“Ravensbrück, el infierno de las mujeres”

Un libro da testimonio a la tragedia vivida por las mujeres en el único campo de concentración femenino del nazismo

ravensbruckArmengouAJN.- La obra titulada “Ravensbrück, el infierno de las mujeres”, recientemente lanzada en España, presenta 13 testimonios del horror vivido en ese centro de detención. El libro, según su autora, Montse Armengol, “Es una historia reveladora de cómo, siempre, entre los olvidados, hay alguien más olvidado todavía”. El testimonio que brindó a AJN una de las sobrevivientes.

El libro “Ravensbrück, el infierno de las mujeres”, lanzado recientemente a la venta en España, narra la dramática historia de 13 mujeres que sobrevivieron al campo de exterminio nazi ubicado a unos 80 kilómetros de Berlín, que funcionó desde 1939, año en que el jerarca del III Reich Heinrich Himmler decidió establecerlo, hasta 1945.
La obra, que es patricionada por Casa Sefarad-Israel y fue editada por Belacqva, es la versión en español de una edición anterior publicada en catalán en 2007 por los periodistas Montse Armengou y Ricard Belis, que tuvo origen en el documental realizado por estos mismos para la cadena española TV3, y que obtuvo el premio “Memorimage”.

En declaraciones a AJN, Montse Armengou afirmó que “éste es el cuarto libro, hijo de diferentes documentales. El primero fue ‘Los niños perdidos del franquismo’, que cuenta cómo el régimen robó niños a las presas republicanas; luego vino ‘Las fosas del silencio’ sobre los más de 30 mil desaparecidos en España, ambos parecidos a lo ocurrido en Argentina, y el tercero es la historia del primer tren en Europa occidental que llevó familias enteras de republicanos españoles que estaban en Francia, a los campos de concentración nazi”.

La periodista española agregó que su objetivo fue “Mostrar un mosaico, un crisol de testimonios, para que una persona joven se pudiera sentir identificada. Nuestra intención fue hacer un muestrario de por cuántos motivos distintos una persona podía ir a parar a un campo, intentar tocar la fibra sensible del público, en el sentido de la vulnerabilidad”.

A través de los testimonios, “Ravensbrück…” ofrece datos novedosos, como el funcionamiento de dos grandes industrias en su interior. Según la periodista,

“una era una industria semi-estatal textil, donde se hacían los trajes a rayas de los prisioneros”, y la otra, una conocida compañía telefónica alemana “que se instaló en el campo para fabricar componentes eléctricos que servían a la industria de guerra. Acá trabajaron muchos niños por su agudeza visual y sus dedos pequeños”.

La particularidad de este campo, destinado al trabajo esclavo, y cuya traducción del alemán es “El puente de los cuervos”, era que sus 132.000 víctimas eran mujeres y niños deportados de más de cuarenta países. También en diálogo con AJN, Stella Knyszynska de Feigin, sobreviviente de éste y de otros centros, comentó que “era el campo femenino más grande de Alemania, donde había mujeres de todos los países, llevadas ahí por diferentes causas”.

Armengol agregó que la obra “Es una historia bastante reveladora de cómo siempre entre los olvidados, hay alguien más olvidado todavía, y esto acostumbra a corresponder a una cuestión de género. Es todavía poco conocido para la población que a los campos nazis no solamente fueron a parar judíos, testigos de Jehová, gitanos, homosexuales, etc, sino que murieron muchos republicanos españoles que se habían refugiado en Francia”.

“En este campo se hicieron algunos experimentos médicos muy salvajes, y muy importante para la medicina. En la guerra, los soldados morían por las infecciones y se desata una pugna médica de qué tratamiento es el mejor, si los antibióticos o las sulfamidas. Las prisioneras eran infectadas para ver qué medicamento iba mejor”, sostuvo la autora del libro

.

Según los archivos encontrados después de finalizada la guerra, la mayoría de las presas eran polacas, alemanas o rusas. “Yo no sé si había judías, porque a casi todos los judíos no los traían acá, sino a los campos de exterminio, que estaban en Polonia. Si había judías, eran todas como yo, renegadas”, afirmó Stella, recordando haber tenido que mentir y negar su condición. Como parecía polaca y hablaba perfectamente polaco, la confundieron con las demás presas.

“Como necesitaban mujeres para trabajar, nos trasladaron a Ravensbrück en trenes de carga. Viajamos 2 o 3 días, y en una noche llegamos. Cuando abrieron las puertas, empezaron a gritar: ‘salgan, salgan’, con unos perros grandes que ladraban. Son momentos que uno nunca se va a olvidar”, agregó la sobreviviente.

Stella recordó también que “nos trajeron dentro del campo, pasamos por los baños, y lo que hicieron primero fue pelarnos la cabeza, ahí me parecía que yo ya no existía más, que ya está, que no vivía, porque sin cabello… me habían sacado toda mi personalidad”.

Una vez que comenzó la guerra, fue necesaria una serie de infraestructuras en escala masiva., y para ello los nazis comenzaron a reclutar prisioneros de guerra y deportados de los territorios ocupados, para mantener la producción. Desde 1942, las SS construyeron campos satélites de los principales campos de concentración, cerca de industrias esenciales para la guerra.

“Vino la GESTAPO (la policía secreta oficial de la Alemania Nazi) para elegir distintas mujeres para trabajar, yo tuve suerte de que no me llevaran a las minas, sino que me mandaron a una fábrica de municiones llamado Felten. Trabajábamos 12 horas por día en enormes fábricas, reemplazando a la mano obrera joven que había mandado a la guerra. Para mí, era terrible tener que hacer armamento que después iban a usar para matar a mis seres queridos”, agregó la sobreviviente.

La mayoría de las mujeres del campo eran católicas y, según Stella, “todas usaban cruces que se hacían con el material de la fábrica. Una vez vino un capataz y el vio que yo no usaba nada. Al día siguiente, me trajo un dije de la Virgen María. Yo jamás me la pude poner, me dije que no podía profanar la religión católica, a pesar de que tenía que ser quien no era para salvarme. Soy judía, no podía hacer eso, aunque estuviera mi vida en juego”, afirmó.

Cuando los Aliados liberaron Felten, el último campo donde permaneció, Stella Knyszynska de Feigin había logrado sobrevivir confundiéndose con las demás polacas de los diversos campos a los que fue llevada. “Una vez, después de terminada la guerra, me agarró un llanto terrible, y mis amigas polacas, con las que yo había aprendido a rezar lo que yo no creía, ni sentía, me preguntaron qué me pasaba, si ya todo había terminado… y yo les contesté: me vuelvo, a no sé donde…no sé a dónde me vuelvo, porque yo no soy quien les dije todo este tiempo”, concluyó rememorando Stella.
AS-MP

Fuente: http://www.prensajudia.com/

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