Isaac Perelman

Todos oimos sobre la especial personalidad de Isaac Perelman, pero no está de más repasar la anécdota que sigue, y oirlo en una de sus actuaciones con la Orquesta Filarmónica Israelí: la direc. abajo de todo.-

Con lo que nos queda


Isaac Perelman es un gran violinista israelí nacido en los años 40. Siempre ha sido considerado como uno de los mejores violinistas del siglo XX. Cuando solo tenía cuatro años, perdió sus dos piernas por culpa de la polio. Pero seis años después ya formaba parte de la Israel Broadcasting Orchestra. En 1995, Perelman fue el primer violinista en un concierto que tuvo lugar en el Lincoln Center de Nueva York.
Antes de empezar el concierto, la orquesta se acomoda en sus lugares, como de costumbre. Lógicamente, Perelman tarda mucho más en llegar a su posición. El público contempla en silencio sus lentos movimientos, con muletas, hasta llegar a su asiento.
Perelman por fin llega a su lugar. Deja a un lado las muletas y se acomoda trabajosamente. El público contempla sobrecogido el dramatismo del momento. El gran músico toma por fin el violín, lo coloca bajo la barbilla y hace señas al Director para indicarle que ya está listo. Comienzan los primeros acordes.
Pero en ese momento ocurre algo inusual. Una de las cuerdas del Stradivarius de Perelman se rompe. Se escucha el estallido. La cuerda sale disparada como un rayo hasta las primeras filas del auditorio.

Todo el mundo comprende lo que ocurre. Y todo el mundo espera que Isaac se levante otra vez trabajosamente. Y que salga fuera del escenario para encontrar otro violín.

Pero no es así. Perelman cierra los ojos durante unos instantes como si meditase. Y nuevamente hace señas al Director para indicarle que está listo para comenzar de nuevo.
La orquesta inicia los compases. Y lo hace con una pasión portentosa. Jamás nadie escuchó algo tan intenso, tan claro, tan real.

¿Cómo es posible? No se puede interpretar un concierto para violín con un violín de solo tres cuerdas. Todo el mundo sabe eso.

Pero Perelman se ha negado a aceptarlo. Y el milagro se ha producido.
Al terminar la obra, el público no aplaude inmediatamente. Se produce un silencio extraño. Muchos ojos están llenos de lágrimas. Todos están paralizados.

Finalmente, los aplausos estallan rabiosos, interminables. Como un desahogo colectivo para una emoción insoportable.

Perelman sonríe. Se seca el sudor de las cejas. Alza el arco para aplacar los aplausos que nunca acaban.

Un día más tarde, los periódicos de Nueva York entrevistan al gran músico y le preguntan sobre lo sucedido.

–¿Por qué decidió seguir tocando, con un violín al que le faltaba una cuerda? –le interroga un reportero.
–No estoy seguro –respondió Perelman tras unos instantes– pero llega un momento en el que, tal vez, nuestra misión como artistas es averiguar ¡cuánta música podemos producir con lo que nos queda!


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Una respuesta

  1. el amor hacia algo o alguien no tiene barreras!!!!!!

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