‘Lo que nunca me contaron sobre Israel y ni siquiera podía imaginar”

El viaje de un periodista español al país que ama la vida

Recientemente, veintidós gallegos de todas las edades y profesiones, todos ellos miembros de la Asociación Gallega de Amistad con Israel, viajaron al país hebreo para conocer in situ qué había de mito y qué de realidad en todo lo que nos cuentan y en todo lo que nos dejan de contar los medios de comunicación occidental.

En el grupo había seis periodistas, dos médicos, tres empresarios, cinco estudiantes y dos enfermeras, de todas las ideologías políticas posibles; casi todos cristianos y algún ateo.

La Asociación de la que forman parte se fundó el 1 de diciembre de 2006 y ya es una de las más activas de Galicia, donde han conseguido que su Parlamento Autonómico aprobara una moción en memoria del Holocausto, han llevado a conferenciantes israelíes como Yehoshúa, Perednik o Alona Fisher y han organizado un encuentro de autoridades de Israel en España con empresarios gallegos para preparar lo que será una cumbre bilateral de negocios.

Por si fuera poco, su presidente, Pedro Gómez Valadés, a quien su partido (los independentistas del Bloque Nacionalista Gallego) abrió un expediente de expulsión por ser amigo de Israel (sin embargo ponen a Irán como ejemplo de país a imitar), fue recibido por Dalia Itzik.

A la vuelta de tu viaje por Israel, la gente, en España, te pregunta si no te ha ocurrido nada, si no te has expuesto a peligros, si no has vivido riesgos innecesarios. Te preguntan si por la calle se nota la violencia, la guerra, los efectos del terrorismo. Si hay psicosis, si no se huele el miedo, si nos han estado escoltando todo el tiempo, si hemos podido visitar lo que quisimos o nos obligaron a hacer determinados itinerarios, si hemos podido salir por las noches, si hemos visto tanques en las calles.

Una experiencia única
Y cuando les respondes que no has tenido nunca sensación de peligro, ni de inseguridad, ni de riesgo, ni un poquito de miedo siquiera, los decepcionas. Y no digamos cuando les dices que aquello (Jerusalén sobre todo, pero también Galilea y los Lugares Santos de la vida de Jesús) estaba lleno de viejitos cristianos españoles encantados de la vida y ajenos a todos los prejuicios que, sobre Israel, Occidente crea y difunde.

Tal vez, también, porque en el subconsciente de muchos de esos integrantes de la tercera edad no existe un equivalente entre Israel y Tierra Santa. Para ellos Israel es un lugar en guerra y Tierra Santa es otro lugar donde nunca pasa nada ni puede pasar

Para nosotros, los que quisimos ir a Israel y no a Tierra Santa, nos encontramos con un país ejemplar y maravilloso en muchos sentidos. En un estado del tamaño de nuestra Galicia sin la provincia de Lugo, vivimos la experiencia única e insuperable de dejar nuestro pedido en el Muro de las Lamentaciones, de flotar en las aguas del Mar Muerto, pisar todos y cada uno de los lugares por los que transitó Cristo desde que nació hasta que fue crucificado y emocionarse en el Museo que recuerda el Holocausto de seis millones de judíos a manos de los nazis.

Arboles y telenovelas en la cuna del mundo
La expedición gallega, que incluso plantó un árbol, y así lo certifica un documento oficial del Keren Kayemet Leisrael, se fotografíó con las soldadas que pasean como civiles por las tranquilas calles de Jerusalén, departió con más de un israelí que conoce el castellano gracias a las telenovelas sudamericanas que allí triunfan, se remojó en el lugar del Jordán donde Juan Bautista bautizó a Jesús, ascendió a las alturas épicas de Masada donde los últimos judíos resistieron hasta el suicidio frente al sitio de los romanos, y atravesó el Mar de Galilea para subir a los Altos del Golán.

Con las banderas de Galicia e Israel en ristre, los viajeros sellamos nuestra amistad con ese pueblo trabajador y amante de la vida, comprobamos el milagro israelí de haber convertido el desierto en un vergel, y nos sentimos en todo momento seguros y emocionados de estar en la cuna del mundo. Lo que no es poco en un país amenazado diariamente por el terrorismo islamista que le niega su derecho a existir.

