“¿Cómo puedes defender a Israel?”

Executive Director, AJC, and Senior Associate, St. Antony's College, Oxford University

Yo estaba sentado en una sala de conferencia en una universidad británica. Aburrido por el orador, empecé a mirar alrededor de la sala. Vi alguien que me resultaba bastante familiar de una encarnación académica anterior.  Cuando la sesión terminó, me presenté y me pregunté a mí mismo si, después de años que se podían contar en décadas, se acordaba de mí.

Él dijo que sí, y en ese momento comenté que los años habían sido benévolos con él. Su respuesta fue: “Pero tú has cambiado mucho.”

“¿Cómo es eso?” -Pregunté con un cierto grado de temor, sabiendo que, dejando el auto-engaño delado, 60 años no es exactamente lo mismo que 30.

Mirándome fijamente a los ojos, proclamó, mientras otros que estaban cerca escuchaban, “leí las cosas que escribiste sobre Israel. Los odio. ¿Cómo se puede defender a ese país? ¿Qué pasó con el chico bueno liberal que conocí hace 30 años? ”

Yo le respondí: “Ese buen muchacho  liberal no ha cambiado su punto de vista. Israel es una de las causas liberales, y estoy orgulloso de defenderlo.”

Sí, estoy orgulloso de hablar en favor de Israel. Un reciente viaje una vez más, me recordó por qué.

A veces, son las cosas aparentemente pequeñas, las cosas que muchos casi ni observan, o simplemente dan por sentado, o tal vez ignoran deliberadamente, por si eso estropea su pensamiento hermético.

Es la lección de conducción en Jerusalén, con la estudiante al volante una devota mujer musulmana, y el profesor un israelí con un casquete.  A juzgar por los informes de los medios de comunicación sobre el interminable conflicto entre las comunidades, una escena así debería ser imposible. Sin embargo, era tan mundana que nadie, al parecer, más que yo le concedió una mirada. Ni qué decir tiene que la misma mujer no habría tenido el lujo de clases de conducir, y mucho menos con un profesor judío ortodoxo, de haber estado viviendo en Arabia Saudita.

Son los dos hombres gays caminando de la mano por la playa de Tel Aviv. Nadie los miró, y nadie puso en duda su derecho a mostrar su afecto. Pruebe a repetir la misma escena en algunos países vecinos.

Es la multitud del viernes en una mezquita de Yafo. Los musulmanes son libres de entrar a su antojo, para orar, para afirmar su fe. La escena se repite en todo Israel. Mientras tanto, los cristianos en Irak son blanco de la muerte, los coptos en Egipto todos los días enfrentan la marginación, Arabia Saudita prohíbe cualquier exhibición pública del cristianismo, y los Judíos han sido  expulsado en gran medida fuera del Medio Oriente árabe.

Es la estación central de autobuses en Tel Aviv.  Hay una clínica de salud gratuita creada por los miles de africanos que han entrado en Israel, algunos legalmente y otros ilegalmente. Son de Sudán, Eritrea y otros lugares. Son cristianos, musulmanes y animistas. Es evidente que ellos saben algo que los detractores de Israel, que despotrican por el supuesto “racismo”, ignoran.  Ellos saben que, si tienen suerte, podrán empezar de nuevo en Israel. Es por eso que atraviesan los países árabes, temiendo caer presos o ser perseguidos.  Y mientras el pequeño Israel se pregunta cuántos de estos refugiados puede absorber, los profesionales médicos israelíes ofrecen voluntariamente su tiempo en la clínica.

Es Salva el Corazón de un Niño, otra institución israelí que pàra los medios de comunicación internacionales no hace casi nada, a pesar de que merece una nominación para el Premio Nobel de la Paz. Aquí, los niños que necesitan atención cardiaca avanzada vienen, a menudo por debajo del radar. Ellos llegan de Irak, Cisjordania, Gaza y otros lugares árabes. Reciben el tratamiento de clase mundial. Es gratuito, ofrecido por los médicos y las enfermeras que desean afirmar su compromiso con la convivencia.  Sin embargo, estos mismos individuos saben que, en muchos casos, su trabajo no será reconocido. Las familias tienen miedo de admitir que buscaron ayuda en Israel, aún cuando, gracias a los israelíes, sus hijosrecibieron una nueva oportunidad de vida.

Es la vitalidad del debate israelí en casi todo, incluyendo, de forma centralizada, el actual conflicto con los palestinos. Cuentan que el presidente Harry Truman  de EE.UU. se reunió con el presidente israelí, Chaim Weizmann, poco después del establecimiento de Israel en 1948.  Se enzarzaron en una discusión sobre quién tenía el trabajo más difícil. Truman dijo: “Con todo respeto, yo soy presidente de 140 millones de personas.”  Weizmann respondió: “Es cierto, pero yo soy presidente de un millón de presidentes”.

Ya se trate de los partidos políticos, la Knesset, los medios de comunicación, la sociedad civil, o la calle, los israelíes son asertivos, autocríticos y reflexivos desde una amplia gama de puntos de vista.

Son los israelíes que ahora están planificando la restauración del Bosque Carmel, después de un incendio letal que mató a 44 personas y destruyó 8.000 hectáreas de naturaleza exquisita. Los Israelíes cogieron una tierra árida y estéril y, a pesar de las condiciones increíblemente duras, plantaron con amor un árbol tras otro, por lo que Israel puede afirmar con razón que hoy en día es uno de los pocos países con más tierras boscosas de las que había hace un siglo.

Son los israelíes que, con serena determinación y valentía, están decididos a defender su pequeño trozo de tierra contra todas las amenazas imaginables – el creciente arsenal de Hamas en Gaza, la peligrosa acumulación de misiles de Hezbolá en el Líbano; los llamamientos de Irán con aspiraciones nucleares por un mundo sin Israel, la hospitalidad de Siria a los líderes de Hamas y el transbordo de armas a Hezbolá, y los enemigos que sin vergüenza utilizan a civiles como escudos humanos. O la campaña mundial para cuestionar la legitimidad misma de Israel y su derecho a la legítima defensa, la extraña coalición antisionista entre la izquierda radical y los extremistas islámicos, la mayoría numérica automática en Naciones Unidas, lista para respaldar en cualquier momento, incluso las más inimaginables acusaciones contra Israel, y los de la expertocracia que no pueden – o no quieren- comprender los inmensos desafíos estratégicos que enfrenta Israel.

Sí, son esos israelíes, los que después de enterrar a 21 jóvenes asesinados por terroristas en una discoteca de Tel Aviv, se ponen el uniforme de las fuerzas armadas israelíes para defender su país, y anunciar, a renglón seguido, que, “Tampoco impedirán que bailemos.”

Ese es el país que me siento orgulloso de defender. No, yo nunca diría que Israel es perfecto. Tiene sus defectos y debilidades. Ha cometido su cuota de errores. Pero, una vez más, lo mismo ha hecho todo país democrático, liberal y pacifista que conozco, aunque pocos de ellos se han enfrentado a desafíos existenciales todos los días desde su nacimiento.

Lo perfecto es enemigo de lo bueno, se dice. Israel es un buen país. Y viéndolo de cerca, en lugar de a través del filtro de la BBC o The Guardian, nunca deja de recordarme por qué.

Traducción: Silvia Schnessel

Fuente: http://www.huffingtonpost.com/david-harris/how-can-you-defend-israel_b_801765.html

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Una respuesta

  1. Excelente escrito!

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