Dos puertas dan al infierno � ELPA�S.com

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TRIBUNA: FÉLIX DE AZÚA

Dos puertas dan al infierno

FÉLIX DE AZÚA 19/06/2010

Va a comenzar la carrera y la joven maestrita dispone a los niños (no llegan a la docena, pero son muy ruidosos) en dos filas, los mayores detrás. “Cuando suene el silbato, salid corriendo y a ver quien es el primero que llega a Auschwitz”. Suena el silbato y los niños salen disparados pasillo arriba. Estamos en el cruce de caminos de la Diáspora. Los pasillos forman ángulos obtusos. No hay ni un solo ángulo recto en el Museo Judío de Berlín. Los muros, las escaleras, los techos, las diagonales que hacen de ventanas, tienen la vertiginosa expresión que hizo famosa la cinta muda El gabinete del Doctor Caligari. En este museo inspirado por Walter Benjamin los niños disputan una carrera entre el espacio dedicado a la Diáspora y el de Auschwitz.

La noticia en otros webs

El Museo Judío de Berlín es un ente vivo, un organismo que baila sobre incontables entierros

No hay imágenes de nazis. Es el museo de los judíos, no el de sus verdugos

El museo de Libeskind, que debería producir en el visitante un agobio abrumador con sus vacíos, sus túneles, sus laberintos, las subidas y bajadas entre pisos irregulares, la caótica asimetría que representa la historia del pueblo judío, es en realidad un patio de colegio donde el visitante se siente más bien regocijado por el bullicio, las carreras, los gritos, las risas. Ciertamente, casi todo lo que ve es espantoso: la más exacta medida de la crueldad humana, de su perversidad, la estupidez impenetrable que nos separa de los otros animales. En este museo se exponen con densidad plomiza las torturas, los asesinatos, las humillaciones, las expulsiones, los exterminios a que hemos sometido a las gentes de religión o raza judía, con la peculiaridad de que también les hemos perseguido y destruido y saqueado cuando se convertían al catolicismo o se comportaban como patriotas alemanes y héroes de las guerras alemanas. No hubo escondite o disfraz para ellos. No hubo compasión. Ni siquiera cuando renunciaron a ser ellos mismos, negándose y aniquilándose en su corazón y adoptando el porte y la religión de sus verdugos, ni siquiera entonces dejamos de asesinarlos.

Este museo de la maldad, del horror y de la verdad más insoportable de los humanos, sin embargo, ha sido construido y pertrechado por judíos para celebrar su cultura. El resultado es asombroso. En las salas ves los documentos del espanto: miserables judíos centroeuropeos en sus guetos, sucios barrios comerciales de los judíos tolerados, retratos de familias enteras destruidas, la vida de millones de personas que anduvieron por este mundo con un precario permiso de existencia expedido magnánimamente por alguna autoridad. Y, sin embargo, en el museo no hay queja, no hay humillación, no hay derrota. Todo lo contrario. Son supervivientes, es cierto, pero invictos. No han podido con ellos, nadie los ha vencido.

Creo yo que esta genialidad es específica del pueblo perseguido. La impregnación literaria judía es tan potente que todo el horror se sublima en historias particulares que, como cuentos, narraciones, novelas o breves películas, dan cuenta de miles de vidas privadas y particulares.

Es el genio literario judío lo que impide que la historia de la destrucción se convierta en una aniquilación del pueblo judío. Muy al contrario, aquí vivimos las desgracias particulares o singulares de cientos de miles de individuos. Uno ve al cambista de largas trenzas contando zlotis polacos, dinares serbios, hellers húngaros o leis rumanos. O al muchacho que se inicia junto al rabino en la lectura del Talmud. O dos mujeres del gueto de Varsovia con escuálidas bolsas de las que asoma un rabo de apio. Y entonces cada uno de ellos se salva. Tal era el deseo de Benjamin: ¡no volváis a matar a los muertos! La memoria, la narración, salva a los muertos de seguir muriendo.

En una vitrina están las gafas de un rabino de Moabit, en un cilindro perforado vemos como por el ojo de la cerradura un costurero, la mesita de noche con el libro abierto, un viejo sillón de orejas, en una salita hay retratos enmarcados en madera blanca, en una galería de desaparecidos recorremos filas y más filas de fotos familiares. En exposición está la máquina de escribir de Nelly Sachs, el álbum familiar de los Burchardt, los vestiditos de alguna niña que en cierto momento se llamó Miriam, el tintero de Mendelssohn.

