Auschwitz nunca fue liberado

Jueves, 27 de enero de 2005

Por Jack Fuchs*

Birkenau

Para la narración de la historia –los historiadores usan aquí mayúsculas que evito– sesenta años es nada más que un parpadeo del tiempo, para un hombre es casi todo su tiempo. De modo que un hombre, aunque sólo sea por una mínima razón de perspectiva, no habla como historiador o como filósofo, por más que el filósofo o el historiador no sean más que un hombre. Hace sesenta años que la historiografía, y casi la entera totalidad de la literatura que se ocupó de pensar el campo de concentración como objeto, viene diciendo que el 27 de enero de 1945 Auschwitz fue liberado. Yo mismo usé esa terminología. Pero liberar supone una acción voluntaria, una decisión política, militar, una forma de intervención específica y concreta. Y no fue eso lo que ocurrió en Auschwitz. Auschwitz, del ’41 al ’45 fue ignorado por los aliados. Los campeones de la libertad, de la democracia y el progreso humano, los líderes del antinazismo estaban ocupados en asuntos de más vasto alcance: se trataba de ganar la guerra. De conquistar hegemonía política, económica y militar en ese escenario europeo devastado por la misma lógica de la guerra. Y en la guerra, como se sabe, las personas no cuentan, no tienen valor.
Los aviones aliados sobrevolaron los campos desde 1944: jamás bombardearon una sola cámara de gas, los hornos crematorios jamás fueron concebidos como objetivos militares de guerra. Bombardearon Munich, pero no bombardearon Dachau, que está al lado, o Slesia, un verdadero objetivo militar porque allí se concentraba parte de la industria alemana de guerra, pero no bombardearon Auschwitz, a muy pocos kilómetros de distancia.
Habría que decir: hace sesenta años que Auschwitz no fue liberado. Hace sesenta años que el Ejército Rojo encontró huellas de las víctimas, barracas vacías, montañas de zapatos, de pelo humano, de anteojos, de juguetes que habían estado en manos de los niños, cadáveres sin enterrar. El general soviético Petrenko cuenta en sus memorias (Antes y después de Auschwitz) que él “liberó” el campo, pero reconoce que hasta un día antes, hasta el 26 de enero, no tenía información acerca de su existencia y que, en realidad, se dirigía a localidades cercanas cumpliendo el plan de reconquistar zonas ocupadas. Sin embargo, durante 1941 las primeras víctimas del gas en Auschwitz fueron oficiales y soldados del Ejército Rojo, fue con prisioneros soviéticos con quienes se puso a prueba el funcionamiento maquinal de las cámaras y la incineración en los crematorios. De modo que el ejército de la revolución proletaria sabía muy bien qué era Auschwitz. ¿Cómo podía pasar inadvertido que desde el otoño de 1941 hasta noviembre del ‘44 Auschwitz había producido un millón seiscientas mil víctimas? ¿Cómo se pudo mantener ocultos los trenes con carga humana, que salían de París, de Roma, de Budapest, de Praga, de Berlín, de Viena, de Amsterdam y llegaban por la mañana con miles de personas vivas que unas horas después, más bien durante la noche, quedaban convertidas en ceniza? No, no fue ningún secreto. No podía serlo. Porque los grandes movimientos de transporte, la enorme energía desplegada en esa máquina de muerte era enteramente visible.
Los gobiernos aliados sabían muy bien lo que pasaba. Lo mismo en el frente inglés-americano que en el frente soviético. Los ingleses se atribuyen haber “liberado” Bergen Belsen y los norteamericanos, Dachau. Pero tampoco fue así. Los ingleses y los americanos encontraron los campos. Antes de que el ejército soviético llegara a Auschwitz, los alemanes habían huido llevándose con ellos a los prisioneros en lo que se conoce como la Marcha de la Muerte, camino de Alemania. El comandante de Auschwitz, Rudolph Hoss, fue apresado en Alemania, enviado a Polonia, juzgado y colgado frente a una de las barracas de Auschwitz en 1947.
En el ’45 yo estaba en Dachau, providencialmente me habían llevado ahí desde Auschwitz, y ningún soldado americano vino a rescatarme, los alemanes nos metieron en un tren que después abandonaron a mitad de camino; literalmente, a mí me encontraron en el cobertizo de una casa de campo en Baviera. Cuando terminó la guerra me gustaba decir que los aliados me habían liberado de Dachau. La juventud es más épica. Tardé años en comprender que no había sido así. No hubo ninguna intención de terminar con los campos. Los sobrevivientes fuimos encontrados en la ruta de los distintos ejércitos, mientras cumplían el único objetivo que se habían propuesto: derrotar a Alemania. La prioridad, la única finalidad, diría, fue la de derrotar al nazismo, y nunca la de rescatar a las víctimas. Los aliados permitieron que durante toda la guerra la matanza se ejecutara sin obstáculos.
Hoy, escribo esta nota y me es difícil retroceder en el tiempo y verme en el planeta Auschwitz (digo planeta irónicamente, para evocar la idea de que la tierra, los hombres, no podrían dar forma a una máquina semejante de muerte, pero sin embargo fue en la tierra y son los hombres), donde los SS eran dioses siniestros que decidían sobre la vida y la muerte a cada momento.
Henry Ibsen dijo que la mayoría no siempre tiene razón. Las Naciones Unidas, todas las organizaciones que preparan actos para la ocasión, la mayor parte de la prensa mundial hablan en estos días de la “Liberación” de Auschwitz, para mí se trata de una ironía de mal gusto, no puedo pensarlo de otro modo, quizá se trata sólo de una imprecisión en el lenguaje, quizá las cosas van más rápido que el lenguaje, pero no creo en esta interpretación, las palabras siguen hablando y a su modo dan cuenta siempre, fatalmente, de la verdad que ponen a cada momento en juego: las palabras y la verdad de lo que dicen y ensombrecen. Yo pregunto (me gustaría escribir como Zola: yo acuso, pero me reservo esa gravedad y ese entusiasmo ya un poco anacrónicos), ahora, 60 años más tarde, señores: ¿por qué los campos nunca fueron liberados? Y más, pregunto: ¿es la misma persona, soy el mismo, que hace 60 años, hasta unos meses antes, caminaba, si puede llamarse a eso caminar, entre los pabellones?
En la entrada de Auschwitz hay una placa escrita en 19 lenguas (hasta 1991 ese texto no figuraba ni en idish ni en hebreo), pretende dar testimonio universal de la tragedia, como cuando el turista se pasea por Le Marais, en París y lee “aquí vivió Victor Hugo”, el turista se detiene, se estremece, dice “Ah, la casa de Victor Hugo”, y después sigue, hay muchas otras cosas para ver, se hace tarde y quiere volver a su cuarto de hotel, sacarse los zapatos y tomar una ducha.

 

* Intelectual, pedagogo y escritor. Sobreviviente de Auschwitz.

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EL UNICO JUDIO ACEPTADO ES AQUEL QUE ESTÁ BAJO 3M DE TIERRA.

OTRO ARTÍCULO QUE NO ME PUBLICARÁN: (En el Mundo)

EL UNICO JUDIO ACEPTADO  ES AQUEL QUE ESTÁ BAJO 3M DE TIERRA.

Sr Director:

Llamemos a las cosas por su nombre, ¡Fuera caretas!, ¡Fuera hipocresías!, ¡Que salgan a luz las verdaderas intenciones y los sueños más profundos de tanto hijodeputa que anda suelto en los gobiernos europeos, en las redacciones de los periódicos y en las televisiones! ¡Que los “oenegistas” expresen a las claras su pensamiento antisemita, que saquen sus Mein Kampf de las faldriqueras! ¡Qué digan lo que piensan! : “El único judío bueno es aquel que está muerto”.

Vamos a dejarnos de gaitas, a los ÚNICOS seres humanos sobre la faz de la tierra a los que se les niega su derecho a la legítima defensa, al honor (como personas, como pueblo y como país), a proteger a sus hijos y defender su país es a los judíos… quizá porque muchos vibran de emoción pensando que Adhmanideyad pueda terminar lo que empezó Hitler.

Siempre he dicho que el único momento en el que los muy cristianos europeos sentimos un ápice de solidaridad o compasión hacia los judíos, fue cuando iban en filas ordenadamente y  sin protestar a las cámaras de gas…. Solo nos duró un momento, porque en el fondo al europeo medio le jode tener sentimientos humanos hacia los judíos, así es que rápidamente aprendimos a liberarnos del complejo de culpabilidad por haber mirado hacia otro lado cuando Hitler, el ídolo de los “activistas de Hamás”,   desarrollaba “su misión” con eficacia germana en los campos de exterminio, aprendimos después a despojar a las víctimas de hace 70 años de su dignidad, negando su dolor, negando nuestra complicidad en el horror, negando la magnitud de la barbarie, negando la propia existencia de los campos, echándoles la culpa de lo que “les pasó” (como si hubieran tenido un tropiezo fortuito) y 70 años después, seguimos igual………..negando los ataques de todos los tarados islamofascistas que rodean a Israel, minimizando e incluso justificando los “cohetes caseros” que lanza Hamas, (que sin embargo producen muertes por cientos), “entendiendo” a los cabrones que se explotan en una pizzería o en autobús, olvidándonos de los niños israelíes que aprenden a esconderse en un refugio anti-aéreo antes que a leer……………

La pregunta es ¿Porqué? ¿Por qué los judíos son condenados “preventivamente”? ¿Por qué la embajada de Israel es cercada, apedreada y sitiada? ¿Porqué una madre judía tiene que ver cómo sus hijos se ponen a llorar aterrorizados  con las sirenas que indican la caída de un misil encima de su colegio, su cama, su calle, etc… mientras que ninguna madre gentil  aceptaría ni una centésima parte de esa presión? ¿Por qué los arquitectos judíos proyectan los restaurantes a fin de evitar que una posible onda explosiva fruto de un cinturón explosivo islamonazi mate a cientos, en vez de por criterios estéticos o funcionales? ¿Porqué los pisos cercanos a Gaza tienen un cuartito de hormigón que no es una despensa sino un refugio antiaéreo?, ¿Por qué España, Inglaterra o USA tiene derecho a defenderse y los soldados Israelíes tienen que servir de diana para que una panda de cabrones haga prácticas de tiro con ellos? ¿Porqué Israel tiene que cometer suicidio como país? ¿Por qué sus ciudadanos deben dejarse cazar como conejos?

Y SOBRE TODO, ¿Por qué coño nos creemos los europeos con derecho a juzgar a Israel? ¿Por qué nos creemos el ombligo del mundo? ¿Por qué no reconocemos nuestros errores con los judíos, (tenemos una larga tradición) e intentamos compensarlos en vez de darles clase de ética?

La respuesta por desgracia, es clara: porque muchos occidentales enfermos de un antisemitismo tan feroz como analfabeto  piensan que el mundo sería un lugar mejor sin Israel, lo cual , no nos engañemos, es lo mismo que pensar que el mundo sería un lugar mejor sin judíos, porque, ¡vamos a ver! ¿nos creemos que va a haber un solo judío tan gilipollas como para pensar que nosotros, los gentiles europeos, íbamos a enfrentarnos con riesgo para nuestras vidas a los fascistas del turbante para garantizar su seguridad? …¡suena a chiste!

Los judíos necesitan tener un estado para garantizar que NO se repita el episodio más vergonzoso de la historia: La shoá, el holocausto. El que niega el derecho de Israel a defenderse en un mar de barbarie y locura, niega su derecho a la existencia, y el que niega el derecho de existir a Israel, lo hace porque no le importaría que con el país desaparecieran sus ciudadanos y si es posible algunos judíos más de los que están en la diáspora…. Porque son tan cabrones que piensan que SOBRAN LOS JUDÍOS…. Porque piensan, al igual que muchos de sus “hermanos musulmanes”,  que el único judío bueno es aquel que está muerto.

Asunción Agulló

PS: NO soy judía y NO soy Israelí, y NO me engañan los oenegistas que realizan “labores humanitarias” con cuchillos de caza y barras de hierro.

Jan Karski, un mensajero silencioso

Jack Fuchs

Jan Karski
Jan Karski nació el 24 de abril de 1914, en Lodz, Polonia y murió el 13 de julio de 2000 en Washington DC. De familia católica, cursó sus estudios con los jesuitas, estudió derecho en la universidad de Lwow y siguió la carrera diplomática. Tuvo cargos en las embajadas de Bucarest, Berlín, Ginebra y Londres.
Llamado a filas en 1939, fue hecho prisionero por el ejército soviético y enviado a un campo stalinista de donde pudo escapar para pasar a la clandestinidad. Su dominio de varios idiomas y su prodigiosa memoria lo favorecieron para que fuera elegido como correo de la resistencia clandestina polaca durante la Segunda Guerra Mundial.

En 1940 fue capturado por la Gestapo en Eslovaquia. Luego de soportar un implacable régimen de torturas intentó suicidarse abriéndose las venas, pero la resistencia pudo rescatarlo sin que ninguno de los datos que poseía pasaran al enemigo. Entre 1942 y 1943 protagonizó una historia que habría de dejarle huellas para el resto de su vida: lo que él mismo llamó ‘mi secreta misión judía’. C fue uno de los primeros en transmitir una crónica detallada de las atrocidades nazis.

Jan Karski
En octubre de 1942 Karski, cuyo nombre real era Jan Kozielewsky, se puso en contacto con dos organizaciones judías: el Bund (partido socialista judío) y una asociación sionista. Ambas organizaciones le pidieron que informe a los aliados sobre lo que estaba ocurriendo con las comunidades judías en Polonia.

Haciéndose pasar por judío ingresó dos veces al gueto de Varsovia en octubre de 1942. Y después al campo de exterminio de Belzec. La visita secreta que Karski hizo al campo duró sólo una hora; lo suficiente para que lo visto quedase grabado para siempre en su memoria.

En Londres se entrevistó con el Secretario de política exterior, Anthony Eden; con Lord Cranbone, del partido conservador así como con Hugh Dalton y Arthur Greenwood del partido laborista. Todos integraban el gabinete británico de guerra que en ese momento era el centro del poder político en Inglaterra. Eden contestó que no podían hacer nada de lo que proponían los dirigentes judíos porque la estrategia aliada consistía en derrotar militarmente a Alemania, y que ningún ‘asunto secundario’ debía interferir el objetivo. Lord Cranborne, aparentemente un hombre simpático, le dijo:

“Señor Karski, usted es un hombre inteligente. ¿Se da cuenta de que el mensaje que nos trae es insostenible?”
Arthur Koestler, judío, apasionado antifascista y antisoviético, a quien Karski visitó en Londres, no es favorecido en el relato del mensajero. Lo describe como un hombre demasiado atado a sus intereses personales, a su vanidad de hombre de letras. Otro escritor, H.G. Wells, al recibir su crónica le contesta que
“habría que estudiar las causas por las cuales el antisemitismo emerge en todos los países en donde viven judíos”.

La situación no mejora en Estados Unidos. En el verano de 1943 se entrevista con el presidente Roosevelt, con el Secretario de Guerra, Henry Stimson, con el Cardenal Cicognani, con el Arzobispo Spellman, con el Presidente del Congreso Judío Norteamericano, Nahum Goldman, con el juez de la Corte Suprema de Justicia, Felix Frankfurter y con el director del Herald Tribune, Ogden Reed. Roosevelt lo escuchó durante cuatro horas. Se interesó especialmente en cuestiones políticas y le informó que Polonia recibiría una compensación territorial. Ni un solo comentario sobre la situación de los judíos, ninguna pregunta que pusiera en evidencia su preocupación en torno a la crónica del gueto y de los campos de exterminio.

El diálogo con Felix Frankfurter, miembro de la Corte Suprema, es igualmente esclarecedor. Frankfurter le pregunta: ‘¿Sabe usted, señor Karski, quién soy yo? ¿Sabe que soy judío?‘ Tras el relato de Karski, Frankfurter camina unos pasos, piensa y le responde contundentemente: ‘Un hombre como yo debe ser absolutamente franco. De modo que le digo: no estoy en condiciones de creer lo que usted dice’. Tampoco creyeron en él otros dirigentes judíos.

En 1944, un año antes de que terminara la guerra, Karski publicó el libro The Secret State, que en muy poco tiempo vendió 400 mil ejemplares, e inició un ciclo de conferencias en Estados Unidos, país en el que se desempeño como profesor de teoría
política en la universidad de Georgetown.


“Después de la guerra” -escribió en 1987- “leí cómo los líderes occidentales, hombres de estado, militares, servicios de inteligencia, jerarquías eclesiásticas y dirigentes civiles se horrorizaban por lo que había pasado con los judíos. Declaraban no haber sabido nada acerca del Holocausto pues el genocidio había sido mantenido en secreto. Esta versión de los hechos persiste todavía pero no es más que un mito. El exterminio no era un secreto para ellos.”

El Estado de Israel lo nombró ciudadano ilustre. En esa ocasión pronunció un discurso de agradecimiento en el que se definió así: ‘Yo, Polaco, Norteamericano, católico, puedo ahora decir que también soy judío’. Su testimonio es probablemente uno de los más conmovedores que registra la película Shoá de Claude Lanzmann.

Para mí, nacido también en Lodz, judío polaco, la historia de Jan Karski es un motivo de estremecimiento y angustia: ¿Por qué ese hombre, que quizá se haya cruzado conmigo en las calles de mi ciudad, no fue escuchado? ¿Por qué el testimonio de un hombre simple no tuvo ningún efecto, por qué esa insoportable indiferencia?

El 20 de junio de 2001 la Fundación Internacional Raoul Wallenberg y la Embajada de Polonia en la Argentina recordaron la figura de Karski en la Embajada Polaca de Buenos Aires.

* Jack Fuchs fue deportado del Gueto de Lodzs a Auschwitz. Encontrado por los aliados en Dachau al término de la Guerra. Miembro de la Fundación Internacional Raoul Wallenberg

Fuente: http://www.raoulwallenberg.net/

El ángel de Auschwitz

El ángel de Auschwitz | Cultura | elmundo.es.

HISTORIA | Los diarios de Ana Novac

El ángel de Auschwitz

La escritora Ana Novac. | DestinoLa escritora Ana Novac. | Destino

  • Se publica en español ‘Aquellos maravillosos días de mi juventud’
  • ‘¡Nunca había visto a la gente divertirse tanto como en el campo!’

“Escribo, luego soy”. Es la tabla de salvación a la que se aferró Ana Novac, una niña judía, para redactar un diario de gran intensidad y altura literaria que empieza justo donde termina el de Ana Frank, en el infierno de los campos de exterminio nazis.

Ana Novac murió el pasado el 31 de marzo, a los 80 años de edad, tan sólo seis días antes de que “Aquellos maravillosos días de mi juventud” (Destino), el diario que milagrosamente logró escribir en Auschwitz, Plaszow y otros campos, fuese publicado en español. Murió de un ataque al corazón en París, en la ciudad en la que siempre soñó vivir y donde se instaló en 1968, tras una escala de tres años en Berlín después de escapar de la Europa del Este.

“En una única y misma existencia tuve la suerte de presenciar la caída de dos plagas que me parecían desastrosas por igual: el socialismo ‘nacional’ y el otro (el soviético)“, escribió Novac en el epílogo de este “testimonio honrado” que quiso ofrecer al mundo.

Novac nació en Transilvania (Rumanía), pero a los 11 años se despertó siendo de nacionalidad húngara, “sin haber cambiado de lugar, de calle y ni tan siquiera de camisa”. A los 14, la deportaron a Auschwitz por ser judía. Cuando volvió un año después, en mayo de 1945, con sólo 34 kilos de peso y tuberculosis, era otra vez rumana.

La Historia, con mayúsculas, decía, la metió en situaciones que nunca pudo asumir porque “no las había escogido”.

El corpus principal de su diario, dedicado a la “memoria” de los suyos, pudo ser escrito en el campo de exterminio de Auschwitz y en el campo de Plaszow, bajo el sádico mandato del comandante Amon Görth, gracias a que, según Novac, “a Hitler no le interesaban nuestros pensamientos, sólo quería nuestro pellejo”.

Esa parte del diario la sacó de Plaszow, sin saber de qué se trataba, Otto, un guardián alemán que mató a una chica de una paliza por quedarse dormida, y la sacó a petición de un mando intermedio que protegía a Novac por su peculiaridad de ser una joven escritora. El resto lo compuso en un hospital al que llegó en las últimas, tras una segunda estancia en Auschwitz, y en otros campos de trabajos forzados nazis por los que pasó tras mejorar.

Novac reconocía que no escribió para completar la memoria de la humanidad con lo cotidiano en un campo nazi, sino para librarse de la obsesión por el rancho, para no naufragar en la angustia, para tener una existencia “privada” y para aferrarse a la vida.

“Yo, que dudo incluso de mis dudas, sólo le rezo ya a mi resuello: ‘No me falles, por favor'”, escribió Novac en su diario tras presenciar en Plaszow cómo Amon Görth se divertía en usar a una chica como cebo para su bulldog, que la destrozó.

Empotrarse de vida

Y es que si algo la salvó de sucumbir en aquel infierno fue su determinación a “empotrarse” a la vida: “Por muy estúpida y muy fea que resulte, no me veo sin ella; ni a ella sin mí. Incluso si hubiera ‘otra vida’ mejor, me aferraría a ésta, inmunda”. “¿Y si la vida fuera un loco y nosotros, los judíos, fuéramos su manía?”, se pregunta en otro momento y pide “al Señor de Ahí Arriba” que se busque otro pueblo “elegido” y les pida “disculpas”.

Novac apunta lo que puede observar y vivir desde dentro: la vida en los barracones, su sufrimiento y el de sus compañeras, las relaciones, marcadas tanto por el egoísmo como por el coraje y la ternura, el hambre, el frío, las lágrimas y las risas. “¡La risa! Ya veo desde aquí la cara que pondrán los civiles cuando les diga: ‘¡Nunca había visto a la gente divertirse tanto como en el campo!’. A lo mejor es histeria, como en los entierros”.

El diario de Novac se publicó en 1966 en Hungría, en 1967 en Alemania, en 1968 en Francia y más tarde en Italia, Holanda y Estados Unidos. En la década de los 90, al autora reeditó una versión revisada de su diario en francés, que es la que ahora llega en castellano.

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