El mito de la miseria más triste del mundo
A la vuelta del viaje, muchos de mis amigos se quedaban con la boca abierta cuando les decía que en Belén o en Ramala o en cualquier sitio de Cisjordania la gente no vive en tiendas de campaña, sin agua, ni luz, con niños descalzos y letrinas comunales para hacer sus necesidades. El cliché de los medios de comunicación europeos en general y españoles en particular nos ha dibujado un escenario como el descrito, donde la población palestina siempre está al borde del colapso, de la muerte por hambruna y por falta de medicinas El cliché es el que se corresponde con el país más pobre del mundo; más que Rwanda, Guinea, Tanzania, Costa de Marfil, o incluso Haití o Bolivia.

Cuando les cuento que he visto ciudades sin tiendas de campaña y con edificios, con carreteras, escuelas, restaurantes, hospitales y que la gente tiene celulares y coches, y que los comercios están más surtidos que en La Habana, pues les cuesta creerme. Vale, que Gaza es otra cosa, pero tampoco es Mozambique, ni mucho menos.

Del miedo, al ejemplo
Los derechos humanos no existen en los territorios que controlan Hamás o Al Fatah, pero a los europeos nos pareció que a pesar de celebrarse sin libertades, ni derechos fundamentales, ni candidaturas de todas las tendencias; y a pesar de que no se considerarían válidas en ningún país occidental, las elecciones palestinas fueron democráticas. No importa que nunca homologaríamos algo así si tuviera lugar en Israel.

Es decir, si mañana, por ejemplo, la mayoría cualificada de los israelíes decidieran apoyar a un partido ultra nacionalista en cuyo programa figurara expulsar a todos los árabes de los territorios ocupados, entonces Europa pondría el grito en el cielo porque no lo consideraría democrático. (Ya no decimos ético, siquiera).

Está claro que los europeos usan dos varas de medir, según se trate de Israel o de sus enemigos.
Así que a los israelíes, de derechas y de izquierdas, les llevan todos los demonios que nosotros, los europeos, los expedidores de los auténticos certificados democráticos king size o extra luxury’, miremos con lupa todas sus acciones, pasemos por alto todos los abusos anti democráticos de los dirigentes palestinos y nos comportemos como si nos importara una higa que las mujeres palestinas vivan sojuzgadas mientras las cómicas españolas se iban a fotografiar con Arafat.

La paz es posible
Pero no solo los israelíes. Hay palestinos con nacionalidad israelí, como el comerciante Anuar S. o el taxista Ahmed J. nos dicen con la boca pequeña (y por separado) que ellos lo que quieren es que acabe la violencia, y que si participan en movilizaciones o actos de la intifada es porque si no serán represaliados por los islamistas. “Queremos trabajar y mejorar, y que nuestros hijos tengan futuro”’, dice Anuar, que bien podría ser habitante de Nazaret, donde árabes y judíos coexisten desde 1948. O de la laureada Nevé Shalom (Oasis de Paz), una villa cooperativista situada entre Jerusalén y Tel Aviv que visitamos para comprobar la ejemplar convivencia entre 50 familias, la mitad judíos y la otra palestinos, y de la que se han hecho lenguas desde Hillary Clinton al líder palestino Faisal al-Husseini, pasando por el Premio Nobel Elie Wiesel o el escritor marroquí Taher Ben Jalún.

El amor a la vida
Tan ejemplar como Nevé Shalom, pero en otro ámbito, fue que durante las décadas de los ’70, ’80 y ’90 ingresaran cada día en Israel 150.000 palestinos para trabajar. Naturalmente, Europa siempre exigió que Israel empleara mano de obra palestina, pero nunca pidió lo mismo de Jordania y Egipto, igualmente limítrofes con los palestinos, de quienes son hermanos de sangre y de religión. Eso sí, si les daban trabajo se criticaba a los judíos por tener colapsados en las colas fronterizas a los pobres palestinos, pero si no se lo daban, entonces Israel era un país sin entrañas.

Lejos de ser un país malvado, pudimos visitar el Hospital Hadassa, donde los médicos tratan por igual a víctimas y a verdugos. A personas heridas en un atentado y al terrorista que las atacó. Fue así como supimos que para un israelí, o al menos para un judío, lo importante es, siempre, la vida. Porque salvar una vida es salvar al mundo.

Y nos impresionó, vaya si no, lo que está haciendo la red de voluntarios más grande de Israel en cuestión de servicios de asistencia y cuidados en el hogar, a través de Yad Sará. Impresionante. Una institución que no recibe ayuda del Estado y que le ahorra 300 millones de dólares en costes de internamiento hospitalario y cuidados intensivos.