Y así vas avanzando hacia el Tercer Reich, pero cuando llegas a él, ¡sorpresa!, ya no hay objetos, fotos o recuerdos, no aparece ni una sola imagen de los asesinos nazis. Este es el museo de los judíos, no el de sus plagas y verdugos. La muy sobria documentación final, con un curioso reportaje sobre Fassbinder, conduce hasta el vertiginoso Memory Void, un patinejo de 20 metros de altura donde se acumula una montaña de piezas metálicas en forma de rostro humano. Puedes caminar sobre ellas. El chasquido hiela la sangre.

Hay otra puerta del infierno, pero no es la de los judíos sino la de los cristianos. Es un espacio recién inaugurado que lleva por nombre Topographie des Terrors. Como su nombre indica, ahora estamos en el lado contrario, el de los asesinos. Si en el museo de los judíos sonaba un violín, olía a sofrito y pachulí, parejas vestidas con ropa vieja bailaban alzando las piernas y los niños corrían alrededor de las tumbas, ahora entramos en el espacio de los verdugos filosóficos. Son homicidas ilustrados, respetuosos con la ciencia, el arte y la cultura. Sus ropas son inmejorables y cuando bailan lo hacen vestidos de frac en rápidos giros que sofocan a la rubia pareja y palpita su pecho rosado.

En este museo, los niños (los hay) no corren ni ríen. Tampoco sus padres. Aquí se impone un silencio de muerte, de verdadera muerte, un silencio que no tiene nada de literario. Es el silencio de la maldad expuesta en vitrina y cuantificada.

La Topografía del terror es un gigantesco espacio en donde antes se alzaban el cuartel general de la Gestapo, la jefatura de las SS, su servicio de seguridad (SD) y el del Reich (RSHA). Estamos en el corazón de las tinieblas, la sima de los aullidos inaudibles. Aquí la sangre ha empapado de tal modo la tierra que los gobernantes alemanes prefirieron derribar todo lo que quedaba en pie y sobre el gigantesco solar esparcieron una capa de piedra trizada, un manto fúnebre. En un rincón de esa lámina triturada se levanta un rectángulo de vidrio casi invisible los días grises en cuyo interior se guarda la documentación de una de las mayores matanzas del género humano. Elegantes paneles informan a los visitantes (silenciosos, contritos, las manos a la espalda) sobre la destrucción que allí tuvo lugar. Datos, nombres, estadísticas, jerarcas, textos.

Contraste excepcional. El museo judío es un ente vivo, un organismo que baila sobre incontables entierros, pero diferenciados. Allí palpita la voluntad de los humanos para resistir la persecución y el horror colectivos, allí constatamos la garra con que nos aferramos a la vida propia cuando somos amenazados por una masa. El museo alemán, en cambio, es abstracto, es conceptual, es un “centro de documentación”, es la fría intelección de hasta qué repugnante hondura somos capaces de caer cuando nos hinchamos de soberbia religiosa, engreimiento nacional, superioridad racial e imbecilidad moral.

“Muchos de nosotros luchamos en la guerra, muchos murieron. Hemos escrito por Alemania, hemos muerto por Alemania. ¡Hemos cantado la Alemania real, la auténtica! Y por eso hoy Alemania nos quema”. Esto escribía en 1933 Joseph Roth, tras conocer la primera hoguera nazi. Estaba ya en el exilio parisino y resbalaba por su propio barranco de alcohol y desolación. Ellos, los judíos de Alemania, habían sido lo mejor de Alemania.

El huracán de cadáveres que azota al Ángel de la Historia, esa tempestad que Benjamin llamaba “progreso”, sigue teniendo su ojo clavado en Berlín.

Félix de Azúa es escritor.

Pesaj en el Guetto de Varsovia


Los héroes del Ghetto de Varsovia.

El 19 de abril de 1943, la víspera de Pesaj, un grupo de jóvenes se rebelaron inspirados por nuestras tradiciones de libertad, por nuestra salida de Mitzraim. Les habían elegido ese día seguramente sin saberlo los nazis. Esos jóvenes se rebelaron contra las poderosas SS junto con los supervivientes del ghetto de Varsovia. En un mes murieron “con honor”, casi todos aquellos que lograron sobrevivir a tres años de vejaciones y de tormentos en el ghetto más grande de la Polonia ocupada. Fue un acto de desafió de nuestro pueblo para el que ya nunca nada volvería a ser igual y cuya secular capacidad de supervivencia había sido sometida a la prueba terrible del exterminio industrial.

