España ante el holocausto

Por Jon Juaristi

En 1952 se estrenó Amaya, de Luis Marquina, producida por Cifesa, con un reparto de actores que incluía a Julio Peña, Susana Canales, José Bódalo y Manolo Morán. La película, inspirada en la novela del mismo título que escribió a comienzos de la Restauración Francisco Navarro Villoslada, tuvo un gran éxito y fue muy alabada por la prensa católica (es decir, por toda la de entonces). Terminaba con una gozosa cacería de judíos por las calles de la Pamplona del siglo VIII.

Por entonces, el estereotipo del usurero hebreo de nariz ganchuda era todavía habitual en tebeos y libros escolares, que difundían además el tópico del secuestro, degüello o crucifixión de niños cristianos –las leyendas de Dominguito del Val o del Niño de la Guardia- a manos de judíos y conversos, y en todas las iglesias patrias se conservaba la costumbre de “matar judíos” en el alboroto de las tinieblas de Viernes Santo, a cantazo limpio sobre tablones o, como hacíamos en Bilbao, con carracas de madera. Pero nadie había llegado a los extremos de Luis Marquina. Ahí es nada, exaltar los pogromos medievales como si fueran legítimos precursores de los sanfermines, siete años después del descubrimiento de Auschwitz. Más allá de los Pirineos quedaba mucho antisemita suelto, pero ninguno se atrevía ya a hacer películas.

Creo que el caso muestra muy claramente la esquizofrenia característica de la cultura española ante el antisemitismo en general y el Holocausto en particular. Por supuesto, se sabía bastante de la persecución y exterminio de los judíos europeos por los nazis y sus aliados. Desde el verano de 1940, miles de judíos habían entrado legal o clandestinamente en España, con la intención de llegar a Portugal y zarpar desde allí a América. Muchos de ellos fueron detenidos e internados en campos de concentración como el de Miranda de Ebro, donde se les interrogaba y extorsionaba, e incluso –aunque en rara ocasión- se llegó a asesinarlos. Las autoridades franquistas no sentían simpatía ni piedad por los refugiados judíos de Francia y la Europa Central, a los que consideraban chusma bolchevique emparentada con los voluntarios de las Brigadas Internacionales. Los sefardíes eran otra cosa: despreciables, como todos los judíos, resultaba conmovedor el apego que habían guardado a la lengua española. Sólo por eso, se les podía considerar en cierto modo patrimonio de la Hispanidad y otorgarles, si fuera posible, protección diplomática.

El franquismo dividía inconscientemente a los judíos en cuatro categorías. En primer lugar, estaba el judío eterno y perverso, el deicida, encarnizado enemigo de la Iglesia y de su hija más fiel, España. El judío que conspiraba sin tregua con los otros adversarios de Cristo –masones y comunistas- para perder a los españoles. Aunque el origen de tal categoría imaginaria es muy remoto (se remonta a los primeros tiempos del cristianismo), se había actualizado en el siglo XIX con el espantajo del contubernio judeomasónico y, en época aún más reciente, con la especie de la conspiración judía internacional, difundida por los Protocolos de los Sabios de Sión, de los que se habían hecho numerosas ediciones españolas en los años de la II República, y que proporcionaron a la derecha antirrepublicana una síntesis del tradicional antijudaísmo cristiano y del moderno antisemitismo secular.

La segunda categoría es la del judío hispano, o sea, la del anterior a la expulsión de 1492. El franquismo justificaba la expulsión porque, en definitiva, los judíos de la España medieval participaban de la esencia maldita del judío eterno. Expoliaban a los campesinos mediante el préstamo usurario, profanaban hostias y sacrificaban niños cristianos, pero, por otra parte, habían contribuido a la gran cultura de la Edad Media hispánica con grandes poetas y filósofos, sinagogas vistosas y aljamas pintorescas. Fue una pena, pensaban los franquistas, que no se hubieran convertido todos, porque de las familias que lo hicieron y pudieron quedarse habían salido españoles muy decentes y cristianos intachables, ilustres escritores, inquisidores celosos, e incluso algunos santos.

La tercera es la del sefardí, un judío que podía resultar simpático, con su manía de guardar las llaves de las casas de sus tatarabuelos y romances que transpiraban nostalgia y suspiros de España. Como avatares, a pesar suyo, del judío eterno, era mejor que se quedaran donde buenamente estuvieran, en Marruecos, Turquía o los Balcanes, pero, como vestigio y herencia viva del judío hispano, o sea, de la España medieval, había que tratarlos como bienes culturales de protección oficial. Y así se dio la paradoja de que diplomáticos franquistas, antijudíos hasta los tuétanos, se dedicaran a salvar judíos –sobre todo, sefardíes- a base de extenderles pasaportes y salvoconductos.