Así que, visto lo visto y vivido lo vivido, uno se vuelve con la sensación de que acaba de conocer de primera mano todo lo que nunca le contaron sobre Israel y ni siquiera se podía imaginar.

*El autor es licenciado en Ciencias de la Información (Periodismo) por la Universidad de Navarra (1978) y está haciendo un doctorado en Ciencias de la Información en las Universidades Complutense (Madrid) y de Vigo.
Fue redactor y director en medios de prensa, escribió numerosos artículos y varios libros. Últimamente se publicaron sus obras “La Correspondencia Gallega”, “El desastre del ’98”’ y “Abreviatura”’.
Es uno de los fundadores y primer secretario general de la Asociación Gallega de Amistad con Israel.

Por Miguel Boó, Galicia

El violín, un invento sefardí

Gustavo D. Perednik
El autor del libro Violín a cuestas se explaya
sobre el vínculo de los judíos con el instrumento musical por excelencia.

Gustavo D. Perednik, Violín a cuestas, Universidad ORT, Uruguay.

En un reciente artículo, publicado llamativamente en el diario El País (El malestar español, 22 de julio), Basilio Baltasar se pregunta «por qué somos la sociedad menos competitiva de la Europa moderna» y termina respondiendo que «España ha sido el único país sin judíos… La desgraciada ocurrencia de la expulsión nos privó, en el crucial instante del renacimiento europeo, de una fuerza que se revelaría decisiva en el proceso de reinvención cultural propio de la modernidad… Una comunidad inclinada, por necesidad y vocación, a impugnar los dictados de la tiranía».
La opinión de Baltasar parece ser revalidada por una tesis académica que viene difundiéndose desde hace dos décadas, según la cual uno de los grandes logros que España habría perdido debido a la «desgraciada ocurrencia»… fue el violín.

La probable invención de este instrumento por parte de judíos sefarditas comenzó a investigarse hacia 1983 cuando Roger Prior, de la Universidad de Belfast, recogió un dato sugestivo: el instrumento antecesor del violín, la viola da gamba («pierna» en italiano) fue inventado en España antes de la expulsión y, apenas consumada ésta, el instrumento apareció en Italia para convertirse rápidamente en el violín.

En otras palabras, el violín se originó en Italia cuando aquí se asentaron los expulsados de España y, a pesar de sus raíces españolas, toda referencia al instrumento durante el siglo XVI fue solamente italiana. La viola da gamba habría seguido el mismo recorrido que los expulsados.

Al rastrear ese itinerario entre España e Italia, Prior llegó a la conclusión de que los principales violagambistas habían sido judíos expulsados quienes, una vez que se asentaron en Italia, crearon el violín.

Durante su sondeo, Prior se dedicó a dos detalles históricos elocuentes: uno referido a la familia Amati de Cremona, y el otro vinculado a dos desdichados músicos criptojudíos en Londres, apellidados Moyses y Almaliah respectivamente.
Los Amati fueron célebres lutieres: el padre Andrea (1520-1578) estableció la forma del violín moderno; su obra fue continuada por sus dos hijos y llevada a la perfección por su nieto Nicolò, quien fuera maestro de Andrea Guarneri y Antonio Stradivari (1644-1737). Según Prior, el nombre original de los Amati era «Haviv» («amado» en hebreo, y eventualmente italianizado).
En cuanto a los misteriosos Moyses y Almaliah, la historia comienza con la coronación en 1509 de Enrique VIII, quien decidió enaltecer la corte inglesa importando a Londres músicos italianos. En 1540, un grupo de violagambistas se presentó en su palacio.

Un año después, a fin de congraciarse con Carlos V, Enrique VIII hizo encarcelar a algunos hombres denunciados como observantes clandestinos del judaísmo, práctica prohibida también en Inglaterra. Los criptojudíos detenidos eran de familias expulsadas de España, y procedían de Milán, precisamente desde donde habían inmigrado los violagambistas.

La intuición de Prior de identificar a los malogrados criptojudíos con los violagambistas importados, se vio confirmada en una de las numerosas cartas que escribiera Eustace Chapuys, a la sazón en Londres como embajador de Carlos V para defender a la tía del emperador, Catalina de Aragón, ante su esposo Enrique VIII{1}.

En 1542, Chapuys, que había elogiado los arrestos, se refirió a los judíos arrestados: «Aunque canten muy bien, no podrán escaparse en vuelo de sus jaulas, sin dejar algunas de sus plumas».