Después de la invasión de Europa por los nazis, nuestro pueblo había sido recluido en ghettos, expresamente construidos para servirnos de prisión y antecámara a la muerte. Esto no era, ni mas ni menos, que la primera fase de aquella solución final hitleriana, que, veinte años antes, había ya anunciado el criminal alemán en su siniestro libro Mein Kampf.

En otoño de 1940, el barrio judío de Varsovia, al oeste del Vístula y de una extensión de 6,5 km, fue cercado por un alto muro protegido con alambrada de espino. Allí fueron depositados casi 443.000 judíos, muchos de los cuales no tenían ni casa ni lazos familiares en la capital polaca. Fueron encerrados en él, aislados del mundo exterior, en espera de un destino que no conocían y poquísimos en el exterior consideraban posible: el exterminio racional, sistemático e industrial de nuestro pueblo.

Los judíos del ghetto, como en otros lugares del Reich fueron sistemáticamente condenados al hambre por sus guardianes y aterrorizados con continuos momentos de violencia indiscriminada con el fin de amedrentarlos. Nuestro espíritu, ya no de resistencia, sino de simple supervivencia era carcomido por los breves y vanos chispazos de esperanza, maliciosamente alimentados por los propios nazis. De vez en cuando, la presión disminuía, se aumentaban las raciones alimenticias asignadas al ghetto (esos días comían) y se veía sonreír a las tropas que los mantenía encerrados. En aquellos momentos de calma se permitía incluso que ciertas noticias tranquilizadoras se filtrasen en el ghetto desde los campos de trabajo exteriores. Por un momento, parecía posible a aquellos seres que, al fin y al cabo, nadie podía ser tan completamente inhumano. Vanas esperanzas para nuestro pueblo que languidecía en un exterminio implacable.

La más eficaz entre todas las técnicas de la guerra psicológica aplicada por los nazis fue la habilidad con que se supieron manejar al Consejo judío. Este era, en definitiva, un organismo político alemán que funcionaba por iniciativa de algunos judíos, impulsados por muy diversos motivos, que iban desde el puro y simple deseo de salvar la propia vida a la esperanza de proteger a nuestra gente, por lo menos en los aspectos más intolerables de la opresión. Se trataba de una misión imposible que desconocían y que se hacía todavía más desesperada y brutal a causa de la misma policía judía, cuyos miembros se veían miserablemente y de manera continua obligados a elegir entre la vida de sus familiares y la de sus vecinos en la subsistencia diaria.

No obstante, incluso en medio de este cuadro de muerte y de enfermedad, del terror, de la corrupción y de las traiciones, las escuelas clandestinas prosperaban, las zonas bombardeadas eran cultivadas como parques, cuatro teatros permanecían abiertos, los músicos daban conciertos y los poetas infundían en sus versos tanta desesperación como imágenes de esperanza; pintores y escultores creaban y exponían obras nuevas, se publicaban periódicos clandestinos y algunos eruditos, como Emmanuel Ringelblum y Jaim A. Kaplan, reunían documentos secretos cobre los sufrimientos que estaba padeciendo nuestro pueblo.

Un anónimo conferenciante definió la situación en la primera de una serie de reuniones culturales clandestinas, del siguiente modo:

“Queremos continuar viviendo y ser un pueblo libre y creador. Por ello resistiremos la prueba de la vida. Si nuestras vidas no se extinguen en un montón de cenizas, será el triunfo de la humanidad sobre la inhumanidad, será una prueba de que nuestra fuerza vital es todavía mayor que la voluntad de destruirnos.”

Pero después de un año de estar encerrados en el ghetto, paralelamente a esta intransigencia intelectual, empezó a formarse el núcleo de la resistencia. En el ghetto, a través de nuevos judíos que eran encerrados y de espías procedentes del exterior de Varsovia empezó a transparentarse la cruda verdad respecto a los campos de exterminio y a la destrucción de otras comunidades confinadas en otros tantos ghettos. Primero las noticias no querían creerse, ¿Quién va a creer que un asesinato industrial es posible? Luego empezó a brotar, en el seno de un exiguo grupo de lo que algunos llamaron al principio «fomentadores de desorden», la convicción de que los alemanes no les ofrecían, en realidad, otra alternativa que la del exterminio.

Algunos grupos juveniles, sionistas de izquierda, tomaron la iniciativa en el transcurso del invierno de 1941. Antes de la guerra, sus miembros ya se habían preparado para emprender una actividad de pioneros en la Palestina Británica –en Eretz Israel- , otros habían luchado en la Guerra de España contra el fascismo. Entre estos organizadores cabe destacar el joven Pinkus Kartin Z”L un ex-miembro de la brigada judía Botwin de las Brigadas Internacionales, aunque contra el fascismo en España luchó con el nombre de Andrezej. Su conciencia nacional y política era precisa y fuerte, habiendo ya rechazado todos los compromisos que inevitablemente estaban vinculados con el exilio judío. Estaban convencidos de que sus ideales debían conducir, lógicamente, a la acción.

El primer impulso les llegó de los miembros del partido comunista, que, como sus compañeros de otros países europeos, con una mano hacían la guerra y con la otra la revolución, pero fueron más allá.

El Bund, el partido socialista judío más importante, vaciló. En un principio, su confianza en la solidaridad de la clase trabajadora le impidió apoyar un movimiento de resistencia exclusivamente nacional judío. Pero en el transcurso del mes de julio de 1942, cuando las cámaras de gas de Treblinka, a pocos kilómetros al nordeste de la capital, humearon iniciando el exterminio en masa de los judíos de Varsovia, el movimiento de resistencia se aseguró la plena adhesión de los movimientos políticos y religiosos presentes en el ghetto en una unidad nacional. Tan solo el grupo nacionalista de los sionistas revisionistas quedó aparte, prefiriendo combatir separado del resto de los otros grupos, bajo la bandera sionista del Irgun Zvei Leumi (Organización militar nacional), ¿Cómo no iba a ser así , si todos éramos judíos? Y ya se sabe, dos judíos tres pareceres. Juntos sí, pero con nuestras diferencias, hasta para afontar la muerte.

Las deportaciones masivas se iniciaron el 22 de julio de 1941, la víspera de Tisha B’Av (9 de Av) de 5702 , en el que nuestro pueblo llora la destrucción de los dos Templos de Jerusalem y la pérdida de la independencia frente a los romanos, la expulsión de Sepharad y tantas otras cosas malas que la Historia nos ha deparado. Seis días después de esta triste jornada, se constituyó la organización combatiente judía, que pronto fue puesta al mando de Mordejai Anielevvicz; un joven de veintitrés años, miembro del movimiento sionista de izquierda Hashomer Hatzair. Hijo de padres pertenecientes a la clase obrera, había asistido a la escuela superior judía de Varsovia, y a principios de 1942 fue enviado fuera del ghetto para averiguar la situación existente en Silesia.

Entre el 22 de julio y el 3 de octubre más de 300.000 judíos fueron deportados de la capital polaca vaciando el ghetto. Cuatro quintas partes de ellos a los campos de exterminio de Treblinka y el resto a los campos de trabajos forzados. Jaim A. Kaplan, antiguo director de una escuela judía, llegado cuarenta años antes a Varsovia desde Rusia, describe en su Diario los métodos brutales de las redadas diarias y el pánico que estas suscitaban:

”El ghetto se ha transformado en un infierno. Los hombres son como bestias. Cada uno se encuentra a un solo paso de la deportación; se caza a las gentes en las calles, como si se tratase de animales en la selva. Y precisamente son los hombres de la policía judía los más crueles con los condenados. A veces se cerca una sola casa; a veces, una manzana entera. En cada edificio destinado a ser destruido se realiza primero el registro de los pisos, pidiendo a todo el mundo la documentación. Al que no posee documentos que le den derecho a permanecer en el ghetto, ni el dinero necesario para corromper a los esbirros, se le obliga a meter sus enseres en un paquete de quince kilos como máximo y se le empuja al camión que espera ante la puerta.
Cada vez que se cerca una casa suceden al cerco increíbles escenas de pánico. Sus habitantes, que no tienen documentos ni dinero, se esconden en alacenas, bodegas y buhardillas. Cuando existe posibilidad de pasar de un patio a otro, los fugitivos saltan por los tejados, incluso con riesgo de su vida. Mas todos estos sistemas sirven tan sólo para retrasar lo inevitable, y, al fin, la policía acaba por prender siempre a hombres, mujeres y niños. Los indigentes y aquellos que han perdido cuanto tenían, son los primeros en ser deportados. El camión se llena en un momento. Es difícil distinguir a una persona de otra: la miseria les hace a todos iguales. Sus gritos y gemidos destrozan el corazón.
Los niños, en particular, lanzan gritos desgarradores. Los viejos y los hombres de mediana edad aceptan la condena en silencio y permanecen de pie, con sus pequeños paquetes bajo el brazo. Pero el dolor y las lágrimas de las mujeres jóvenes no reconocen límite. A veces, una de ellas intenta liberarse de las manos que la tienen agarrada y entonces se inicia una lucha terrible. En estos momentos, el horror de la escena llega a su cumbre. Ambas partes luchan hasta el final. De una parte, la mujer, con el cabello revuelto y la blusa desgarrada, lucha con todas sus fuerzas contra aquellos verdugos, intentando escapar de sus manos. De su boca sale un torrente de imprecaciones rabiosas y toda ella parece como una dona dispuesta a matar. De la otra parte, dos policías la empujan par los hombros hacia la muerte.”

Estas deportaciones tuvieron sus héroes… quizás donde hubiera sido menos lógico esperarlo: por ejemplo, Adam Czerniakow, el ingeniero presidente del Consejo judío, quien, antes que firmar el decreto de expulsión, se envenenó; y el doctor Henryk Goldsmidt, decidió morir con los niños de su orfanato aun cuando los alemanes le habían ofrecido la salvación. Era en vano.

Las deportaciones a Treblinka se suspendieron entre el 3 de octubre de 1942 y enero de 1943. Pero ahora los jóvenes judíos con el espiritu de Pesaj sabían ya que el encuentro decisivo era tan sólo cuestión de tiempo. Habían adquirido armas con la ayuda de agentes que entraban y salían, furtivamente, en el ghetto, a lo largo del alcantarillado, y que se mezclaban con los grupos destinados a efectuar los trabajos de sepultureros y que por ello tenían permiso para traspasarlos muros para llegar al cementerio judío. Así se constituyeron y adiestraron veintidós grupos de resistencia.

La primera confrontación armada se produjo el 18 de enero, nueve días después de haber visitado Himmler el ghetto y de ordenar la reanudación de las deportaciones Después de cuatro días de lucha, las SS, que se habían dispuesto a cercar a los últimos 60.000 0 70.000 judíos que aún permanecían en el ghetto, se retiraron. Las fuerzas del joven Anielewicz habían superado el bautismo de fuego y todo estaba ahora dispuesto para la sublevación masiva.

El 16 de febrero, tras una resistencia a las deportaciones por parte de los judíos, Himmler decidió que el ghetto fuera destruido. Dos meses más tarde, mandó de Grecia, para dirigir la operación, al teniente general Jürgen Stropp.

A primeras horas del 19 de abril, víspera de la Pesaj (Pascua judía); la fiesta en la que se conmemora la salida y el fin de la esclavitud en Egipto y nuestra afirmación como pueblo, el ghetto fue cercado. La organización judía de combate declaró entonces el estado de alarma. De los preparativos del Seder se pasó a la alerta. Y poco después, a las 6 –cuando los últimos judíos del Ghetto se preparaban para el Seder- las SS hicieron su aparición, iniciándose con ello la «acción en amplia escala» de Jurgen Stropp.

Con gran estupor por parte de los alemanes, su primera tentativa de penetración fue rechazada por un nutrido fuego de armas de pequeño calibre, granadas y bombas caseras, tan rudimentarias que podían encenderse con un fósforo. Un carro de combate fue incendiado por un grupo de veinte personas -hombres, mujeres y niños que se sabían muertos- y los alemanes tuvieron que retirarse. Por primera vez en mucho tiempo, en el bando judío reinaba un ambiente de gran alegría. La alegría que da sentirse libres. Y, sin embargo, pocos, entre los judíos del ghetto, se hacían más ilusiones que ser ejemplo. Sabían, desde luego, que no podrían vencer; pero estaban decididos a vender cara su, por fin recobrada, esperanza de libertad.

