El increíble Lawrence alemán

ARQUEOLOGÍA | Max von Oppenheim

El increíble Lawrence alemán

Max von Oppenheim, ante su museo personal de Berlín. (Fotos: AP / EL MUNDO)
      • Berlín expone la heroica restauración del tesoro de Tell Halaf
      • Las piezas son el legado de Max von Oppenheim, el judío que sedujo a Goering

      Rosalía Sánchez | Berlín

      Actualizado lunes 07/02/2011 13:19 horas

      En sus tres primeros días de apertura al público, la exposición ha recibido más de 10.000 visitas. No es para menos. Berlín recupera uno de los tesoros que le arrebataron las bombas y el espíritu Max von Openheim, al fin, descansa en paz. “Debería abrirse de inmediato un proceso de beatificación“, dice la primera anotación en el libro de visitas, en referencia a los restauradores del Museo Pérgamo de Berlín, que han conseguido recomponer las 250.000 piezas en las que habían sido desintegrados los tesoros del antiguo museo Tell Halaf, una colección de estatuas y diversos restos arqueológicos de hace 3.000 años, descubiertos en un palacio perdido de Siria por el arqueólogo alemán Max von Oppenheim en los años 20 y que quedaron totalmente destruidos por los bombardeos aliados de la Segunda Guerra Mundial.

      “Las monumentales estatuas de piedra y los relieves del palacio de Tell Halaf han podido ser restaurados contra todas las previsiones”, se felicitaba el director general de los Museos Nacionales, Michael Eissenhauer, al presentar el resultado de 10 años de trabajo que devuelven a Berlín la herencia de uno de sus más célebres aventureros, Max von Oppenheim (1860-1946), aristócrata, agente secreto y viajero que personifica el mundo ostentoso, inquieto e indomable de la Belle Epoque.

      Vástago de la familia del banquero judío Solomon, Oppenheim utilizó su considerable fortuna para viajar por el norte de Africa y el Cercano Oriente. Todavía se recuerdan las fiestas opulentas que organizaba en El Cairo, en las que se codeaba con la aristocracia local y a las que no se permitía faltar ninguna otra personalidad que viajase por la región, desde el magnate estadounidense Jacob Astor, después ahogado en el ‘Titanic’, hasta la escritora Agatha Christie, que se inspiró en él para su personaje de El Barón.

      Los nazis lo acosaron pero logró sobrevivir al convertirse en el marchante de antigüedades del lugarteniente de Hitler.

      Al igual que Heinrich Schliemann, el alemán que descubrió la antigua Troya, Oppenheim fue autodidacta. En 1886, el hechizo de oriente lo llevó a viajar a través un Marruecos todavía medieval, donde, disfrazado, se arriesgó a entrar en una mezquita de Fez a pesar de la amenaza de ser condenado a muerte si era descubierto. En sus diarios relata que compró una niña bereber en una subasta de esclavos y que le fue servida en escabeche la cabeza de un miembro del clan enemigo de turno en un remoto pueblo del desierto. Llegó hasta Irak y, en 1896 se trasladó a El Cairo, donde vivió en una villa rodeada de palmeras, junto a su jardinero, Soliman, y un imprescindible chef francés. A esas alturas hablaba árabe con fluidez y mantenía amistades con jeques árabes y príncipes drusos, por lo que el Kaiser Guillermo II lo contrató para trabajar en el consulado alemán en Egipto.

      Además de realizar sus funciones diplomáticas, recolectó 42.000 libros y desarrolló un trabajo pionero en la historia de los beduinos. En lugar de casarse, siguió la costumbre islámica de tomar ‘esposas temporales’, y tuvo una bien ganada reputación en asuntos de corta duración. En un bazar de El Cairo en 1908, tuvo la osadía de acercarse y conquistar a una mujer árabe, protagonista de las escenas más excitantes de sus memorias. Después, ella fue asesinada por su marido cuando éste descubrió el pastel.

      Su febril actividad ocultaba sus servicios como espía. Fundó la revista ‘El Yihad’ en 1914, en un esfuerzo para incitar a los árabes a librar una guerra santa contra los ocupantes británicos y franceses en el Oriente Medio, aunque su adversario, Lawrence de Arabia, a quien conocía personalmente, resultó mucho más hábil a la hora de fomentar revueltas.

      Su pasión, sin embargo, era la arqueología y no reparó en gastos en la excavación de su vida, Tell Halaf. En 1911, encabezó una expedición de 1.000 camellos cargados de 21 toneladas de equipo, incluidos los vagones y 800 metros de vía férrea para trasladar de vuelta los hallazgos. Con él viajaban 500 beduinos, un médico, personal de cocina, un fotógrafo y varios expertos cualificados. Había sido un invierno inusualmente duro en el norte de Mesopotamia, y el viento destapaba los cadáveres malolientes de numerosos animales de entre la arena. Oppenheim esperó pacientemente en una tienda cubierta de alfombras hasta que comenzaron a aparecer las esfinges de piedra, los leones y los paneles de oscuro basalto con relieves que una vez adornaron el Palacio de la Puesta de Sol de un misterioso Rey llamado Kapara, cuyos súbditos hablaban arameo, como Jesús, y que gobernó tras la desaparición del imperio Hitita. Desde 2006, un equipo de arqueólogos alemanes ha investigado de nuevo en la zona, constatando la existencia de una gran ciudadela y un palacio cuyas paredes superaban los 10 metros de altura junto a un afluente del Éufrates. La fuente de la riqueza de la ciudad eran, probablemente, los colmillos de los elefantes tallados de Mesopotamia.

      Compró una niña esclava para liberarla, vivió amores insólitos, espió para Alemania y dio fiestas increíbles.

      Oppenheim no contaba con toda esta información, pero más de una vez empuñó las armas para defender su tesoro de los saqueadores locales y obtuvo de Siria y la Sociedad de Naciones la legalización del traslado después de la Primera Guerra Mundial; nada le hubiera hecho más feliz que verlos expuestos en el Museo de Pérgamo de Berlín, pero la crisis financiera de los años 20 impidió que las autoridades financiaran el proyecto. De manera que Oppenheim decidió, nuevamente, poner el dinero de su bolsillo, a pesar de que su fortuna ya se había diluido a causa de la inflación, y malvivía en un apartamento de la avenida Kurfürstendamm.

      El escritor irlandés Samuel Beckett y el Rey Faisal de Irak viajaron hasta Berlín en julio de 1930 para asistir a la inauguración del museo privado que Oppenheim abrió en el barrio berlinés de Charlottenburg, en el que se exhibían las esfinges de basalto, de varias toneladas de peso, junto a los hipnotizantes hombres-pájaro-escorpión, que causaron sensación en la capital alemana. Estos misteriosos seres míticos de piedra habían sido enterrados en un lugar al que la Biblia se refiere como Gozán, aunque es más conocido como Guzana. Viajaron hasta Alepo en 13 vagones de ferrocarril y allí fueron cargados en camiones y barcos con destino a Alemania.

      Oppenheim personalmente le contó a Agatha Christie que el más sorprendente de sus hallazgos, la tumba de una figura femenina con el cabello trenzado y la nariz puntiaguda, se había convertido en “su Venus” particular. El 30 de enero de 1933, cuando Adolf Hitler alcanzó la Cancillería del Reich y sus seguidores marcharon a través de la Puerta de Brandenburgo en una procesión con antorchas, Oppenheim estaba sentado con el magnate de la prensa de Nueva York, Cornelius Vanderbilt, en un salón de baile cercano. Unos borrachos irrumpieron en el establecimiento y gritaron: “Fuera judios!”, un episodio que le afectó mucho y que dio inicio a un calvario personal.

      Sus conexiones en el mundo financiero y sus amigos en el Ministerio de Exteriores lo protegieron durante un tiempo, pero el nombre de su familia fue calificado como “una contaminación” de la nobleza alemana y Oppenheim llegó a desafiar a un duelo con pistolas a un nazi que osó insultarle (un tribunal de honor de Berlín evitó el encuentro). Para defender su legado, aceptó viajar por última vez a oriente en 1939, con el objetivo de comprar antigüedades para Herman Göring y llegó a defender en un discurso ante dignatarios nazis que sus estatuas podían ser atribuidas a la “cultura aria”.

      Fue en vano. En 1943, las bombas aliadas hicieron volar el edificio y causaron un incendio en el que fueron alcanzados los 900 grados centígrados del que fueron recatadas posteriormente decenas de miles de piezas, la mayoría no más grandes que un dedo pulgar y que pasaron la Guerra Fría almacenadas en un sótano.

      “Sería fantástico que los fragmentos de las distintas estatuas fueran recuperados, guardados en los museos estatales y quizás algún día reconstruidos”, escribió Oppenheim dos años antes de su muerte, en Munich, pero no fue hasta octubre de 2001 cuando un equipo de cuatro restauradores comenzaron a montar las piezas del enorme rompecabezas. En un primer paso, se extendieron los fragmentos sobre una superficie de 600 metros cuadrados. Durante los siguientes 9 años, los conservadores realizaron el trabajo meticuloso y desesperante de reunir las piezas que encajasen entre sí. Alrededor de 30 esculturas han sido reconstruidas. Los ídolos, algunos de los cuales constan de al menos 1.000 fragmentos, aparecen llenos de grietas y juntas pegadas con resina o yeso. Una gigantesca grua los ha descolgado por las ventanas del Museo hasta reunirlos en un mismo espacio y ha constatado que su peso, en conjunto, supera las 30 toneladas.

      El Louvre y el Museo Británico han expresado ya su interés en la exposición, aunque primero tendrán que determinar si sus estructuras son capaces de soportar tales pesos.

      La historia de Tell Halaf, sin embargo, no ha terminado todavía. Oppenheim perdió la orfebrería de oro hallada en las excavaciones, según algunas fuentes en sobornos para legalizar el traslado de las esculturas a Alemania, y se sabe que las joyas llegaron de alguna manera a Estambul. Hoy existen dudas sobre su ubicación exacta. Cuando los comisarios de la exposición del Pérgamo pidieron prestadas a Turquía las joyas, solo recibieron evasivas; es posible que los anillos de brillantes y broches fueran robados o perdidos por pura negligencia, pero Martin Lutz, el conservador jefe, prefiere no hacer comentarios al respecto.

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