Embajada de Israel confirma: el joven de 22 años asesinado en Berlín es israelí

El cuerpo fue descubierto con lesiones múltiples en la cabeza; la víctima se acercó a la comunidad judía la semana pasada en busca de cama y comida.

monasterio franciscano Calle Gruner, Berlín, donde se encontró el cuerpo de un hombre que se cree un israelí, de abril de 2015. (captura de pantalla Google maps)

El hombre muerto hallado en las ruinas de una iglesia gótica en Berlín con golpes que impidensu reconocimiento era ciudadano israelí, dijo la Embajada de Israel el miércoles

Transeúntes reportado el hallazgo del cadáver la madrugada del domingo en el lugar, cerca del Ayuntamiento de Berlín, y la embajada dijo en un breve comunicado que había recibido confirmación de la identidad de la víctima.

“El nombre del muerto no se dará a conocer por el momento, por respeto a sus seres queridos”, dijo.

El comunicado no dio más detalles, aunque él diario Bild reportó que la víctima tenía 22 años.

Funcionarios israelíes no creen que el asesinato fuera un crimen de odio, aunque no se ha descartado la posibilidad, informó Canal 2.

El hombre se había acercado a la comunidad judía la semana pasada pidiendo comida y un lugar para dormir, dijo un rabino el miércoles.

La zona en que fue hallado el cuerpo, las ruinas de la iglesia gótica del Monasterio Franciscano del siglo 14 destruida durante la Segunda Guerra Mundial, es frecuentada por personas sin hogar.

La policía dijo que se ha abierto una investigación por asesinato. Hasta el momento, la policía no ha determinado el motivo; están a la espera de una prueba de ADN para completar la identificación de la víctima y averiguar por qué se alojaba – o vivía – en Berlín.

Rabí Yehuda Teichtal dijo a The Associated Press que el israelí, que había sufrido heridas múltiples en la cabeza, era un “hombre de unos 20 años que llegó a nosotros durante el pasado día viernes y no tenía dónde dormir ni qué comer”.

Teichtal, un rabino de la comunidad en Berlín y también el jefe del Centro de Educación Judía Chabad en la ciudad, dijo que un compañero rabino le organizó un lugar para dormir en un centro comunitario cerca de Alexanderplatz – a menos de un kilómetro de donde la víctima fue hallada la mañana del domingo.

“Le trajimos comida, le consiguieron un lugar para dormir”, recordó el rabino. “Esa misma noche dijo ‘estupendo’, y luego se marchó y no regresó. No estuvo en el Seder (cena de Pascua), y no vino a dormir”.

La policía ha hecho un llamado a los testigos para que se presenten. Tres personas han aportado información sobre el caso, dijo la policía sin dar más detalles.

En los últimos meses, la policía ha intensificado las patrullas alrededor de Alexanderplatz, en un intento de acabar con el crimen violento.

A pesar del pasado nazi de Alemania, que organizó el Holocausto de los Judíos de Europa, Berlín se ha convertido en un destino popular para los turistas israelíes en los últimos años.

De 20.000 a 30.000 israelíes, en su mayoría jóvenes, se han trasladado a Berlín en los últimos años.

Aunque el hombre llevaba pasaporte israelí, su rostro no pudo compararse con la foto de identidad debido a sus “múltiples heridas”, agregaron.

Esta mañana, el rabino Shmuel Segal del centro de Jabad en Berlín dijo que no estaba claro si el joven era un turista o residía en Berlín..

“Tenemos un centro de Jabad justo al lado del lugar donde fue encontrado. Los que conocen Berlín saben que en la zona de Alexanderplatz hay un montón de gente extraña”, dijo el rabino. “Creo que esa es actualmente la línea de la policía, no tienen demasiada información”.

Fuente: Enlace Judío México

El increíble Lawrence alemán

ARQUEOLOGÍA | Max von Oppenheim

El increíble Lawrence alemán

Max von Oppenheim, ante su museo personal de Berlín. (Fotos: AP / EL MUNDO)
      • Berlín expone la heroica restauración del tesoro de Tell Halaf
      • Las piezas son el legado de Max von Oppenheim, el judío que sedujo a Goering

      Rosalía Sánchez | Berlín

      Actualizado lunes 07/02/2011 13:19 horas

      En sus tres primeros días de apertura al público, la exposición ha recibido más de 10.000 visitas. No es para menos. Berlín recupera uno de los tesoros que le arrebataron las bombas y el espíritu Max von Openheim, al fin, descansa en paz. “Debería abrirse de inmediato un proceso de beatificación“, dice la primera anotación en el libro de visitas, en referencia a los restauradores del Museo Pérgamo de Berlín, que han conseguido recomponer las 250.000 piezas en las que habían sido desintegrados los tesoros del antiguo museo Tell Halaf, una colección de estatuas y diversos restos arqueológicos de hace 3.000 años, descubiertos en un palacio perdido de Siria por el arqueólogo alemán Max von Oppenheim en los años 20 y que quedaron totalmente destruidos por los bombardeos aliados de la Segunda Guerra Mundial.

      “Las monumentales estatuas de piedra y los relieves del palacio de Tell Halaf han podido ser restaurados contra todas las previsiones”, se felicitaba el director general de los Museos Nacionales, Michael Eissenhauer, al presentar el resultado de 10 años de trabajo que devuelven a Berlín la herencia de uno de sus más célebres aventureros, Max von Oppenheim (1860-1946), aristócrata, agente secreto y viajero que personifica el mundo ostentoso, inquieto e indomable de la Belle Epoque.

      Vástago de la familia del banquero judío Solomon, Oppenheim utilizó su considerable fortuna para viajar por el norte de Africa y el Cercano Oriente. Todavía se recuerdan las fiestas opulentas que organizaba en El Cairo, en las que se codeaba con la aristocracia local y a las que no se permitía faltar ninguna otra personalidad que viajase por la región, desde el magnate estadounidense Jacob Astor, después ahogado en el ‘Titanic’, hasta la escritora Agatha Christie, que se inspiró en él para su personaje de El Barón.

      Los nazis lo acosaron pero logró sobrevivir al convertirse en el marchante de antigüedades del lugarteniente de Hitler.

      Al igual que Heinrich Schliemann, el alemán que descubrió la antigua Troya, Oppenheim fue autodidacta. En 1886, el hechizo de oriente lo llevó a viajar a través un Marruecos todavía medieval, donde, disfrazado, se arriesgó a entrar en una mezquita de Fez a pesar de la amenaza de ser condenado a muerte si era descubierto. En sus diarios relata que compró una niña bereber en una subasta de esclavos y que le fue servida en escabeche la cabeza de un miembro del clan enemigo de turno en un remoto pueblo del desierto. Llegó hasta Irak y, en 1896 se trasladó a El Cairo, donde vivió en una villa rodeada de palmeras, junto a su jardinero, Soliman, y un imprescindible chef francés. A esas alturas hablaba árabe con fluidez y mantenía amistades con jeques árabes y príncipes drusos, por lo que el Kaiser Guillermo II lo contrató para trabajar en el consulado alemán en Egipto.

      Además de realizar sus funciones diplomáticas, recolectó 42.000 libros y desarrolló un trabajo pionero en la historia de los beduinos. En lugar de casarse, siguió la costumbre islámica de tomar ‘esposas temporales’, y tuvo una bien ganada reputación en asuntos de corta duración. En un bazar de El Cairo en 1908, tuvo la osadía de acercarse y conquistar a una mujer árabe, protagonista de las escenas más excitantes de sus memorias. Después, ella fue asesinada por su marido cuando éste descubrió el pastel.

      Su febril actividad ocultaba sus servicios como espía. Fundó la revista ‘El Yihad’ en 1914, en un esfuerzo para incitar a los árabes a librar una guerra santa contra los ocupantes británicos y franceses en el Oriente Medio, aunque su adversario, Lawrence de Arabia, a quien conocía personalmente, resultó mucho más hábil a la hora de fomentar revueltas.

      Su pasión, sin embargo, era la arqueología y no reparó en gastos en la excavación de su vida, Tell Halaf. En 1911, encabezó una expedición de 1.000 camellos cargados de 21 toneladas de equipo, incluidos los vagones y 800 metros de vía férrea para trasladar de vuelta los hallazgos. Con él viajaban 500 beduinos, un médico, personal de cocina, un fotógrafo y varios expertos cualificados. Había sido un invierno inusualmente duro en el norte de Mesopotamia, y el viento destapaba los cadáveres malolientes de numerosos animales de entre la arena. Oppenheim esperó pacientemente en una tienda cubierta de alfombras hasta que comenzaron a aparecer las esfinges de piedra, los leones y los paneles de oscuro basalto con relieves que una vez adornaron el Palacio de la Puesta de Sol de un misterioso Rey llamado Kapara, cuyos súbditos hablaban arameo, como Jesús, y que gobernó tras la desaparición del imperio Hitita. Desde 2006, un equipo de arqueólogos alemanes ha investigado de nuevo en la zona, constatando la existencia de una gran ciudadela y un palacio cuyas paredes superaban los 10 metros de altura junto a un afluente del Éufrates. La fuente de la riqueza de la ciudad eran, probablemente, los colmillos de los elefantes tallados de Mesopotamia.

      Compró una niña esclava para liberarla, vivió amores insólitos, espió para Alemania y dio fiestas increíbles.

      Oppenheim no contaba con toda esta información, pero más de una vez empuñó las armas para defender su tesoro de los saqueadores locales y obtuvo de Siria y la Sociedad de Naciones la legalización del traslado después de la Primera Guerra Mundial; nada le hubiera hecho más feliz que verlos expuestos en el Museo de Pérgamo de Berlín, pero la crisis financiera de los años 20 impidió que las autoridades financiaran el proyecto. De manera que Oppenheim decidió, nuevamente, poner el dinero de su bolsillo, a pesar de que su fortuna ya se había diluido a causa de la inflación, y malvivía en un apartamento de la avenida Kurfürstendamm.

      El escritor irlandés Samuel Beckett y el Rey Faisal de Irak viajaron hasta Berlín en julio de 1930 para asistir a la inauguración del museo privado que Oppenheim abrió en el barrio berlinés de Charlottenburg, en el que se exhibían las esfinges de basalto, de varias toneladas de peso, junto a los hipnotizantes hombres-pájaro-escorpión, que causaron sensación en la capital alemana. Estos misteriosos seres míticos de piedra habían sido enterrados en un lugar al que la Biblia se refiere como Gozán, aunque es más conocido como Guzana. Viajaron hasta Alepo en 13 vagones de ferrocarril y allí fueron cargados en camiones y barcos con destino a Alemania.

      Oppenheim personalmente le contó a Agatha Christie que el más sorprendente de sus hallazgos, la tumba de una figura femenina con el cabello trenzado y la nariz puntiaguda, se había convertido en “su Venus” particular. El 30 de enero de 1933, cuando Adolf Hitler alcanzó la Cancillería del Reich y sus seguidores marcharon a través de la Puerta de Brandenburgo en una procesión con antorchas, Oppenheim estaba sentado con el magnate de la prensa de Nueva York, Cornelius Vanderbilt, en un salón de baile cercano. Unos borrachos irrumpieron en el establecimiento y gritaron: “Fuera judios!”, un episodio que le afectó mucho y que dio inicio a un calvario personal.

      Sus conexiones en el mundo financiero y sus amigos en el Ministerio de Exteriores lo protegieron durante un tiempo, pero el nombre de su familia fue calificado como “una contaminación” de la nobleza alemana y Oppenheim llegó a desafiar a un duelo con pistolas a un nazi que osó insultarle (un tribunal de honor de Berlín evitó el encuentro). Para defender su legado, aceptó viajar por última vez a oriente en 1939, con el objetivo de comprar antigüedades para Herman Göring y llegó a defender en un discurso ante dignatarios nazis que sus estatuas podían ser atribuidas a la “cultura aria”.

      Fue en vano. En 1943, las bombas aliadas hicieron volar el edificio y causaron un incendio en el que fueron alcanzados los 900 grados centígrados del que fueron recatadas posteriormente decenas de miles de piezas, la mayoría no más grandes que un dedo pulgar y que pasaron la Guerra Fría almacenadas en un sótano.

      “Sería fantástico que los fragmentos de las distintas estatuas fueran recuperados, guardados en los museos estatales y quizás algún día reconstruidos”, escribió Oppenheim dos años antes de su muerte, en Munich, pero no fue hasta octubre de 2001 cuando un equipo de cuatro restauradores comenzaron a montar las piezas del enorme rompecabezas. En un primer paso, se extendieron los fragmentos sobre una superficie de 600 metros cuadrados. Durante los siguientes 9 años, los conservadores realizaron el trabajo meticuloso y desesperante de reunir las piezas que encajasen entre sí. Alrededor de 30 esculturas han sido reconstruidas. Los ídolos, algunos de los cuales constan de al menos 1.000 fragmentos, aparecen llenos de grietas y juntas pegadas con resina o yeso. Una gigantesca grua los ha descolgado por las ventanas del Museo hasta reunirlos en un mismo espacio y ha constatado que su peso, en conjunto, supera las 30 toneladas.

      El Louvre y el Museo Británico han expresado ya su interés en la exposición, aunque primero tendrán que determinar si sus estructuras son capaces de soportar tales pesos.

      La historia de Tell Halaf, sin embargo, no ha terminado todavía. Oppenheim perdió la orfebrería de oro hallada en las excavaciones, según algunas fuentes en sobornos para legalizar el traslado de las esculturas a Alemania, y se sabe que las joyas llegaron de alguna manera a Estambul. Hoy existen dudas sobre su ubicación exacta. Cuando los comisarios de la exposición del Pérgamo pidieron prestadas a Turquía las joyas, solo recibieron evasivas; es posible que los anillos de brillantes y broches fueran robados o perdidos por pura negligencia, pero Martin Lutz, el conservador jefe, prefiere no hacer comentarios al respecto.

      Hitler y los alemanes

      La reconciliación de una nación con un pasado oscuro y doloroso

      Juan Manuel Palacio Para LA NACION Viernes 21 de enero de 2011 | Publicado en edición impresa

      El autor es historiador, investigador del Conicet y profesor en la Universidad Nacional de San Martín

      Desde el 15 de octubre y hasta el 27 de febrero próximo puede verse en la ciudad de Berlín la exposición que lleva el título de este artículo (Hitler und die deutschen). Situada en el subsuelo del imponente palacio que alberga el Museo de Historia de Alemania, en la avenida Unter den Linden, la exposición tiene como propósito mostrar, a través de documentos de la época, diarios, fotos y videos, así como objetos diversos de la vida cotidiana (uniformes, souvenirs, artículos de consumo), “la interrelación entre el poder carismático de Hitler y las expectativas y comportamientos del pueblo” alemán o -como explica en otro pasaje el folleto que acompaña la muestra- “las condiciones políticas y sociales y las sensibilidades mentales del pueblo alemán” de entonces, que explican el fenómeno del nazismo.

      Organizada cronológicamente, la muestra abarca desde la construcción del liderazgo de Hitler dentro del nacionalsocialismo en los años veinte, hasta su caída, en1945, y destaca algunos temas como la construcción de la “comunidad nacional” luego de la toma del poder en 1933, la vida durante los años de la guerra y la sociedad frente a la segregación racial y la campaña de exterminio.

      El argumento central de la exhibición sostiene dos tesis centrales, que son repetidas una y otra vez en los textos que acompañan cada conjunto de objetos o fotografías. La primera es que Hitler no era una persona con cualidades personales demasiado excepcionales, una especie de genio o líder innato que encandiló al pueblo alemán gracias a esas virtudes, sino un “emergente” de ese pueblo, que tuvo la habilidad de aglutinar y poner tras de sí voluntades, ideas, expectativas, pero también prejuicios y frustraciones prevalecientes en grandes sectores de la sociedad alemana de entonces. La segunda tesis es que tanto el ascenso de Hitler al poder, como su permanencia en él y el éxito de sus políticas (desde sus campañas militares hasta su campaña antisemita y de limpieza étnica) no hubieran sido posibles sin el acompañamiento de la inmensa mayoría del pueblo alemán, que fue expresado de distintas formas, que iban desde el fanatismo hasta el consenso pasivo, pasando por entusiasmos más o menos moderados. Fotos y videos (de los actos multitudinarios, de la gente que espontáneamente se abalanzaba al paso del Führer para vivarlo y abrazarlo) así como postales diversas que exhiben a una sociedad que orgullosamente celebraba los triunfos militares, el poder de la nación alemana y el optimismo del progreso material, reflejan muy vivamente esa compenetración entre Hitler y la sociedad que lo engendró y los apoyos masivos con que contó durante los años que ocupó el poder.

      Y es en ese mensaje, en el momento y la forma en que se emite, así como en los efectos que provoca su visita, donde radica el enorme significado histórico de esta exposición. Los alemanes esperaron 65 años para tener una exhibición así. N oes que no haya otras que tratan esos años y exhiban partes de los efectos del nazismo (desde museos del Holocausto hasta la misma “Topografía del terror”, también en Berlín, pasando por la parte dedicada a los años del nazismo en la colección permanente del museo de historia alemana). Me refiero a una sobre Hitler, así, con nombre y apellido, en un país en que ese nombre y todos los símbolos ligados a él -de la esvástica al bigote- están cubiertos no sólo por un grueso manto de tabúes (el nombre Adolfo sencillamente ha dejado de usarse en ese país, al igual que ese corte de bigote), sino de protecciones y prohibiciones legales, gracias a las cuales, entre otras cosas, la preparación de la muestra tomó casi diez años. Me refiero también a que, llegado el momento y superados todos los obstáculos, la exhibición se realiza en la capital del país y, dentro de ella, en un lugar central, no sólo por la ubicación geográfica, sino porque ocupa un lugar en el museo más importante de historia de Alemania. Es decir, que es Hitler, nombrado, apropiado -como un exponente del pueblo alemán de entonces- y exhibido en y con la historia de Alemania.

      También son importantes los efectos que provoca la muestra. Si visitándola uno se detiene por un minuto y se da vuelta hacia el público, el espectáculo que ve es sobrecogedor. Lo primero que se ve es mucha gente -el día que lo visité era un día de semana a media tarde- y una proporción mayoritaria de alemanes (al revés de lo que ocurre en la colección permanente del museo). Desde una pareja de ancianos con una mueca indescifrable en el rostro contemplando una foto en la que se ve a Hitler abrazado a su paso por mujeres y niños, hasta jóvenes y niños acompañados por sus padres y abuelos, todos recorren la muestra con gesto adusto y un silencio de misa que emociona. Como si se tratara de una procesión, un pasaje necesario, una ceremonia de catarsis colectiva en la que es difícil no sentirse un convidado depiedra, un intruso que espía algo que es a la vez colectivo y muy privado.

      Como argentino, es imposible salir de esa exposición y no quedarse reflexionando. No se trata de extraer fáciles moralejas ni de volver a decir “¡qué bien hacen las cosas los alemanes!”. Pero creo que hay que tomar nota de la seriedad, el cuidado y el tiempo que se han tomado para tratar de frente el tema más delicado de su historia. Tiempo que no ha sido en vano, ya que el resultado e simpecable: una exposición que tiene un claro propósito de reconciliar a los alemanes con ese pasado oscuro, doloroso,vergonzoso y hasta ahora innombrable, pero que no por eso deja de contener un mensaje duro, que sin embargo es transmitido con delicadeza, sin adjetivos innecesarios (las expresiones “solución final” o “exterminio” no necesitan, además, ser adjetivadas) ni pancartas condenatorias que, sin duda, sobrarían. Es evidente que se trata de una muestra organizada por un equipo de gente que tiene una doble distancia con los hechos que narra: la que da el tiempo transcurrido y esa otra que es “técnica” o profesional (ya que, además de los curadores, es evidente la participación de historiadores en la elaboración del texto).

      Creo que los argentinos (todos, en la primera persona del plural, no éste o aquel gobierno) estamos todavía muy lejosde poder tener un museo o una exhibición que hable, no de la dictadura, no de los desaparecidos, sino de Videla (o Massera o la dictadura) y los argentinos. Y es probable que lo estemos por buenas razones, entre las cuales no es menor el hecho de que es muy difícil -diría “casi imposible”- pensar en semejante muestra con buena parte de los protagonistas vivos y, por así decirlo, la sangre todavía tibia de nuestros muertos. Lo máximo que podemos lograr está a la vista y es, a lo sumo, exhibiciones que muestran el horror, pero como caído del cielo y no como algo en lo que desembocó y provocó la sociedad argentina toda; algo que pasó y generó víctimas y desaparecidos, pero cuya relación con el drama general de esos años no sabemos, no importa o no se nos cuenta, así como tampoco el grado de acompañamiento, consenso o aval de la sociedad con que contó la dictadura militar.

      Hace unas semanas, el semiólogo e historiador Tzvetan Todorov fue invitado a la Argentina a visitar algunos lugares destinados a  conservar la memoria del terrorismo de Estado (la ESMA, el Parque de la Memoria). Las conclusiones que sacó de la visita y de la manera en que los argentinos lidiamos con ese pasado doloroso las volcó en una nota muy crítica en el diario El País del 7 de diciembre pasado, que La Nación también publicó. En ella básicamente sostiene que la memoria que en esos lugares se preserva está sesgada y olvida (u oculta) partes enteras de la historia, en particular el contexto en el que ese horror tuvo lugar, y que por lo tanto, en ese camino, estamos condenados a no comprender nunca la historia. Es la impresión de ese extranjero calificado(y, yo me temo, la de muchos otros también) sobre lo que hacemos los argentinos con la memoria de años traumáticos. Exactamente lo opuesto que siente un extranjero luego de visitar esta exhibición en Berlín.

      © La Nacion

      ABC Madrid 27/11/2010
      Sociedad / VADE MECUM
      Nuremberg y la justicia
      Las guerras injustas y los crímenes contra la humanidad, tarde o pronto, deben tener su justa respuesta judicial
      JORGE TRIAS SAGNIER

      Día 27/11/2010

      El 20 de noviembre de 1945 se iniciaron en el Palacio de Justicia de Nuremberg las sesiones del Tribunal Militar Internacional que terminaron con la condena a muerte, y a otras penas menores, de un puñado de dirigentes políticos y militares, entre ellos Goering, Ribbentrop y Hess, de los miles y miles que durante doce años gobernaron Alemania y Europa. Se trataba de que no quedase impune la inhumana conducta de sus principales responsables. Además, con la liberación de los campos de exterminio, se comenzó a tener documentación gráfica de algo que ya conocía el mundo entero desde hacía años: el genocidio contra el pueblo judío.

      Organizado por la Casa Sefarad Israel nos hemos encontrado en la Sala 600 —la Sala del Tribunal del Pueblo— un grupo de españoles para reflexionar sobre «Shoah, genocidios y crímenes de lesa humanidad», así como su proyección en los actuales tribunales internacionales y el concepto de justicia universal. Jueces y fiscales de la Audiencia Nacional, parlamentarios, abogados, el Instituto de Cultura Gitana, el ex Defensor del Pueblo Enrique Mugica, y miembros del Consejo General del Poder Judicial llevamos días debatiendo sobre estas cuestiones, primero en Francia y ahora en Alemania. El martes nos reunimos con Benjamin Ferencz, de 90 años, fiscal estadounidense de los juicios de Nuremberg, para conocer de primera mano algunos detalles sobre sus sesiones.

      Las guerras injustas y los crímenes contra la humanidad, tarde o pronto, deben tener su justa respuesta judicial. En los años pasados, gracias a la labor de un puñado de jueces y fiscales de la Audiencia Nacional, se sentó en el banquillo a Pinochet y a algunos de los responsables de la dictadura argentina. El ejemplo fue seguido por otros países como Alemania. La llamada Justicia Universal está todavía en sus inicios; y el tratado que creó la Corte Penal Internacional aún no ha sido ratificado por algunas naciones. Pero Nuremberg, que durante años desfiló al paso de la oca, es hoy un lugar de referencia sobre la justicia en su más elevada acepción.

      El ángel de Auschwitz

      El ángel de Auschwitz | Cultura | elmundo.es.

      HISTORIA | Los diarios de Ana Novac

      El ángel de Auschwitz

      La escritora Ana Novac. | DestinoLa escritora Ana Novac. | Destino

      • Se publica en español ‘Aquellos maravillosos días de mi juventud’
      • ‘¡Nunca había visto a la gente divertirse tanto como en el campo!’

      “Escribo, luego soy”. Es la tabla de salvación a la que se aferró Ana Novac, una niña judía, para redactar un diario de gran intensidad y altura literaria que empieza justo donde termina el de Ana Frank, en el infierno de los campos de exterminio nazis.

      Ana Novac murió el pasado el 31 de marzo, a los 80 años de edad, tan sólo seis días antes de que “Aquellos maravillosos días de mi juventud” (Destino), el diario que milagrosamente logró escribir en Auschwitz, Plaszow y otros campos, fuese publicado en español. Murió de un ataque al corazón en París, en la ciudad en la que siempre soñó vivir y donde se instaló en 1968, tras una escala de tres años en Berlín después de escapar de la Europa del Este.

      “En una única y misma existencia tuve la suerte de presenciar la caída de dos plagas que me parecían desastrosas por igual: el socialismo ‘nacional’ y el otro (el soviético)“, escribió Novac en el epílogo de este “testimonio honrado” que quiso ofrecer al mundo.

      Novac nació en Transilvania (Rumanía), pero a los 11 años se despertó siendo de nacionalidad húngara, “sin haber cambiado de lugar, de calle y ni tan siquiera de camisa”. A los 14, la deportaron a Auschwitz por ser judía. Cuando volvió un año después, en mayo de 1945, con sólo 34 kilos de peso y tuberculosis, era otra vez rumana.

      La Historia, con mayúsculas, decía, la metió en situaciones que nunca pudo asumir porque “no las había escogido”.

      El corpus principal de su diario, dedicado a la “memoria” de los suyos, pudo ser escrito en el campo de exterminio de Auschwitz y en el campo de Plaszow, bajo el sádico mandato del comandante Amon Görth, gracias a que, según Novac, “a Hitler no le interesaban nuestros pensamientos, sólo quería nuestro pellejo”.

      Esa parte del diario la sacó de Plaszow, sin saber de qué se trataba, Otto, un guardián alemán que mató a una chica de una paliza por quedarse dormida, y la sacó a petición de un mando intermedio que protegía a Novac por su peculiaridad de ser una joven escritora. El resto lo compuso en un hospital al que llegó en las últimas, tras una segunda estancia en Auschwitz, y en otros campos de trabajos forzados nazis por los que pasó tras mejorar.

      Novac reconocía que no escribió para completar la memoria de la humanidad con lo cotidiano en un campo nazi, sino para librarse de la obsesión por el rancho, para no naufragar en la angustia, para tener una existencia “privada” y para aferrarse a la vida.

      “Yo, que dudo incluso de mis dudas, sólo le rezo ya a mi resuello: ‘No me falles, por favor'”, escribió Novac en su diario tras presenciar en Plaszow cómo Amon Görth se divertía en usar a una chica como cebo para su bulldog, que la destrozó.

      Empotrarse de vida

      Y es que si algo la salvó de sucumbir en aquel infierno fue su determinación a “empotrarse” a la vida: “Por muy estúpida y muy fea que resulte, no me veo sin ella; ni a ella sin mí. Incluso si hubiera ‘otra vida’ mejor, me aferraría a ésta, inmunda”. “¿Y si la vida fuera un loco y nosotros, los judíos, fuéramos su manía?”, se pregunta en otro momento y pide “al Señor de Ahí Arriba” que se busque otro pueblo “elegido” y les pida “disculpas”.

      Novac apunta lo que puede observar y vivir desde dentro: la vida en los barracones, su sufrimiento y el de sus compañeras, las relaciones, marcadas tanto por el egoísmo como por el coraje y la ternura, el hambre, el frío, las lágrimas y las risas. “¡La risa! Ya veo desde aquí la cara que pondrán los civiles cuando les diga: ‘¡Nunca había visto a la gente divertirse tanto como en el campo!’. A lo mejor es histeria, como en los entierros”.

      El diario de Novac se publicó en 1966 en Hungría, en 1967 en Alemania, en 1968 en Francia y más tarde en Italia, Holanda y Estados Unidos. En la década de los 90, al autora reeditó una versión revisada de su diario en francés, que es la que ahora llega en castellano.

      Fritz Bauer

      La Vanguardia.es
      Martes 6 de abril 2010 | Actualizado a las 16:17h
      Diario de Berlín
      Rafael Poch — Corresponsal en Alemania

      Fritz Bauer
      RAFAEL POCH | 05/04/2010 – 21:52 horas

      Una película recuerda que la renazificación experimentada en la restauradora Alemania de Adenauer, tuvo gloriosas excepciones.
      Que a usted el nombre de Fritz Bauer (1903-1968) no le diga nada es comprensible. Más curioso es que este jurista socialdemócrata de origen judío siga siendo casi un desconocido en Alemania, donde su figura ha tenido que ser rescatada, con ciertas dificultades, por una biografía editada el año pasado y una película que se estrenó en el último festival de cine de Berlín.

      Ninguna calle alemana lleva el nombre de Fritz Bauer, ninguna plaza recuerda el lugar donde nació, vivió o murió. Nunca fue condecorado. Pero, quizá, lo peor sea el desconocimiento de su figura entre los estudiantes de derecho, un aviso de que el regreso a la historia es un ejercicio que cada generación debe practicar para no perder la memoria. En la Alemania de hoy, la memoria del periodo de posguerra en la zona de ocupación aliada y la posterior RFA, vende mucho menos que la memoria de la dictadura germano oriental, constantemente recordada y evocada hasta en su más mínimo detalle policial.

      Jurista y socialdemócrata
      Resistente antinazi, ex preso, exiliado en Dinamarca y luego en Suecia, donde editó la revista “Sozialistische Tribüne” con Willy Brandt, Fritz Bauer fue un jurista suabo nacido en Stuttgart, que fue detenido por la Gestapo en 1933 por ser miembro del SPD y expulsado de la judicatura por su origen judío. En 1949 regresó a la judicatura dispuesto a participar en la reconstrucción, física y moral, del país. Bauer entra en la historia alemana por tres motivos.

      El primero de ellos es por haber sido iniciador del “Proceso Remer” de marzo de 1952, contra el General nazi Otto Ernst Remer, por difamación y calumnia contra los conspiradores de la “Operación Valkiria” que intentaron matar a Hitler el 20 de julio de 1944. Remer los tachaba de “traidores a la patria” y el gobierno federal parecía estar de acuerdo con ello, pues negaba la pensión de viudedad a la esposa de Claus von Stauffenberg, el principal conspirador. Remer fue condenado a tres meses, que eludió huyendo a España, donde murió en Marbella en 1997 tras un largo historial de negacionismo del Holocausto. Pero la resistencia fue rehabilitada. Desde entonces ya no se pudo tachar de “traidores” a sus protagonistas.

      El segundo, es por el caso Adolf Eichmann. Fritz Bauer recibió en 1957 una carta de un antiguo compañero de campo de concentración residente en Buenos Aires revelándole que el jefe del departamento responsable de la deportación y aniquilación de los judíos, vivía en Buenos Aires. Su hija, explicaba el amigo, había conocido a un hijo de Eichmann, que vivía con otro apellido, y le habían chocado los fuertes juicios antisemitas del chico. El paradero de Eichmann, que había escapado de Alemania ayudado por el Vaticano, era conocido por los servicios secretos alemanes y norteamericanos. Bauer sabía que poner el caso en manos de la justicia alemana significaba perderlo, porque los jueces alemanes advertirían a Eichmann, y éste desaparecería. Así que se lo comunicó directamente al Mosad, que secuestró felizmente a Eichmann en Buenos Aires en 1960 (no había tratado de extradición entre ambos países), y se lo llevó a Israel, donde fue debidamente juzgado y ejecutado.

      El tercer y principal motivo por el que Bauer entra en la historia es en su calidad de promotor, en 1958, de los Procesos de Auschwitz: seis juicios celebrados entre 1963 y 1968, contra 27 matarifes responsables directos del campo de exterminio, oficiales de las SS y la Gestapo. Aquello fue una proeza.

      No hubo desnazificación

      En Alemania Occidental, en términos generales, no hubo desnazificación. Los juicios aliados en Alemania contra los nazis fueron poca cosa y el nuevo Estado alemán los protegió y amnistió. El tribunal interaliado de Nuremberg que se proponía llevar a juicio a cinco mil personas, no juzgó más que a 210. En diversos juicios, norteamericanos, británicos y franceses condenaron a 5.000 personas, de las que apenas 700 lo fueron a la pena capital. Más del 90% de los miembros de las SS ni siquiera llegaron a ser juzgados.

      “No sólo no hubo desnazificación, sino que hubo una renazificación, no en el sentido de que los ex nazis estuvieran otra vez en su puesto para construir un nuevo Auschwitz, sino en el de que ayudaron a levantar esta Alemania conservadora, democrática y capitalista”, me explicó el Catedrático Ossip K. Flechtheim, en los años ochenta.

      Flechtheim, un compañero de Bauer, también de origen judío, que fue fiscal en varios de los procesos de Nuremberg y falleció en 1998, no conocía, “ni un solo caso” de juristas de la administración nazi que fuese juzgado y castigado ante los tribunales. Incluso la mayor parte de los veinticinco miembros de la comisión de asesores del Consejo Constituyente (Parlamentarisches Rat) que redactó la constitución alemana de 1949, habían estado en activo durante el nazismo.

      Los intentos de la administración aliada de ocupación por depurar la justicia, la administración pública y la policía chocaron con enormes dificultades. Se intentaba evitar un modelo de policía, alejado de las tradiciones absolutistas que desembocaron en la Gestapo. En julio de 1945 los aliados emitieron unas directrices en materia de depuración de funcionarios y de limitación del nefasto poder legislativo que la tradición prusiana ponía en manos de la policía, prohibiendo los decretos policiales y potenciando una organización descentralizada, de tipo anglosajón, y desmilitarizada de la futura policía. El mismo año, el Cuartel General aliado consideraba que, “con los vigentes criterios de desnazificación, el 75% de los funcionario rasos y el 90% de los oficiales de la policía no serían aptos para el servicio”. Hans Christoph Seebohm, que tres años después sería Ministro de Transportes con el Canciller Konrad Adenauer, expresaba en 1946 la mentalidad imperante al exigir públicamente “respeto” a la cruz gamada, símbolo por el que habían muerto, “tantos soldados alemanes”.

      A medida que los aliados transferían competencias a la administración alemana, los propósitos democratizadores chocaban con una acción obstruccionista y restauradora. Los aliados descubrieron, por ejemplo, que en la primera mitad de 1948 sólo ocho de los diez mil registros domiciliarios practicados por la policía en once ciudades con administración alemana de Württemberg-Baden (un Land del suroeste así llamado desde 1945 hasta 1952, que no coincide del todo con los límites del actual Baden-Württemberg), contaban con el correspondiente permiso judicial. El Ministro del Interior responsable, el socialdemócrata Fritz Ulrich, consideraba esta práctica, “una vieja y buena tradición”. Ese tipo de irregularidades era generalizado en todo el país, y un documento oficial norteamericano de la época consideraba la “necesidad de fortalecer la resistencia civil de los alemanes contra las prácticas contrarias a la ley”, explica el sociólogo e historiador Falco Werkentin.

      Cuando en febrero de 1951 se creó una “Guardia Federal de Protección de Fronteras”, que en realidad era una tropa militarizada dirigida a la intervención interior, el Bundesgrenzschutz, se constató que el 62% de sus oficiales eran ex militares de la Wehrmacht y sólo el 7% ex funcionarios de policías. Otro 31% lo componían ex policías que habían sido transferidos a la Wehrmacht durante el nazismo. Los manuales de instrucción anti-insurgente de ese cuerpo tomaban como inspiración las experiencias en ese sentido del periodo 1918-1943, incluida la represión de la “lucha contra el bandidaje” durante la Segunda Guerra Mundial, lo que se refería al combate contra la resistencia, y operaciones como el aplastamiento de la insurrección de Varsovia y otras masacres del frente ruso.

      Purga anticomunista
      A medida en que se fue entrando en una dinámica de guerra fría, los aliados fueron abandonando escrúpulos y perspectivas reformadoras en beneficio de un frente anticomunista que valoraba más la seguridad y firmeza anticomunista de un ex nazi que el peligro potencial que éste pudiera representar para un orden democrático. Es así como en lugar de desnazificación, la administración alemana procedió a una limpieza de comunistas. En enero de 1948, una investigación realizada en Baviera contabilizó un 2,9% de miembros del Partido Comunista Alemán (KPD) y un 5,2% de simpatizantes en la policía municipal. En la policía regional las cifras eran 0,26% y 0,9%, respectivamente. El mismo año, el Ministro del Interior socialdemócrata de Renania del Norte-Westfalia informó que el 56% de los altos funcionarios de su policía procedían del partido nazi (NSDAP) y de las SS.

      La campaña contra los comunistas se mantuvo pese a que la influencia comunista iba descendiendo claramente en Alemania Occidental. A partir de 1953, el KPD ya nunca superó el 5% de los votos en las elecciones, pero los comunistas y sus simpatizantes siguieron siendo objeto preferente de la policía y la justicia, con cerca de 100.000 sumarios, fiscales y policiales, abiertos entre 1951 y 1961.

      La judicatura ofrecía un panorama similar; en Baviera el 81% de los jueces tenían un pasado nazi, mientras que en Württemberg-Baden, el 50%. “En Hesse”, me explicó Flechtheim, “los norteamericanos nombraron a un conocido mío para que buscara jueces sin antecedentes nazis. Consiguió reunir a una cuarentena, a los que situó en los puestos más altos. Luego, la administración de justicia pasó a manos alemanas y después de un año, de aquellos cuarenta sólo dos permanecían en su puesto: los demás habían sido relegados a puestos de poca monta, en el registro de propiedad y similares”.

      En 1949, las directrices de la Alta Comisión Aliada insisten todavía, en un tono que ya parece de desesperación, en que, “la organización de la policía no se centralice de tal forma que suponga una amenaza a la forma democrática de gobierno”. Pronto se vería que ese propósito, así como en general el de reformar la burocracia de Estado de la Alemania ocupada, fracasó, en parte debido a las dificultades de una política desbordada por las urgencias y prioridades de la reconstrucción de un país que estaba literalmente en ruinas, en parte por las resistencias del objeto de esa reforma, y en parte también por la consideración, expresada en una publicación del Departamento de Estado norteamericano de 1947, de que una enérgica desnazificación habría tenido, “consecuencias revolucionarias para la vida política y económica del país”.

      Francotirador y humanista
      Los procesos de Francfort que Bauer inició, fueron una pequeña excepción en ese contexto restaurador. Condenar a algunos de aquellos 27 monstruos, aunque fuera a penas leves por prescripción, tuvo una gran importancia. Para hacerse una idea del ambiente, en los procesos los acusados fueron saludados militarmente por algunos de los policías cuando pasaban delante de ellos en la misma sala de la Audiencia de Francfort, y Bauer, que era el fiscal, recibió amenazas e insultos durante aquellos juicios.

      En el contexto de la Alemania de Adenauer, Bauer era un democratizador genuino, un hombre que no estaba interesado en la venganza sino en la justicia y el arrepentimiento –era un adversario de la pena de muerte- y que creía fervientemente en la redención de Alemania, asunto en el que cifraba todas sus esperanzas en la juventud. El movimiento de 1968, que en Alemania fue más profundo que en Francia y derribó culturalmente gran parte de aquella herencia, le dio la razón en lo que tuvo de ajuste de cuentas generacional con los nazis y la cultura que había hecho posible el nazismo. Bauer fue un precursor.

      En 1962 su ensayo, “Sobre las raíces de la acción nazi” debía ser distribuido en las escuelas de Renania-Westfalia, pero el Ministro de Cultura del Land, Eduard Orth, lo prohibió. Emplazado para una discusión pública con Bauer, Orth declinó acudir, pero envió en su lugar a una joven promesa de su partido. Se llamaba Helmuth Kohl y en el debate con Bauer, el joven Kohl defendió la idea de que aun era “demasiado pronto para hacer un juicio moral sobre el nazismo”.

      Una muerte oscura
      El jurista distinguía tres sujetos en el origen del nazismo; “primero, los nazis que propugnaban ideas y actitudes nazis, una minoría importante. Segundo, la gente autoritaria y cruel educada en el militarismo prusiano y en la tradición de Lutero. Tercero, la gran masa de obedientes, conformistas y oportunistas”, decía. Unos y otros, coincidían en que el humanismo, la compasión y la solidaridad, son síntomas de flojera e ingenuidad mental, una idea que ahora la nueva derecha hace suya con el concepto “buenismo”, explica Ilona Ziok, la directora que le ha dedicado a Bauer un largo documental. Con ese discurso y actitud, Bauer fundó, en 1961, la “Humanistische Unión”, la organización de derechos humanos más influyente de la moderna Alemania cuyo objetivo era, “la liberación de las ataduras de la obediencia automática al Estado”, que llevaron a Alemania a tan funestos resultados.

      El Fiscal de Hesse trabajaba a contracorriente. Quien marcaba la línea era Eduard Dreher, el encargado de la reforma del código penal en el Ministerio de Justicia a partir de 1954. Fue Dreher quien impuso la prescripción para los crímenes de “complicidad con asesinato” que liberó de toda responsabilidad a los nazis y tuvo el efecto de una amnistía. Las medidas de gracia de los años cincuenta tuvieron por resultado que a final de aquella década todos los nazis condenados por tribunales de guerra se encontrasen en libertad sin terminar condena. Nada más lógico si se recuerda el pasado de Dreher, que en 1943 había sido fiscal especial en Innsbruck, encargado de revisar sentencias a cadena perpetua para convertirlas en pena capital, lo que envió a centenares de “delincuentes políticos” a la muerte. Bauer, al contrario, fue el reformador del derecho penal y de la legislación penitenciaria alemana y el luchador por una valoración apropiada del Holocausto. “Por todo eso fue visto como adversario y enemigo”, afirma Ziok, que dice haber encontrado “muchas dificultades” para financiar su película, dos veces rechazada por el Ministerio de Cultura.

      Fritz Bauer murió a finales de junio de 1968. Encontraron su cuerpo en la bañera de su casa, en lo que se dijo pudo ser suicidio o accidente. Que un hombre tan tenaz y voluntarioso cometiera suicidio, es poco creíble. “Mucha gente cree que fue asesinado, pocos creen que fue suicidio o accidente”, dice Ziok. No hubo autopsia. “Toda la documentación sobre su muerte desapareció en el incendio de un archivo jurídico de Francfort”, explica la directora.

      Gracias, sobre todo, a las presiones de abajo del movimiento de 1968, Alemania emprendió un considerable examen de conciencia sobre su pasado nazi, que hoy continúa. La ventaja de Alemania respecto a Japón, país que aun hoy honra como patriotas a sus criminales de guerra, es enorme y manifiesta. Al mismo tiempo, Alemania y Japón tienen en común el haber prácticamente anulado la gran ventaja moral que extrajeron de su condición de derrotados en la Segunda Guerra Mundial, al legalizar hoy la utilización de sus fuerzas armadas fuera de sus fronteras, que sus respectivas constituciones complicaban.

      Otros blogs de Rafael Poch en LV.es

      * Del mismo autor, puedes consultar:
      · Diario de Moscú, de 2000 a 2002
      · Cuaderno Mongol, 2003
      · Diario de Pekín, de 2002 a 2008
      · Diario de Berlín, desde noviembre de 2008

      Fuente: http://www.lavanguardia.es/lv24h/20100405/imp_53901298496.html

      La Sinagoga más grande de Alemania, en Rykestrasse, Berlín reabierta después de ser restaurada

      Consulado Honorario de Israel

      Esta sinagoga se reabre para el servicio después de que fuera quemada en la Kristallnacht (la Noche de los Cristales Rotos), en el año de 1938 por los Nazis

      La sinagoga más grande de Alemania, en Rykestrasse, Berlín, ha sido reabierta después de una lujosa restauración.

      La sinagoga original fue quemada en Kristallnacht, la Noche de los Cristales Rotos en el año de 1938 por los Nazis.

      La inauguracion del viernes, cuando los rabinos trajeron la Toráh al templo, en una ceremonia con líderes políticos y sobrevivientes del Holocausto, de todo el mundo vinieron a ser testigos del milagro de la resurrección judía en Alemania.

      LA SINAGOGA TIENE UNA CAPACIDAD PARA 1.200 PERSONAS Y HA SIDO DESCRIPTA COMO UNA DE LAS JOYAS DE LA COMUNIDAD JUDÍA EN ALEMANIA.



      El Rabino Jaím Roswaski, que presidió la ceremonia de inauguración del templo reconstruído, dijo que era milagroso.



      La restauración del edificio que tiene mas de 100 años, costó más de 45 millones de euros, equivalentes a unos US$ 60 millones.


      La reapertura ocurrió junto al comienzo del Festival de Cultura Judía en Berlín. ¿Usted hubiera podido pensar que esto ocurra durante su vida?

      Atención de: Gerardo Belinsky
      Cónsul Honorario de Israel

      Aniversarios del horror

      Por Marcos Aguinis
      29/1/2010

      Itongadol.- El 27 de enero de 1945 amaneció con una sorpresa escalofriante para las tropas soviéticas. Ingresaron en el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. Algunos rumores ya se habían esparcido sobre la industria de la muerte que allí se había puesto en ejecución. Pero eran demasiado alucinantes para ser creídos. En 1944, sin embargo, se había liberado el campo de Maidanek, que los confirmaba. Pero Auschwitz golpeó en los rostros y el entendimiento. Era la cúspide de una maldad inédita.

      La inminente derrota impulsó la huida de los soldados nazis, que se llevaron una gran cantidad de prisioneros, para que no cayesen en manos aliadas y describiesen su martirio. Esto revela que los nazis tenían conciencia sobre lo condenable de su crimen. El Ejército Rojo sólo encontró en Auschwitz unos 5.000 sobrevivientes que no podían caminar y a los que la locura del Tercer Reich no alcanzó a destruir. Pronto se supo que en esas marchas forzosas perecieron otros millares de hombres, mujeres y niños por las crueldades del invierno y las balas que dejaban en la nieve a los incapacitados de seguir caminando.

      Las Naciones Unidas instituyeron el 27 de enero como el Día Internacional del Holocausto. En efecto, el 27 de enero de 1945 fue un mojón en la macabra serie de descubrimientos que convulsionó a los soldados aliados. Las noticias sobre la peor matanza de la historia humana que circularon antes de esa fecha no habían sido creídas. O se prefirió no creerlas. De ahí que la responsabilidad por el Holocausto involucre también a muchos dirigentes y pueblos que no hicieron todo lo que estaba en sus manos para impedirlo.

      En enero se cumple otro oscuro aniversario: la Conferencia de Wannsee. El 20 de enero de 1942 tuvo lugar un encuentro de quince jerarcas nazis en un hermoso suburbio de Berlín para decidir la liquidación total de los judíos. Allí se labró un documento que pretendía dar muerte a los 11 millones de judíos que vivían entonces en Europa (lograron liquidar 6 millones, poco más de la mitad). Su prolija lista incluía hasta los 200 judíos de Albania, los 1.300 de Noruega, los 3.000 de Portugal. Números irrelevantes que ni calzaban en las teorías conspirativas del nazismo.

      Pero estaban las demás comunidades, más numerosas, que comprendían desde decenas o cientos de miles, hasta millones, que estimulaban el apetito genocida. Ningún miembro de ese antiguo pueblo tendría derecho a salvarse. Antes se había insistido en una Alemania Judenrein (limpia de judíos), ahora se anhelaba la “solución final del problema judío”, un eufemismo que aspiraba a un rápido y fabuloso asesinato.

      La elegante casona de Wannsee ocupaba un espacio bellísimo junto al lago del mismo nombre. Tenía senderos con rosedales que en aquella nefasta jornada no se lucieron por la temperatura invernal. Las puertas eran de estilo francés y el interior lucía una decoración refinada. Las deliberaciones se realizaron en el comedor, mientras se servía un frugal almuerzo. En ese ambiente confortable se planificó, sin el menor atisbo de piedad, el mayor crimen de la historia.

      Se desempeñó como jefe del encuentro el general Reinhard Heydrich, quien dedicó el primer tercio de la reunión para efectuar un análisis pormenorizado del tema. Heydrich fue herido tres meses después en Praga por la resistencia checa y murió el 4 de junio del mismo año..

      En esa reunión había puntualizado que Alemania ya extendía sus dominios desde el círculo polar ártico hasta el desierto del Sahara, y desde los Pirineos hasta los Urales. En el mundo existían muchos líderes, gobiernos e intelectuales que admiraban al Führer, algunos de un modo silencioso todavía. Dijo que ésas eran las buenas noticias. Las preocupantes, en cambio, provenían de la obstinada resistencia en el frente oriental y la negativa británica a rendirse.

      Era pues el momento de poner fin de una buena vez a la “cuestión judía”, un tema central del nacionalsocialismo. La “limpieza” realizada hasta ese momento mediante ejecuciones, marginación y emigración, tropezaba con dos obstáculos. Primero, en lugar de disminuir el número de judíos, las conquistas del Reich lo multiplicaron de forma alarmante. Segundo, la emigración había dejado de ser eficiente, porque los países del mundo habían cerrado sus puertos.

      Este último dato revela la complicidad de casi todo el planeta en la tragedia del Holocausto. Ni siquiera los países involucrados ya, y que luego se involucrarían en la guerra, tuvieron la nobleza de ofrecer amparo a las víctimas de esa irracional persecución. Después de la Conferencia de Evian (Francia) en 1939, donde los países democráticos se excusaron por no recibir judíos en fuga, los nazis redoblaron su agresividad.

      En 1942, la reunión de Wannsee optó por la masacre industrial como último recurso. No sólo lo avalaba su psicótica ideología, sino la actitud del resto de la Tierra. Desde que Hitler había asumido el poder en el año 1933, había lanzado decenas de “leyes raciales” cada año, destinadas a humillar y ahuyentar judíos. Las naciones se mantuvieron indiferentes. Las protestas sólo eran manifestadas por individuos o pequeños grupos. A Berlín llegaban mensajes de que los seres que los nazis pretendían hacer desaparecer no eran queridos ni respetados por nadie. El cierre de los puertos, cada vez más firme, demostraba que los judíos no eran aceptados en ningún lugar. Adelante, pues.

      Los quince jerarcas reunidos en Wannsee intercambiaron opiniones sobre el ambicioso plan. Adolf Eichmann fue encargado de tomar notas sobre lo que se iba diciendo. Hubo coincidencias en la necesidad de proceder con aplomo, eficacia y celeridad. Los papeles redactados por Eichmann fueron después corregidos por Heydrich mismo, quien se ocupó de ocultar los verdaderos y diabólicos designios mediante eufemismos que ahora no presentan dificultad para ser traducidos a su real y atroz significado.

      En Wannsee hubo un alucinante contraste entre la belleza del lugar y su demoníaco objetivo. Ese modelo fue copiado en los muchos campos de concentración y asesinato que se erigieron rápidamente en todos los países conquistados. En efecto, por un lado se expandía la miseria de prisioneros tratados peor que las cucarachas, y cuyo final era morir electrificados en las alambradas, mordidos y desangrados por los perros, baleados en divertidas competencias de los guardias, gaseados en cámaras que simulaban ser duchas y finalmente convertidos en humo negro por los infatigables crematorios. Por el otro, adheridos a ese repugnante báratro, se erigían las residencias de los jefes nazis con jardines, jaulas llenas de pájaros coloridos, piletas de natación, bibliotecas y hermosos salones con piano de cola, en los que se celebraban reuniones distinguidas. Era otra muestra de la esquizofrenia que suele soplar huracanadamente en el espíritu de los fanatismos.

      Durante su juicio en Jerusalén, Adolf Eichmann confesó que en la Conferencia de Wannsee se habló de forma explícita, sin guardarse palabras. No obstante, él y Heydrich maquillaron el texto para evitar expresiones comprometedoras, como dijimos unos renglones antes. El objetivo fue sellado sin vacilación. Por eso, ahora es legítimo afirmar que el monstruo se alzó a partir de esa fecha con toda su potencia y descaro. En poco tiempo logró borrar incontables comunidades judías de Europa y asesinar a millones de seres humanos.

      Una pregunta llena de angustia, frente a esos dos horribles aniversarios, es si la humanidad aprendió algo o seguirá repitiendo errores. © LA NACION

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