A las 8, Stropp asumió personalmente el mando de la operación, dividiendo sus faenas en pequeños contingentes y asignándoles la misión de barrer completamente el ghetto. Muy pronto nuestro pueblo se vió obligado a retirarse de los tejados y de los pisos superiores de las casas. Así pasó el primer día de Pesaj y el segundo, entre fuego, disparos y francotiradores. Al tercer día, ya en Jol Hamoed, la resistencia se había concentrado en las esquinas y en los bunker de la plaza Muranowsky.

Una complicada red de trincheras y de pasos subterráneos se había dispuesto en el transcurso del otoño e invierno. Los bunker fueron hábilmente adaptados para poder hospedar a familias enteras, con reservas de alimentos y de municiones y con rudimentarios aseos. En su informe cotidiano a sus superiores, Stropp se expresaba tristemente de este modo:

«Descubrir los refugios individuales es extremadamente difícil, por cuanto han sido enmascarados muy hábilmente; en muchos casos sólo es posible por la traición de otros judíos.»

Stropp concentró todos sus esfuerzos en dirección a los antiguos establecimientos alemanes, transformados ahora en importantes centros de resistencia y de abastecimiento. Llegó a la conclusión de que su plan no podía realizarse si no se destruían tales puestos. En su interior halló un estado de «caos indescriptible», situación cuya responsabilidad cargó a los dirigentes civiles y al Ejército, incluso a sus propias SS.

«Todo estaba en manos de los judíos, desde las sustancias químicas empleadas para la fabricación de explosivos, hasta los vestuarios y equipos destinados a la Wehrmacht. Los dirigentes sabían tan poco de sus propias fábricas, que los judíos estaban en situación de producir armas de todas clases. Además, éstos habían conseguido organizar en el interior de estos lugares centros de resistencia. Los dirigentes de los establecimientos, cuya actividad era regulada por un oficial de la Wehrmacht, casi nunca podía decir con precisión a cuánto ascendía el número de su gente ni dónde se las encontraba. Las declaraciones de estos dirigentes, relativas al número de judíos que trabajaban en sus establecimientos eran siempre imprecisas.»

Pasadas las primeras dos semanas, Stropp se dio cuenta de que cada vez era más difícil aniquilar a los judíos. Su desprecio inicial por ellos, a los que designaba como «cobardes por naturaleza», se transformó gradualmente en un rabioso respeto.

«Una y otra vez grupos de combate formados por veinte o treinta o más judíos, de edad comprendida entre los dieciocho y los veinticinco años, y acompañados por un número semejante de mujeres, encendían nuevos focos de resistencia. Estos grupos tenían orden de resistir con las armas hasta el fin, y, si era necesario, debían evitar caer prisioneros suicidándose. Uno de estos grupos, saliendo de una alcantarilla, logró apoderarse de un camión y huir en él.»

La resistencia opuesta por nuestro pueblo y por un puñado de guerrilleros polacos, que les apoyaban desde el exterior del muro, era tan eficaz que Stropp debía mantener en acción a sus patrullas de asalto veinticuatro horas al día, «enérgicamente y sin tregua. Pero Himmler empezó a revelar cierta impaciencia y Stropp se vio de pronto obligado a adoptar una política de destrucción total.

“Uno tras otro, los establecimientos fueron sistemáticamente evacuados y en seguida incendiados. Por lo general, los judíos abandonaron sus escondrijos y refugios. No obstante, en algunas ocasiones permanecían en los edificios incendiados hasta que, impulsados par el calor de las llamas y por el temor de abrasarse vivos, preferían arrojarse desde los pisos más altos, después de lanzar a la calle colchones y otros objetos que pudieran amortiguarla caída. Entonces, y aun con las naturales fracturas, intentaban cruzar la calle para llegar a lugares todavía no incendiados o sólo parcialmente en llamas.”

También en las cloacas, donde se escondían muchos judíos, la vida se hizo cada vez más dura, sobre todo después de las tentativas de los alemanes de ahogarles allí mismo, abriendo las válvulas de descarga del alcantarillado general de Varsovia. Gradualmente, uno tras otro, los bunker fueron barridos y destruidos por los ingenieros de la Wehrmacht, que empleaban bombas lacrimógenas y explosivos. El 8 de mayo el subterráneo que albergaba al Estado Mayor judío (que orgullo poder decir este nombre) -bajo el número 18 de Vía Mila- fue bloqueado y sometido a un intenso bombardeo de granadas de mano. Allí pereció Mordejai Anielewicz Z’’L con ochenta de su compañeros. Y con ello la rebelión terminó.

