/07/

La Biblia Judía de Galicia

A coñecida coma Biblia Kennicot. A fermosísima e monumental Biblia xudía de Galicia.

Conocida como Biblia Kennicot. Una bellísima y monumental Biblia judía de Galicia.

Un trabajo de Oscar Galansky

Fuente: http://agai-galicia-israel.blogspot.com/2010/03/biblia-xudia-de-galicia.html

Mayumaná en el estreno mundial de su espectáculo “Momentum” en Madrid

El grupo Mayumana de Israel es un grupo de danza internacionalmente aclamado. Su último espectáculo, Momentum, es el primero del grupo basado en un tema, al que le incorporan ritmo, videoarte, canciones y drama.

A %d blogueros les gusta esto: