TEORÍA DEL ANTISEMITISMO

Carlos Alberto Montaner

En la Universidad Autónoma de Madrid estuvieron a punto de linchar a dos israelíes que habían sido invitados a participar de un debate. Tuvieron que salir escoltados por la policía mientras una turba golpeaba el coche en que los trasladaban. Otra de las universidades está muy preocupada porque un tercio de los invitados a presentar ponencias en un congreso internacional de Matemáticas tiene apellidos judíos. Temen que haya protestas. Los organizadores del desfile anual de orgullo gay en Madrid, una fiesta europea muy vistosa y alegre, este año excluyeron a la delegación israelí. Es más fuerte el antisraelismo, disfraz progre del antisemitismo, que la natural empatía de los gay españoles con los hebreos, pese a que comparten las mismas preferencias sexuales y los mismos enemigos homófobos.

¿Qué sucede? Ocurre algo que ha perseguido fatalmente al pueblo judío desde hace dos mil años: ciertos poderosos grupos sociales toman a los judíos como un instrumento para expresar rápidamente la identidad con la que quieren ser conocidos. Hoy la izquierda, la mal llamada “progresía” –gentes que, paradójicamente, admiran el modelo de desarrollo de los pueblos que menos progresan–, se sirve del antiisraelismo como una seña de identidad que le ahorra el trabajo de elaborar un discurso político y social complejo. Basta enroscarse al cuello una bufanda palestina y gritar consignas contra Israel para que la prensa, los vecinos, las muchachas del barrio, los amigos y enemigos, sepan que se trata de un progre que suscribe el ideario de la izquierda, preocupado por el destino glorioso de la humanidad. El antiisraelismo-antisemitismo es, pues, una señal, un poster, un tatuaje, una declaración sin apelativos, un sucedáneo homeopático de la ideología.

Me temo que siempre ha sido así. Todo comenzó (o se acentuó) cuando Roma, en tiempos del emperador Teodosio, en el siglo IV (nacido en Hispania, por cierto), convirtió el cristianismo en la religión oficial del Imperio y declaró “dementes y malvados” a los que no se sometieran a la autoridad moral del obispo de Antioquia. Y dado que el cristianismo había surgido como un pleito entre judíos librado en las sinagogas del Medio Oriente, hasta que los cristianos renunciaron a sus orígenes y crearon una religión separada y universal, quienes acabaron derrotados y perseguidos fueron los judíos. En esos siglos romanos, el IV y V, había dos maneras urgentes de demostrar la adhesión al César y la lealtad al Estado. Una, menos importante, era el antipaganismo. La otra era el antijudaísmo. La nueva fe se proclamaba denostando a los supuestos “asesinos de Dios”.

Las tribus germánicas que destrozaron, imitaron y, en cierta medida, continuaron la tradición romana en Europa occidental, aprendieron la lección: ser antijudíos les servía como una señal inequívoca del cristianismo que, a partir del siglo VI, comenzaban a asumir como muestra de la romanización que habían experimentado. Dictaron entonces feroces normas antijudías para complacer al Papa, fuente de legitimidad política en aquellos tiempos, e inauguraron severas normas punitivas antijudías que se mantuvieron durante un milenio: exclusión, guetos, castigos crueles. En el 711, cuando los árabes invaden y dominan a España, un reino entonces controlado por los visigodos, pueblo de origen germánico, ya se preparaba la expulsión de los judíos.

Durante todo el Medievo no fue distinto. La malvada acción de los judíos servía para explicar las plagas, las pestes y las catástrofes entonces incomprensibles. Culpar a los judíos era mostrar solidaridad con las víctimas. Era lo progre, lo bueno. Como culpar a los usureros y a los banqueros judíos servía para demostrar la solidaridad con los pobres que apenas podían alimentarse cuando sobrevenían las sequías o cuando las guerras agotaban los cofres del monarca. Es un error pensar que Francisco de Quevedo, el gran prosista español del siglo XVII, era un reaccionario por su áspero antisemitismo. Lo progre en aquella época, la manera de luchar contra la injusticia, era señalar a los judíos como responsables de numerosas calamidades y hechicerías.

Y así siguió  la tradición. Combatir a los judíos en el siglo XIX, cuando surgieron las naciones-estados, como era un grupo excéntrico, sirvió para subrayar el nacionalismo. Por eso, cien años más tarde fascistas y nazis lo incorporaron a su ideología: esos Estados fuertes y hegemónicos moldeados en los discursos de Hitler y Mussolini tendían a la uniformidad. Ser antisemita era la manera más eficaz y económica de ser patriota y nacionalista. ¿Cómo no extirpar de la faz de la tierra a estos impertinentes elementos, culturalmente ajenos a la pureza racial y siempre dispuestos a la traición a la patria?

En nuestros días ya no es elegante utilizar el argumento biológico o racial (salvo en los medios islámicos radicales), pero queda el subterfugio de blandir el antiisraelismo. Un progre, que permanece inmutable cuando Sudán asesina cincuenta mil personas, se indigna ante el lamentable incidente de la flotilla el que murieron diez activistas mahometanos. ¿Por qué ese doble rasero? Porque protestar contra Sudán no define ni perfila la identidad. No es útil. Ese servicio, en cambio, lo prestan los judíos estupendamente desde hace dos milenios.

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7 comentarios

  1. Un breve comentario al escrito por Carlos Alberto Muntaner:
    Me faltan palabras para contestarte,supongo que es cierto todo lo que dices pero “Nostra Aetate” habla del diálogo entre las religiones Judía, Católica y Musulmana. Cuando leo los Salmos pienso que Jesús también leía los Salmos. A veces he tenido que enfrentarme a personas que criticaban a personas Judías o a Israel. Cuando queman una bandera de Israel es como si me quemaran un trocito de mí. Lamento profundamente la Shoá y que siga habiendo tanta judeofobia en este país y en todo el mundo, pero hay personas que aman a Israel y al pueblo Judío, entre quienes me encuentro. Perdona la parte de culpa que yo pueda tener y acéptame como hermana menor. Tú puedes perdonarme en tu nombre no en el de los demás( Viktor Frankl ) Todá rabá. Shalom! María Nieves

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    • Me gustaría responder al artículo bajo mi opinión.
      Personalmente no creo que haya que encontrarle raíces antisemitas a las protestas contra el gobierno israelí. ¿No se puede reconocer que es un gobierno que actúa y responde de manera violenta? ¿Qué lleva décadas oprimiendo al pueblo vecino? ¿Tenemos que aplaudir esos actos?¿No hay autocrítica por parte de su población? No creo que esta protesta tenga relación con ninguna persecución al pueblo judío, porque ahora este pueblo posee una nación y un gobierno poderoso, tanto que es ahora este gobierno el que parece imponer sus normas, estableciendo un fuerte vínculo con la mayor potencia mundial, se trata, evidentemente, de los EE.UU.
      Respecto a la rememoración histórica que se hace en el texto me gustaría señalar que los árabes no fueron los responsables de los expulsión de los sefardíes de España, fueron los reyes católicos, quienes tras expulsarlos se encargaron de expulsar a los propios musulmanes.
      No creo que se trate de un simple símbolo de “progresía” mal entendida y que oculta el antisemitismo del que habla el artículo, si no de la protesta contra un gobierno, actualmente con vínculos ultraderechistas, que se vanagloria de su democracia, y que oprime a un pueblo con toda su fuerza con total impunidad.

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  2. Desde mi punto de vista, recurrir al antisemitismo como argumento para los que no compartimos la forma de actuar de Israel es lo fácil. Precisamente creo que el mundo entero, tras el Holocausto, se conmocionó al ver lo que el pueblo judío padeció y se solidarizó con él. El conflicto entre Israel y Palestina es complejo y no resulta fácil posicionarse, al menos para mí. Pero sí creo que existen otros métodos y que el más fuerte debe ser el que ponga sentido común. Más aún tratándose de un pueblo que sabe lo que es sufrir.

    Os invito a leer en mi humilde bitácora un post llamado “Carta al pueblo de Israel”, escrito desde el más profundo respeto.

    http://angelloes.wordpress.com/2010/06/13/carta-al-pueblo-de-israel/

    Gracias
    Un saludo

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    • Lo leeré, Ángel. En cuanto pueda disponer de mi tiempo. Tienes razón, no resulta fácil posicionarse en el conflicto de Oriente Medio por la complejidad que comporta, pero mientras uno lo logra lo mejor es informarse, leer y contrastar las noticias. Hay grandes campañas de desinformación y hay que saber filtrar, eso solo se consigue haciendo un seguimiento exhaustivo del tema.

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  3. Me ha gustado la respuesta de Silvia a Gigli. No veo por qué se quejaba tanto con todo lo que le han dejado escribir. Y también la respuesta a Ángel. Por qué no se habla también de los Judíos que se fueron expulsados o huyendo de países árabes y a los que no les indemnizaron? El último libro que he leído es “La Pianista de Varsovia” y me ha impresionado. El no poder ir a clase, el pasar hambre, frío, sed… el perder a tu familia, tu casa ocupada por otras personas ( en este caso por cristianos). Es una novela pero muchos de esos hechos sucedieron, como pudieron cristianos hacer eso! Qué horror y qué vergüenza! No recuerdo si Viktor Frankl o Pinchas Lapide escribió ” Cristianos nos llevaron al campo de exterminio y cristianos nos liberaron “, al menos la segunda parte me hace no sentirme tan culpable. Cuando leo los Salmos pienso que Jesús y su Madre también leían los Salmos y también mis Hermanos Mayores.
    Feliz Shabbath. Shalom!

    María Nieves

    P.D. Sé que Israel es un Estado Democrático y laico pero no puedo olvidar el tema religioso, siempre dentro del respeto.

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  4. bueno, soy cristiano pentecostal, y lo que ha hecho el cristianismo en siglos anteriores es reprochable. aunque vale decir que eso no era cristianismo; el cristianismo de ese entonces era como un niño-fenomeno, desfigurado, con dos cabezas; lo digo por que jesucristo no nos mando a ello; nos mando a anunciar el evangelio por medio de la predicacion, no de las armas.
    el ser humano no se entrega a jesucristo siendo cohesionado, es voluntario, un acto de fe.
    hay que levantarse contra todo tipo de violencia y cualquier lugar del mundo.

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