Toda forma de resistencia organizada acabó el 16 de mayo, a las 20,15 horas, con la significativa demolición de la sinagoga. Algunos judíos que sobrevivieron lograron huir a través de las cloacas y unirse a los partisanos polacos. Pero todavía en pleno mes de julio los alemanes se hallaban ultimando las operaciones de limpieza. Stropp registró la muerte de unos 56.000 judíos durante la rebelión. Unos 7.000 resultaron muertos en combate y un número análogo fue enviado a Treblinka. Se calculó que otros 5.000 o 6.000 murieron a causa de las explosiones y de los incendios; el número exacto de lo cadáveres bajo los escombros en imposible de calcular y desde luego los nazis no se preocuparon por ellos.

En el transcurso de la rebelión, el partido socialista polaco de Varsovia proporcionó a los combatientes judíos un número limitado de armas. Sin embargo, ninguna respuesta se recibió a la demanda de ayuda cursada al ejército clandestino polaco, del general Tadeuz BorKmorowski. En Londres, después de largas semanas de conversación, el primer ministro polaco, general Sikorski, lanzó una llamada general a los polacos que se encontraban en su patria para que ayudasen a los insurgentes judíos. Pero ya era demasiado tarde.

En efecto, dos días antes, Stropp había comunicado orgullosamente: El ghetto de Varsovia ya no existe. Su comunicado terminaba con este prosaico epitafio: Con exclusión de ocho edificios (alojamientos para la policía, hospital y alojamiento reservado para la guardia de las fábricas) el ex ghetto está totalmente destruido. Sólo algunos muros contra incendios quedan en pie y ello únicamente en los casos en que no ha sido necesaria la demolición con explosivos. Pero las ruinas contienen todavía una notable cantidad de piedras y materiales de desecho que podrían ser utilizables.

Esta es la historia de la muerte del Ghetto de Varsovia, pero también de nuestra victoria en ser libres una noche de Pesaj. En el pasado, los notables judíos usaban sus influencias para frenar alguna medida antijudía o moderarla. No siempre tuvieron éxito. Por ejemplo, Don Isaac Abrabanel, el influyente judío en la corte de España, no pudo hacer cambiar la orden de expulsión decidida por los reyes católicos. La historia registra generalmente los triunfos, no las derrotas. El ghetto fue una experiencia totalmente nueva. Sólo el nombre era igual. Todo lo demás era totalmente distinto. Los líderes de los ghettos bajo el dominio nazi, trataron desesperadamente que éstos perduraran, de que sobrevivieran la mayor cantidad de tiempo posible. Tal vez, la guerra se terminaría -y terminó-, Hitler sería derrotado -y lo fue-, y lo vivido sería recordado como una terrible pesadilla. Y es nuestro deber guardar memoria de ello por cada una de las generaciones. No pudo ser la libertad para ellos. El ghetto de Varsovia no duró siquiera tres años enteros; pero de las antiguas piedras se alzaron nuevamente las cuatro preguntas en esa noche Pesaj de 5703 entonadas seguramente por alguno de los pocos niños que quedaban vivos:

ma nishtaná halaila hazé micol haleilot
shebejol haleilot anu ojlin jametz umatzá, halaila haze culó matzá

ma nishtaná halaila haze micol haleilot
shebejol haleilot anu ojlin shear ierakot, halaila hazé culó maror

ma nishtaná halaila haze micol haleilot
shebejol haleilot ein anu matbilin afilu paam ejat, halaila hazé shetei peamim

ma nishtaná halaila hazé micol haleilot
shebejol haleilot anu ojlin bein ioshvin ubein mesubin, halaila haze culano mesubin

¿Por qué es esta noche diferente al resto de las noches?

Y al final de ese Pesaj tan cruel vendría el orgullo de ser libres. Y esa noche sería diferente, ciertamente… y a partir de ella ninguna noche sería igual.

Quedaron las cuatro preguntas y la certera respuesta de que nunca más los judíos volveríamos a agachar la cabeza ante los que no nos consideraban y aún nos consideran ni tan siquiera seres humanos.

Adaptado por Es-Israel.org de “Los ghettos bajo el dominio nazi” Ediciones Tarbut y otros textos y páginas de Internet.

¡AM ISRAEL JAI!

La foto es de Aba Kovner y los partisanos de Lituania.

Fuente: http://www.herutx.blogspot.com/

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