Estos «pájaros», los violagambistas de la corte de Enrique VIII, fueron finalmente liberados, menos dos de ellos que murieron en la cárcel: John Anthony y Romano de Milán, cuyos nombres originales figuraron como Anthonii Moyses y Ambrosius Deolmaleyex (probablemente un derivado «de Almaliah»).
Los músicos se habían cambiado los apellidos por hebraicos, pero cuando fueron acusados de judaizantes ya no quedaba mucho por ocultar, y decidieron en la cárcel recuperar su identidad.
Roger Prior llegó de casualidad a la interesante información, mientras indagaba la identidad de la «Dama oscura» que aparece en los últimos veinticinco sonetos de Shakespeare (1609) –los más eróticos de su colección de 154.

Hay quienes sostienen que la «Dama oscura» era un personaje de ficción, aunque la mayoría de los historiadores se inclina por identificarla con personas reales como Mary Fitton, Elizabeth Wriothesley y Emilia Bassano. Ésta última fue esposa del músico Alfonso Lanier y autora de un poemario titulado Salve Dios al Rey de los Judíos (1611). Si ella fuera en efecto la «Dama oscura» de Shakespeare (como sostiene el historiador Alfred Rowse) el epíteto podría explicarse por su origen español.

Cuando Prior exploró la biografía de la Bassano, notó que el lenguaje con el que Shakespeare la mencionaba aludía a una hebrea. Adicionalmente, descubrió que varios miembros de la familia Bassano pertenecían a la orquesta de cámara de la corte de Enrique VIII. Prior fue coautor del libro «Los Bassanos: músicos venecianos y hacedores de instrumentos en Inglaterra 1531-1665» en el que incluyó un capítulo sobre Emilia Bassano identificada con la «Dama oscura».
Su tesis sobre la génesis del violín volvió a difundirse hace unos días (20-8-09) en el diario israelí Jerusalem Post, el que desgrana cómo la revelación de Prior fue ampliamente presentada en un simposio sobre violín que se llevó a cabo en mayo pasado en la centenaria escuela Juilliard de Nueva York –el centro más prestigioso en artes escénicas. Durante el congreso, la violinista barroca inglesa Monica Huggett –quien dirige el programa artístico de la Juilliard– dictaminó en su exposición: «El violín no parece ser de origen italiano sino judío».

Un idilio de medio milenio
El vínculo de los judíos con el violín se extendió a lo largo de los siglos. Hacia 1600, nació en Mantua la primera gran escuela de violinistas, bajo la dirección de Salamone Rossi, cuyas obras han perdurado. Comenzó con una veintena de cancionetas (1589), y en 1623 publicó una colección de liturgia judaica de estilo barroco, cuyo título parafrasea al de uno de los libros bíblicos: «Los cánticos de Salomón».
La hermana de Rossi era cantante de ópera; él, durante cuatro décadas sirvió en la corte de Mantua, por contrato del duque Vincenzo con el fin de entretener a los huéspedes. Allí ejerció de violinista para la duquesa Isabella d’Este Gonzaga (también el maestro de danzas de Isabella, Gugliemo Ebreo Pesaro, era judío). Rossi murió en 1630, cuando las tropas austriacas invasoras destruyeron el gueto de Mantua.

En el siglo XVIII surgió el jasidismo, un movimiento entonces renovador de la religión judía, en base de las melodías y el júbilo. El violín protagonizó la jasídica celebración musical, y penetró con el clarinete en cada villorrio («shtétel» en ídish) y barrio judío, donde ambos instrumentos alegraban nacimientos y bodas. En las bandas klezmer de arte judío, el violinista y el clarinetista constituyen la parte más visible.

En el siglo XIX, muchas aldeas judías de la «Zona de Residencia» (fuera de la cual los judíos tenían prohibido radicarse) albergaban escuelas de música en las que los niños aprendían violín desde temprana edad, y en las que se producían para ese instrumento composiciones judaicas originales. Durante ese siglo tres de los principales violinistas fueron israelitas: Joseph Joachim (a quien Johannes Brahms dedicó su concierto de violín), Ferdinand David (a quien Félix Mendelssohn dedicó el suyo) y Henryk Wieniawski.
En 1980, el musicólogo Vitally Zemtsofsky localizó a uno de aquellos violinistas «graduado» de los conservatorios del shtétel. El gran pedagogo de esa música fue Leopold Auer, quien abrió camino a los principales violinistas del siglo XX, la mayoría de los cuales fueron judíos: Jascha Heifetz, Isaac Stern, Yehudi Menuhin, David Oistrakh, Nathan Milstein, Mischa Elman, Pinchas Zukerman, Joshua Bell, Joseph Szigeti, Bronislaw Huberman, Leonid Kogan, Arnold Steinhardt, Paul Zukofsky… la lista es interminable. (Cabe agregar que Albert Einstein era bastante virtuoso en el violín, que había estudiado desde los seis años).

