Fuck America

NARRATIVA
Por Leah Bonnín

Una de las tiendas atacadas en la Kristallnacht.

En carta fechada el 10 de noviembre de 1938, el día después de la Reichskristallnacht, Nathan Bronsky solicita visados para su familia al cónsul general de EEUU en Alemania. Se trata de una petición urgente, pero no recibe respuesta hasta pasados ocho meses, en una carta en que el burócrata le explica que, con suerte, podrá acceder a ellos en 1952.

¿Testimonio? ¿Biografía? ¿Ficción documental? Nada de eso. Por más que Edgar Hilsenrath se haya inspirado en su propia biografía y experiencia, por más que aparezcan situaciones teñidas de realismo (“Es una novela basada en hechos reales, aunque de vez en cuando hay que distanciarse de los hechos para comprenderlos mejor”), por más que, con el Holocausto en el retrovisor, Fuck America rezuma verosimilitud, no hay respuesta afirmativa para ninguna de las tres preguntas.

Esta novela es básicamente un recuento de la experiencia neoyorquina de Jakob Bronsky, hijo de Natán, registrada en un diario que se inicia en marzo de 1953, en plena guerra de Corea, catorce años después de aquel espeluznante intercambio epistolar entre su padre y el cónsul general. Bronsky cuenta veintisiete años, pero aparenta cincuenta y lleva una vida vagabunda en la ciudad de Nueva York. Se reúne con otros inmigrantes y vagabundos en una cafetería situada en la esquina de Broadway con la 86. Encuentra trabajos temporales en la agencia de Leo, un emigrante con mejor fortuna, y hace de camarero en algún restaurante de la ciudad, de portero de noche y otra vez de camarero en un balneario de verano del que, junto con Pinky, otro desharrapado, huye con la recaudación de la jornada. Busca mujeres para unas horas y hasta es capaz de acudir a una agencia matrimonial para procurárselas. No tiene ni oficio ni beneficio, y lo que de verdad le interesa es terminar de escribir su novela autobiográfica, El Pajillero.

Junto a la de Jakob Bronsky se deslizan otras historias sobre el Holocausto, como de pasada, insinuadas en diálogos o incrustadas en las descripciones. Historias como la del señor Selig, de cuarenta años, cuya familia desapareció en Polonia sin dejar rastro (“en su opinión en Treblinka. Pero no está seguro”). O la del señor Weinrot, cincuenta años más o menos (“En el pasado: casado, seis hijos, abogado; actualmente soltero, mujer e hijos desaparecidos en la guerra sin dejar rastro. Ahora trabaja como embalador en el Garment Center”). Vidas rotas. No es necesario denunciar ni acusar explícitamente porque la experiencia del Holocausto está en la carne y en el alma de los personajes:

Tuve que tumbarme en el suelo y cruzar los brazos en la espalda. Es curioso, pero tenía menos miedo que durante la guerra, en el tren de mercancías, destino: solución final.

Fuck America presenta la visión de aquellos que no fueron capaces de reconstruir sus vidas, la de los inmigrantes que no se integraron a la vida americana, la de aquellos que, como los visitantes de la cafetería de la calle Broadway, “se cachondean de las putas, se cagan en América y en el sueño americano, se quejan de los coches grandes, la comida insípida, el mal café, los trabajos absurdos”. Nada que ver con la experiencia de algunos parientes de Bronsky, cómodamente instalados en Brooklyn:

Que tienen niños, casa con jardín, un coche nuevo, un sueldo considerable y regular. Que el señor de la casa no es un lameculos porque no lo necesita. Que no hablan alemán sino inglés, incluso en casa.

El sarcasmo se desborda en la tercera parte de la novela, cuando Bronsky entabla un diálogo terapéutico con la psicóloga salida de los rayos catódicos de la televisión Mary Stone, la mujer que le intenta convencer de la bonanza de esa nueva tierra de promisión que es América. Y adquiere tintes esperpénticos cuando, en su fantasía de regresar a Alemania, es recibido por un tipo con pinta de nazi que, en calidad de secretario general de la Asociación Culpa y Tolerancia, le ofrece dinero, chicas y vivienda.

Como en El nazi y el peluquero (1971), sátira sobre un nazi que adopta la personalidad de un antiguo amigo judío, después de la liberación de uno de los campos de exterminio; como en Night. A Novel (1975), con la que debutó, basada en la deportación de su familia al entonces gueto rumano de Mogyliov-Podolski; como en The Adventures of Ruben Jablonski (1997), basada en su propia experiencia de fuga con una identidad falsa al final de la guerra; como en la novela sobre el genocidio de los armenios bajo el Imperio Otomano The Story of the Last Thought; una vez más, en Fuck America Edgar Hilsenrath (Leipzig, 1926) huye de los tópicos y se enfrenta a la experiencia del Holocausto sin prejuicios; con excesivo sarcasmo, según sus detractores.

Se ha comparado el estilo de Hilsenrath con el de autores tan dispares como Bukowski, John Fante, Céline –al que aquél dice no haber leído hasta después de haber publicado Fuck America– y Kafka. Quizás tenga un poco de cada –el sarcasmo, la inspiración biográfica, la dureza o la concisión–, pero su escritura es poderosamente personal y su estilo, incomparable, como también lo es su experiencia vital y literaria. Su prosa es punzante, auténtica y estremecedora porque sabemos que detrás de las palabras está el sufrimiento del Holocausto:

–Tienes la ropa llena de sangre, hijo mío. ¿Dónde te has metido?
–Debajo de los muertos.

–¿Y de verdad has regresado?
–Sí. He regresado de verdad.

Novela dura e imprescindible donde las haya.

EDGAR HILSENRATH: FUCK AMERICA. Errata Naturae (Madrid), 2010, 262 páginas. Traducción: Iván de los Ríos.

http://libros.libertaddigital.com/fuck-america-1276237735.html

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