Finalmente, el judío centroeuropeo representaba para el franquismo la síntesis acabada entre el judío eterno y sus compinches, de forma que su identidad poliédrica permitía conceptuarlos como masones o como comunistas. Esa fue la tónica dominante en el tratamiento que se aplicó en España a los refugiados del nazismo, etiquetados como sujetos indeseables sin hacer referencia explícita, en la mayoría de los casos, a su condición judía.

De esta manera, el franquismo consiguió mantener a España no sólo al margen de la guerra mundial, sino tan indiferente al Holocausto que pudo seguir produciendo engendros como Amaya mientras los antiguos antisemitas de la Europa beligerante intentaban disimular sus aficiones. Bajo el régimen de Franco, fue posible mantener un antijudaísmo castizo, ignorar la destrucción de los judíos europeos y alardear de haber salvado miles o millones de judíos sefardíes, según se pusiera en ello más o menos fantasía. La oposición al régimen no introdujo modificaciones sensibles en este esquema; los comunistas, porque participaron del antisemitismo táctico del comunismo soviético, un invento de Stalin en la década de los años veinte para movilizar a la población contra el troskismo, y la nueva oposición surgida en los años cincuenta y sesenta, porque procedía de la descomposición de la cultura franquista y católica, ni siquiera negacionista, sino absolutamente inmunizada a los efectos morales del Holocausto.

A lo largo de los años sesenta, la apertura cultural hizo imposible seguir manteniendo la feliz ignorancia de la Shoá, porque ésta fue cobrando rápidamente el perfil de un acontecimiento singular, distinguible de los crímenes de guerra del nazismo, a partir del juicio contra Eichmann en Israel, pero la reacción de la izquierda europea, tanto de la clásica como de la nueva, al desenlace de la Guerra de los Seis Días permitió a la izquierda antifranquista blindarse con un antisionismo de nuevo cuño para seguir evadiendo la cuestión, mientras que la derecha permanecía instalada en la buena conciencia de siempre. En los primeros años de la Transición, se produjeron algunos cambios importantes. La llegada al papado de Karol Woytila supuso una autocrítica, por parte de la Iglesia, de sus actitudes tradicionales frente al judaísmo y a los judíos, revisión que influyó en los católicos españoles, debilitando considerablemente el antijudaísmo castizo y dando al Holocausto una insólita visibilidad en el movimiento de renovación religiosa. Sin embargo, gran parte del catolicismo español sigue exonerándose de cualquier responsabilidad histórica en la destrucción de los judíos de Europa, que ve como un crimen exclusivo del nazismo, sin plantearse siquiera si el antijudaísmo tradicional de tipo religioso, tan arraigado en el catolicismo español, pudo contribuir al clima general de hostilidad a los judíos que favoreció la comisión del exterminio de los mismos. La izquierda, por su parte, ha recurrido a dos expedientes para no interesarse demasiado en el asunto. El primero consiste en una estrategia de retorsión, que proyecta sobre el Estado de Israel la imagen del nazismo y, sobre los palestinos, la de las víctimas del Holocausto. Es cierto que tal procedimiento caracteriza sobre todo a los neocomunistas y a los antisistema. En el ámbito de la socialdemocracia se advierte una deriva inhibitoria que recurre tanto a la reprobación de la política israelí como al énfasis puesto en el sufrimiento de los republicanos españoles cautivos del nazismo, en detrimento de una seria estimación de las consecuencias del Holocausto. Este último recurso lleva la marca personal de Rodríguez Zapatero, que el 8 de mayo de 2005 se dirigió a los excautivos republicanos del campo de Mauthausen, afirmando que sus sufrimientos habían sido objeto de una doble ocultación, tanto por el franquismo como por los sufrimientos de los otros.

En resumidas cuentas, España es el país europeo menos implicado en el mantenimiento de la memoria del Holocausto y, por tanto, el más vulnerable a la banalización de la misma y a su disolución en victimismos múltiples y campañas demagógicas. Las instituciones parecen contentarse con las conmemoraciones parlamentarias del Yom Hashoá, sin tomar iniciativa alguna el resto del año. Fuera de una exigua minoría de historiadores y filósofos, la universidad permanece al margen de la investigación sobre el tema, y los escritores de ficción que lo han tratado con una mínima dignidad –Salabert, Mayorga, Muñoz Molina, García Ortega– se cuentan con los dedos de una mano y sobra uno. Del cine, claro, mejor ni hablar.

© Factual, 27.1. 2010. Jon Juaristi es escritor.

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Una respuesta

  1. Un artículo lúcido que nos retrata a los españoles a la perfección en esta cuestión.

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