En el siglo XX, el violín fue consolidándose como parte de la cultura de los judíos, y su desproporcionada presencia entre los máximos violinistas podría explicarse ahora en base de la tesis de Roger Prior.

Un adicional aporte violinístico de los judíos fue la incorporación del instrumento a la música de tango. Miguel Gadea Sandler, un estudioso del tango, ha señalado esta peculiaridad: el violín, «típico entre las comunidades judías de Europa del Este» inmigró con ellas a Hispanoamérica.

Desde el tejado
Cuando el pintor Marc Chagall retrató a su tío Neuch, lo colocó con su violín subido al techo de su casa. Hace medio siglo, Joseph Stein adaptó la obra de Scholem Aleijem Tevie y sus hijas ó Tevie el lechero (1894), y recogió aquella imagen para producir su memorable éxito musical: El violinista sobre el tejado.

Un violinista como representativo del destino hebreo es muy atinado. En el remolino de la historia, el judío se encarna a quien se esfuerza por destilar armonía a pesar de su precaria ubicación en un tejado, lo que exige habilidad para el equilibrio e inveterado optimismo.

La pieza fue la primera de las comedias musicales famosas que abordó una temática seria como era la persecución y pobreza: las penurias de los hebreos en el shtétel de Anatevka en la Rusia zarista de 1905; y las dificultades de Tevie, su esposa Golde y sus cinco hijas para mantener la tradición en un mundo velozmente cambiante.

Vale recordar la novela Gambrinus (1907) de Alexander Kuprin, que trata de un violinista judío en Odessa que deleita a los marineros con su música hasta que le cortan las manos en un pogromo (notablemente, Kuprin quiso hacer una oda a la entereza humana, por lo que el violinista manco, aprende a tocar las mismas melodías en un silbato).

Acerca del violinista prodigio Fritz Kreisler, su hermano Hugo ironizaba: «Yo soy judío, pero no sé si mi hermano lo es». En efecto, Fritz ocultaba su judeidad debido a la judeofobia de su esposa Harriet. Cuando ésta insistió en que «Fritz no tiene en sus venas ni una gota de sangre judía», Leopold Godowsky repuso: «Debe de estar muy anémico».

A fin de eludir la animadversión del medio durante la primera mitad del siglo XX, muchos músicos judeoalemanes desdibujaron su origen. En muchos casos la huída fracasaba porque en alguna medida a los violinistas los delataba la profesión.

Una de las explicaciones más tempranas del ubicuo idilio entre los israelitas y el violín está en el libro La distribución comparativa de la habilidad judía (1886) en el que Josef Jacobs enumera cuatro preeminencias de los judíos: dos debidas a un impulso interno de su propia cultura (la música y la metafísica) y dos resultantes de actividades impuestas por el medio circundante (la filología y las finanzas). En lo que se refiere a la proclividad musical, su causa última sería «el carácter hogareño de la religión judía, que necesariamente hace que la música forme parte de sus hogares».
La célebre película de Steven Spielberg La lista de Schindler puso una vez más al violín en un rol central y simbólico, con la música de John Williams interpretada por el israelí Itzhak Perlman. Cuando éste cumpliera sesenta años, se editaron en Israel sus interpretaciones más famosas de klezmer, música jasídica y litúrgica, bajo el elocuente título de Un violín judío (2005).

Hoy en día, la nómina de violinistas de renombre internacional ha sido ampliada por varios otros israelíes como Gil Shaham, Vadim Gluzman y Shlomo Mintz. En este país se alienta la educación musical desde numerosos conservatorios y escuelas, y consecuentemente el violín constituye un instrumento primordial. Los jóvenes secundarios israelíes pueden optar por el violín como materia para rendir sus exámenes finales. Acaso se contribuye así a mantener al Estado judío devoto de un instrumento en el que su tradición halló un asiduo referente.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 81 seguidores